Sólo restaban sesenta kilómetros para llegar al que sería el nuevo hogar de Elia. Se encontró a sí misma observando el amanecer a través de la ventana de su coche mientras pensaba en todo lo que estaba por empezar.
Había sido un viaje largo, pero ya estaba acostumbrada a ellos, pues procedía de una familia que había emigrado desde España en busca de un futuro mejor y desde los seis años se había mudado al menos tres veces. En esta ocasión todo era diferente, acababa de cumplir diecisiete y había dejado atrás cinco años en una bonita ciudad al oeste del país. Sentía miedo porque hacer amigos con diecisiete es más complicado que cuando eres una niña, no quería sufrir rechazo y quedarse sola en los últimos años de instituto.
Al fondo de la carretera se comenzó a vislumbrar una pequeña granja y su padre, Fran, anunció la llegada a su nuevo hogar. La madre de Elia, Pilar, trabajaba en una importante empresa tecnológica y, gracias a su sueldo, pudieron vivir durante los últimos años, donde ahorraron todo lo posible. Fran, por su parte había estado desempleado desde que llegaron al país, pues le costó aprender el idioma y al no tener estudios era complicado conseguir un empleo, por eso se han trasladado tan lejos. Con los ahorros que habían sumado en los últimos años, compraron una pequeña granja para que su padre pudiera trabajar en lo que mejor se le daba: el campo.
Aparcaron el coche en la puerta de la granja y Elia y su hermano pequeño, Marcos, bajaron del mismo quedándose embobados con lo bonito de su nuevo hogar. Entraron y sus padres le indicaron cuál era su nueva habitación. Se dirigió a ella para empezar a instalarse y quedó asombrada por lo grande y bonita que era. Tenía una cama enorme, un vestidor y su propio baño, además, la ventana tenía un asiento desde el que podría escribir, leer o simplemente quedarse mirando a través del cristal. El amanecer era precioso desde allí.
Después de instalarse en su nueva habitación bajó a ayudar a sus padres con el resto de cosas de la casa y, cuando acabaron de adecentar todo el espacio, se dirigieron al pueblo a comprar existencias para la nevera. A Elia le estaba encantando aquel lugar, se respiraba paz y aire limpio, el bullicio de la ciudad ya le resultaba lejano.
—Todo va a salir bien–se dijo a sí misma mientras disfrutaba del paisaje rural.
Llegaron a una pequeña tienda y realizaron la compra, encontrándose con una encantadora cajera.
—Ustedes son nuevos por aquí, ¿no es verdad?–preguntó con un tono amable y cálido.
—Recién llegados de la otra parte del país–dijo mamá mientras vaciaba el carro sobre la cinta de la caja–acabamos de instalarnos en la granja de las afueras del pueblo.
La cajera sonrió y nos dijo dónde podíamos encontrar cualquier cosa que necesitásemos, además de comentar que tenía un hijo de mi edad, llamado Aidan, al que conocería pronto en el instituto.
Hasta ese momento sólo había pensado en la posibilidad de quedarse sola por no conocer a nadie, pero el hecho de conocer chicos nuevos ponía nerviosa a Elia. Siempre había pasado desapercibida para ellos al ser un poco tímida y gustarle cosas poco populares como la fotografía. Ese era el hobby preferido de Elia, sacar fotos del mundo, buscar ese instante en el que todo es perfecto y capturarlo a través del objetivo. No importaba si eran paisajes o personas desconocidas, siempre llevaba su cámara encima en busca de los momentos perfectos.
Cuando llegaron de la tienda y acabaron de recoger todas las cosas, Elia rebuscó en las cajas hasta encontrar su cámara para inmortalizar en la puerta de la nueva casa. Después de esto ya era bastante tarde así que cenaron y se acostaron, pues estaban muy cansados del largo viaje.
Todavía le quedaban un par de días para empezar el instituto, así que se los pasó explorando la parcela en la que vivían, ayudando a su padre preparando los útiles para empezar a trabajar el terreno y haciéndole fotos a todo lo que se movía.
Por fin llegó el ansiado primer día de instituto y Elia no podía contener la emoción y los nervios, estuvo media hora pensando qué ropa ponerse, no quería parecer demasiado pija pero tampoco muy dejada, no quería destacar ni para bien ni para mal, así que decidió ponerse unos vaqueros negros ajustados, unas Vans granates y, para darle su toque personal, decidió ponerse la camiseta de su grupo español favorito, Marea.
A las 9:00 su hermano y ella estaban entrando por la puerta del instituto, se debían dirigir a la oficina del centro para que les dieran sus horarios, carnet de estudiantes y les dirigieran al menos a su primera clase. Un cuarto de hora después, la acompañaron a su primera clase, que era de Historia.
