Sus ojos me miran con sorpresa, pero cede. Sin embargo, su mirada permanece fija en la mía.
Nunca voy a estar preparado para la facilidad con la que ella me hace sentir vulnerable, para la forma en que consigue abrir mi pecho de la manera más dolorosa, solo para mirar dentro… como si realmente le importara.
Y es esa preocupación en sus ojos verdes lo que hace que todo duela infinitamente más.
Apuesto a que para ella fue fácil amar a Lucas. A pesar de todo su pasado, él se dejó querer. Sé que fue sencillo para él recibir su cariño.
Yo, en cambio…
Aunque sé que la preocupación de Lia se debe únicamente al parentesco que comparto con Lucas —algo que no se acerca, ni remotamente, al amor… ni siquiera al cariño—, todo esto se me hace difícil. Muy difícil.
Me cuesta aceptar sus cuidados. Toda mi vida he estado acostumbrado a cuidar, pero nunca a ser quien recibe esa misma cortesía.
¿Qué ve ella en mí?
¿Qué carajos puede ver para preocuparse por mi bienestar?
Porque lo veo en sus ojos: le importo.
Aunque sea solo por Lucas, le importo.
Y ella me está empezando a importar de una forma que me niego a aceptar, porque mi sentir no tiene absolutamente nada que ver con mi hermano.
Aparto la mirada cuando la ternura con la que me observa se vuelve demasiado.
¿Lo nota?
¿Ve mis luchas internas?
¿Tiene idea de lo mucho que me está trastornando?
— Ya se quedó dormido — le digo, señalando al caballo.
— La primera vez que vi a un caballo dormir de pie, me asusté.
— ¿Sí? — Sonrío al imaginar su sorpresa —. Tienen siestas ligeras de pie, pero su sueño profundo sí lo tienen en el piso.
Ella asiente, como si ya lo supiera.
— Vamos — me dice, saliendo primero que yo.
La sigo hacia la casa, donde Miguel y Rose ya están cocinando el brisket a la brasa. Mientras Lia se une a ellos en la preparación del almuerzo, yo me siento en un escalón y me pongo a reparar sogas y lazos deshilachados o enredados. Pronto, Hank y Cass se suman. Escucho con atención lo que conversan, al entusiasmo con el que Cass comparte con Lia… Y entonces me fijo en ella, en lo a gusto que parece. Como si perteneciera. Como si su lugar siempre hubiera sido este.
A diferencia de cuando hay más personas cerca, Lia parece cómoda con cada uno de ellos. Y aunque a veces busca mi mirada, lo hace sólo para asegurarse de que sigo ahí, como si necesitara saber que estoy bien. Esta vez no me mira para calmar su ansiedad. Está a gusto.
Y aunque no es la más habladora, tampoco se mantiene en silencio. Se ríe con esa risa dulce y tímida que hace que los demás la miren con ternura y se sientan cómodos a su alrededor.
Acaricio mi pecho y me concentro en mi trabajo.
No puedo hacer nada más.
|…|
Lia pasa todo el domingo con nosotros.
Por la tarde, se une a los juegos de parqués que tanto le gustan a Rose. Luego va con Cass a revisar los caballos, y ambas me acompañan en la camioneta para asegurarnos de que las vacas estén bien. No hablo con ella; no hace falta. Cass se encarga de llenar cualquier silencio con su charla elocuente.
Cuando volvemos, ya ha oscurecido, así que es hora de cenar. Para sorpresa de todos, Lia se une a nosotros en el sofá para ver el programa familiar de los domingos.
Es una vida tan simple que entiendo por qué, para muchos, no es suficiente. Pero yo nunca he sentido la necesidad de más. Nunca he sentido vacíos ni he ansiado algo más de lo que ya tengo... hasta ahora.
Observo en silencio cómo la mejilla de Lia descansa sobre la cabeza de Cass, que se ha acurrucado a su lado con total confianza. Ni siquiera vi una escena así con Loretta. Y verla ahora con Lia es, francamente, un poco doloroso.
¿Y qué pasará cuando ella se vaya?
Porque se va a ir. Tarde o temprano, se cansará de esto y volverá a su cómoda vida en la ciudad.
Entonces dejará un vacío enorme en Cass.
Un vacío en todos.
— La pobrecita se durmió — dice Rose en voz bajita, bajándole volumen al televisor.
Al principio, pienso que ella habla de Cass. Incluso veo a Hank ya preparándose para cargarla en brazos hacia su casa.
— La muchacha duerme como un angelito — dice Miguel.
No es Cass, es Lia.
Frunzo el ceño, algo inquieto.
Es temprano, y desde que veníamos en la camioneta de regreso de revisar a las vacas, noté que Lia lucía cansada, incluso agotada. Pero no pensé que se dormiría tan rápido.
¿Y si está enferma?
