14. Aceptarlo. [Parte 2]

1673 Words
— Te tardaste mucho. No, no lo hice. — Ya estoy aquí — me limito a decir. — Sí — me sonríe aún más —, vamos. Supongo que ya compró los productos que quería, porque lleva una bolsa bonita en las manos. Se la quito para cargarla yo y la sigo a las demás tiendas. Esta vez sí nos concentramos en su ropa. Hablo con Hank por teléfono y reviso algunas cuentas del rancho mientras ella escoge las prendas, en lo cual, si soy sincero, no se tarda mucho. Cuando llegamos a la caja, logro adelantarme y pasar mi tarjeta, cosa que no alcancé a hacer con suficiente rapidez en las compras anteriores. Lia me rueda los ojos, pero yo me encojo de hombros, risueño, lo que provoca una risa de su parte. Y así, deja pasar el tema. Paseamos un rato hasta que pedimos un almuerzo liviano y nos sentamos a comer en la zona de comidas, mientras ella repasa que no le falte nada. De repente, una bolsita es dejada sobre la mesa, justo entre los dos. — ¿Qué es eso? — Meto el último pedazo de sándwich en mi boca. — Para ti. — Sin verlo, ya sé que hay más de una cosa ahí, Lia. — ¿Y? Resoplo, limpio mis dedos en la servilleta y busco con un poco de emoción lo que hay dentro. Además de navidad y mis cumpleaños, no recibo regalos de nadie, así que me conmueve mucho recibir esto de ella. Sonrío ante lo que encuentro dentro. — Tienes una seria obsesión con la piel, nena — porque no le bastó con un tarro de protector solar, ella me compró tres. — Es importante cuidarse la piel. Sobretodo debes cuidarla tú, que trabajas tanto bajo el sol. Hay más cosas dentro, incluso un bálsamo para labios, lo que me hace reír a carcajadas. Pero lo que más me conmueve es una crema para las cicatrices. Sostengo el tarro en mi mano, mirándolo fijamente. Un nudo del tamaño de una roca se asienta en mi garganta, casi impidiéndome hablar, pero de alguna forma consigo sacar un ronco —: Gracias. La sonrisa dulce que me regala se queda conmigo. Después de eso, seguimos con nuestro día. Comprar su cama es fácil y prometen que llegará al rancho en menos de tres días, lo que supongo no es demasiado tiempo. Pero cada día estoy más y más desesperado al imaginarla durmiendo en ese sencillo colchón en el piso. — ¿Para dónde vamos? — Me pregunta después de que compramos los comestibles de Cass. — Debo comprar algunos materiales para el rancho. Siempre que vengo a la ciudad, hago algunas compras en la ferretería de un amigo. Lia se limita a asentir, observando entretenida las calles por las que pasamos. Me doy cuenta que, de nuevo, su batería social parece haberse apagado un poquito. Ella sigue igual de alegre, pero luce cansada. Sospecho que no tardará en quedarse dormida, así que le digo —: Duerme, te avisaré cuando lleguemos. Ella asiente, pero no se duerme, sólo se acurruca en el asiento y mira tranquila las calles. Debe ser la primera vez que está en Dallas, pues no creo que cuando se bajó del avión hace ya casi dos meses atrás con las cenizas de Lucas, se haya tomado el tiempo para hacer turismo. — Llegamos — le digo una vez estaciono en la ferretería de Jesse. Fue mi compañero en la escuela y aunque no estamos tan presentes en la vida del otro como me gustaría, lo sigo considerando un amigo. Cuando él se graduó de bachillerato, su padre le dio dinero para abrir un negocio en la ciudad y le ha ido bien desde entonces. Casi todo el material que necesito para el rancho lo compro aquí. Y aunque difícilmente me encuentro con él en cada viaje que hago a la ciudad, sus trabajadores me conocen y suelen dejarme las cosas a buen precio. — Es grande — Lia dice con sorpresa, junto a mí, pues se negó a quedarse en la camioneta. — Le ha ido bien. Una vez dentro, Lia no se separa de mi lado mientras cargo las cosas necesarias en el carrito. Uno de los chicos de la caja me reconoce, así que lo saludo y le paso las cosas. Mientras espero para pagar, veo que Lia bosteza contra su mano. — Hey — me acerco a ella —, ¿tienes hambre? Me regala una sonrisa perezosa mientras niega. — Estoy bien. Voy a pasarle las llaves de la camioneta para que me espere dentro del coche, pero una voz que conozco muy bien llega detrás de mí, llamando mi nombre. Joder, no consideré que podría encontrármela. Sus turnos suelen ser en la mañana. — ¿No vas a saludar, Beck? Mierda. Aprieto mis ojos por un segundo, maldigo por lo bajo y me giro lentamente a mirarla. — Jolene. La mujer, como siempre