—Esta es Elia Rodríguez, vuestra nueva compañera-dijo el señor Smith mientras Elia dibujaba una tímida sonrisa en su rostro– por favor, siéntate en ese lugar libre–finalizó el docente señalando a una mesa cercana a la ventana.
Elia se dirigió a aquel sitio sin querer mirar a nadie, pues estaba muerta de vergüenza al ser el centro de atención, pero no pudo evitar ver la sonrisa perfecta de la persona que se sentaba a su lado.
—Hola, me llamo Halie, bienvenida al instituto–dijo con una voz llena de dulzura.
—Ho...Hola–dijo Elia con timidez. No podía dejar de mirar ese preciosa sonrisa, no sabía porque la estaba encandilando de esa manera.
—Yo que tú no me acercaría a Halie, seguro que te quiere llevar a la cama, es una bollera de esas–oí decir a un chico entre risas desde el otro lado de la clase.
—Cállate Ryan–respondió la afectada, escondiendo su mirada.
No entendía por qué alguien podría decir esas cosas, pero a Elia, Halie me parecía agradable, le despertaba curiosidad conocer lo que había bajo aquella sonrisa, además también le gustaba su forma de vestir, muy similar a la suya propia.
La clase transcurrió con tranquilidad y, cuando finalizó se dispuso a buscar la clase de gimnasia y la de matemáticas. Finalmente llegó la hora de comer y se sentó en un rincón para comer lo que le había preparado su madre, cuando de repente apareció Halie.
—Hola, estás muy sola, ¿te importa si me siento contigo?–dijo con una amplia sonrisa.
—Claro que no, no conozco a nadie así que me vendrá bien un poco de compañía–respondió Elia después de superar el momento de timidez que la situación le había producido.
Ambas chicas conversaron durante la hora de comer. Elia se mantenía intrigada por la curiosidad que le despertaba su compañera y no entendía qué era lo que le pasaba.
—Oye, ¿sabes dónde está la clase de arte?–preguntó Elia una vez finalizada la hora de comer, era su clase favorita y estaba impaciente.
—Sí, claro, yo también la tengo, iremos juntas–respondió la muchacha.
Elia enrojeció sin saber por qué al oír que aquella chica iría a su clase favorita con ella, por alguna razón le daba vergüenza que viera sus trabajos de fotografía o de dibujo, pero a su vez le encantó tener algo en común con ella, quizás podrían llegar a ser buenas amigas.
Cuando llegaron la profesora les dijo que como era el primer día saldrían al patio para hacer alguna creación artística, ya fueran dibujos o fotos y luego se lo enseñarían al resto de la clase. Elia se emocionó, pues hacer fotos era lo que más le gustaba.
Se dispuso a sacar unas cuantas fotos de los ambientes que había a su alrededor, pero ninguna le acababa de convencer. Recorrió el lugar mirando a través de su objetivo, hasta que se encontró con una Halie dibujando con mucha concentración. Desde la distancia no se apreciaba el dibujo pero había encontrado su momento perfecto y lo capturó, no sabía si era la luz que desprendía aquella chica o las condiciones generales, pero le pareció que acababa de sacar la mejor de su vida. Después de media hora volvieron al aula y comenzaron las diferentes presentaciones. Llegó su turno y con un poco de vergüenza mostró unas cuantas fotos sin editar, entre las que se incluía la Halie. Se sonrojó al darse cuenta de que la estaba mirando con una sonrisa vergonzosa por aparecer en su foto, pero supo después que lo que Halie estaba dibujando era a ella concentrada sacando fotos. Sentía que esa chica era su futura mejor amiga.
Terminada la jornada se disponía a irse a casa cuando alguien se le acercó.
—Bonita foto–dijo Halie–no sabía que se te daba tan bien.
—No es para tanto, se dieron las mejores condiciones–dijo Elia quitándole importancia.
—A mí me ha encantado, mira aquí está mi número de teléfono por si quieres salir por ahí a conocer todo esto un poco–finalizó dándole un trozo de papel escrito.
Elia se quedó mirando el papel y guardó el número en su teléfono. Finalmente llegó a su casa y después del largo día se dio una ducha, cenó y se metió en la cama.
Como cada noche revisó sus r************* antes de dormir, encontrándose un nuevo seguidor en i********:, que resultó ser Halie, que además le dio like a la única foto en la que salía ella.
La chica le despertaba mucha curiosidad, así que decidió enviarle un mensaje.
—El sábado estoy libre, puedes venir a mi casa y luego me enseñas el pueblo–escribió Elia.
—Está bien, en clase hablamos todo, buenas noches–respondió Halie.
Elia sonrió en la intimidad de su cama y poco a poco fue quedándose dormida, deseaba que llegase el día siguiente para seguir conociendo a Halie.