Repaso en mi mente si la escuché toser, estornudar o quejarse de algún dolor, pero ella siempre pareció bien, incluso alegre… hasta que su energía se apagó más rápido de lo que cualquiera esperaba.
Me pongo de pie.
— Voy a llevarla arriba.
Si a alguien le sorprenden mis palabras, no lo dicen, y yo tampoco los miro para comprobarlo. Solo me acerco a ella, con preocupación, para evaluarla más de cerca.
— No tiene fiebre, ¿cierto? — Le pregunto a Cass, poniéndome en cuclillas frente a ellas, pero sin atreverme a comprobar su temperatura por mí mismo.
— No — Cass responde —, sólo se sintió cansada, tío Beck, pero ella está bien.
Asiento repetidas veces, mirando su rostro un poquito bañado por el sol. Lia no luce enferma, ni pálida, ni ojerosa. Al contrario, sus labios están de un rosa saludable, incluso su rostro tiene un semblante sano.
— Dame espacio para cargarla, ¿sí, cariño?
Cass se aparta un poco de ella y yo me preparo para cargarla en brazos.
No veo sentido en llevarla hasta la cabaña si puede dormir más cómoda aquí.
Deslizo un brazo bajo sus hombros y el otro bajo sus piernas, levantándola al estilo nupcial… algo que, estoy seguro, la enfadaría si estuviera despierta. Pero sus ojos siguen cerrados, perdida en su sueño. Lia es ligera en mis brazos, y su olor se queda tan impregnado en mí que estoy convencido de que dormiré oliendo a ella.
Si soy sincero conmigo mismo, no tengo muy claro hacia dónde la estoy llevando… hasta que ya estoy dentro de la habitación.
Cierro los ojos y me detengo cuando la nostalgia me invade, dudando de la decisión. Pero… necesito este recordatorio.
Así que, sin pensarlo más, la acomodo con cuidado sobre la cama de Lucas.
Y me quedo allí, mirándola, viendo lo bien que encaja, pensando en que, si la vida hubiera tomado otro rumbo, él estaría a su lado.
La observo sin saber qué hacer, deseando querer irme, pero sin querer hacerlo.
Joder.
Paso una mano por mi rostro, dudando mientras retrocedo un paso. Pero entonces ella se mueve: una arruguita se forma entre sus cejas y un mechón de cabello cae sobre su mejilla.
— Shh — me pongo en cuclillas junto a ella, mirando la expresión de inquietud en su rostro —. Shh, estoy aquí.
Mi susurro la calma, sólo un poquito.
Esta vez, sin poder detenerme, levanto la mano y, con el dorso de mi meñique, aparto el mechón de cabello de su rostro. Su piel es demasiado suave, el tipo de piel sobre la que se escribirían poemas. Y mis dedos, grandes y bruscos, se ven fuera de lugar junto a su tono joven de porcelana, así que retiro mi mano, temeroso de mancharla.
Es tan bonita, ¿cómo es que algo tan hermoso y delicado parece encajar tan bien en esta vida llena de brusquedad y suciedad?
Me dejo caer sentado en el piso, levanto mis rodillas y dejo que mis brazos cuelguen de ellas mientras la miro en silencio.
Y la miro un poco más.
Otro poco más.
Un poquito más.
Hasta que ella susurra su nombre.
— Lucas…
Cierro los ojos, sin saber qué estoy haciendo.
¿Qué rayos me pasa?
¿Por qué demonios me hago esto?
Sacudo la cabeza porque necesito acabar con esta mierda, así que me pongo de pie, pero entonces, ahí está…
— Becket… — al principio creo que despertó, pero entonces vuelve a decir con voz demasiado adormilada —: Beck… — se inquieta, ansiosa, y, del mismo modo en que yo agarré el borde de su camiseta por la tarde, ella ahora toma el mío, aferrándose con fuerza... casi jalándome hacia ella.
— Estoy aquí — digo bajito, volviendo al piso por ella.
— Sombrero… sol… — resopla —, su piel… el sol… quema… el idiota…
Me río, mi corazón se llena de una ternura inexplicable mientras escucho sus balbuceos.
Lia habla dormida, comprendo.
Apoyo la quijada en la cama, a su lado, y levanto el brazo por encima de su cabeza para apartar otro mechón que le molesta la frente. Entonces ella dice: —Protector solar... urgente...
Una risita se me escapa mientras más palabras sin sentido son dichas. Estoy muy seguro de que incluso en sueños está peleando conmigo, pero también nombra a Cass y a los caballos. Y me quedo allí, sin querer perderme una sola de sus palabras.
Podrían ser minutos, podrían ser horas, pero no me muevo. Mis piernas se entumecen y mi brazo se duerme. La posición es demasiado incomoda, pero allí me quedo, casi embrujado… hasta que me duermo.
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