Pero había muchas otras maneras de mecer un cuerpo, y las imágenes que flotaron en su cabeza no fueron todo lo tiernas que hubiera querido. El anhelo carnal por su flamante esposa estaba a flor de piel. Deseaba tenerla debajo, aceptándolo en su interior, como un receptáculo ansioso por recibir su dura y poderosa virilidad. Quería reclamarla con su cuerpo, protegerla y cuidarla. Ansiaba unirse a ella y conseguir que olvidara todas aquellas tropelías que habían cometido con ella. Pero ¿y si terminaba por asustarla más y recordarle su dolor? El camino que se extendía ante ellos era difícil de seguir y no había guía que lo ayudara. Él era la versión masculina de un zorro al que gustaba el sexo duro, y se había casado con una mujer cuya única experiencia en ese aspecto había sido una salvaje