hace, me abraza con efusivo entusiasmo e intenta darme el pequeño beso coqueto que suele darme en los labios. Giro el rostro justo a tiempo, evitándolo, lo que provoca que ella me mire con confusión. Jolene me mira de cerca, mil preguntas en sus ojos, mientras retrocedo un paso y le presento a Lia. — Ella es… — no quiero decir que es mi cuñada, sobretodo porque eso podría llevar a hablar de Lucas y no me siento cómodo hablando de mi hermano con ella. La relación de Jolene y yo está basada en raspar la picazón cuando vengo a la ciudad, algo con lo que ella estuvo de acuerdo desde el principio. Es una mujer madura que no busca nada serio. Y desde que no me gusta llevar mi vida s****l al pueblo, el acuerdo ha funcionado bien entre nosotros. Así que hablar sobre mi familia, mi hermano en especial, es algo que no viene al caso. Pero Lia tiene otra opinión de esto, porque dice —: Soy su cuñada. — Ah — la mujer asiente, amable —. Mucho gusto, me llamo Jolene. Un pesado silencio cae entre los tres, el sonido de los productos que el chico pasa por la caja es lo único que se escucha. — No me dijiste que venías — ella me dice. — No me voy a quedar — le explico. Ella asiente, entendiendo. Cuando vengo a la ciudad, yo me quedo a dormir con ella. Las visitas que hago a Dallas son muy esporádicas, a veces pasan meses para que yo venga, pero Jolene siempre me recibe con alegría. Como dije, nuestro acuerdo me ha funcionado bien… hasta ahora. ¿Por qué de repente me siento… sucio? Soy un hombre adulto, no está mal tener un acuerdo consensuado con una mujer que tampoco busca estrechar lazos. Pero la forma en que Lia me mira me hace querer esconderme bajo mi piel. ¿Está enojada? — Te espero en el auto — casi me gruñe, quitándome las llaves de la camioneta y despidiéndose de Jolene con la sonrisa más falsa que le he visto. Rasco mi cuello, mirándola salir de la tienda. — Beck — Jolene me hace mirarla —, ¿seguro no te puedes quedar? Hace meses no nos vemos. — Yo… — agarro una bolsita de maní y arándonos de la caja y se la paso al chico —, no he tenido tiempo. — Oh — la desilusión baña su rostro, pero ¿qué puedo hacer? Incluso si Lia no estuviera conmigo, no estoy de ánimos para entretenerla. Le regalo una pequeña sonrisa, le paso la tarjeta al chico de la caja para pagar y, una vez todo en orden, agarro las bolsas para irme. — Adiós, Jolene. — ¡Llámame cuando vuelvas! Sí, no lo creo. No cuando estoy seguro de que cada encuentro con ella estará manchado por la expresión enfadada en el rostro de Lia. ¿Qué le pasa? Con las bolsas en manos, le pido a Lia con un movimiento de mi cabeza que me abra la cajuela, lo cual ella hace. Pero cuando intento abrir la puerta del piloto, la encuentro cerrada. ¿Qué rayos? — Oye, ábreme — doy un golpecito al vidrio para captar su atención, pero ella se hace la distraída mientras busca cosas en su bolso. ¿Me va a dejar por fuera? — Lia, abre la puerta — insisto. — No encuentro las llaves — me dice. — Las acabas de usar para abrirme la cajuela. — Las perdí — dice inocentemente. Paso la mano por mi cabello, dando media vuelta mientras una risa se me escapa. ¿Ella está bromeando conmigo? Me acerco a la ventanilla y veo las llaves justo allí, brillando a la vista. — ¡Están sobre la guantera! — ¿Dónde? — Se hace la desentendida. — Por amor a Cristo, Lia, están justo ahí — señalo con mi dedo —, ¡en tus narices! Me hace un gesto con sus manos, como si siguiera sin poder encontrarlas. ¿Qué juego está ella jugando? —¡Está que llueve, maldición, ábreme! Me voy a congelar las pelotas, la noche está muy fría para la sencilla camisa de lino que llevo puesta. Voy hacia ella, golpeo su vidrio y la miro horrible. Ella mueve su cabeza, desentendida mientras continúa buscando las malditas llaves. — No las veo — dice, y aunque su voz se escucha un poco distorsionada por el vidrio, le entiendo. ¡¿Cómo carajos no las va a ver?! ¡Las tiene justo allí! Joder, maldito infierno. Voy a matarla. Paso las manos arriba y abajo por mis brazos, intentando darme calor mientras la graciosa se toma su divino tiempo para buscar las llaves que están justo en sus narices. — Lia, contaré hasta tres — le advierto. Me fulmina con la mirada y, cuando llego a dos, la condenada mujer finalmente me abre. — ¡¿Estás loca?! — Le grito, encendiendo la calefacción del auto mientras tirito del frío. [2/3]
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