Capítulo 1

1070 Words
—El desayuno alteza... se enfría —el mayordomo llamó la atención de la mujer que, ajena a su entorno, observaba el paisaje desde su cómodo sofá en el balcón del cuarto en el que se encontraba. —Bahamut no hay nadie escuchando, no seas molesto —reclamó. Se paró y regresó a la habitación con una mirada seria—. No comeré hoy, quítate, tengo mucho que hacer —apartó de su camino al demonio con un solo chasquido de dedos. —Señorita Jaldabaoth... —Dije no, Bahamut, ya cállate. Fue a paso firme hasta el tocador, abrió el primer cajón y sacando un peine de plata empezó a tararear una bella canción, su favorita, la que le encantaba a su adorado Beelzebu, recordando viejos tiempos deslizó el objeto entre sus finos cabellos rojizos, suspiró al teminar. —¿Llegaron nuestros invitados? —preguntó de repente al sentir varias presencias en la puerta del castillo. —Iré a ver —el joven demonio se teletransportó desapareciendo del dormitorio. Era evidente que la etiqueta era ejercida por los seres divinos puesto que estaba muy mal visto ingresar a algún lugar sin permiso del dueño, sea cual sea, tanto que se consideraba un insulto. Jaldabaoth se alistó en un santiamén y salió al pasillo con prontitud deteniéndose al inicio de la gran escalera que daba al piso inferior para esperar ahí a los visitantes. —Alteza —Bahamut le hizo una reverencia desde el final de las gradas—, su tía y sus acompañantes están aquí. —Gracias por el anunciamiento Bahamut pero no era necesario—entró la mencionada. Detrás de ella le seguían los cinco demonios pertenecientes a los siete pecados capitales: Leviatán, envidia; Asmodeo, lujuria; Amon, ira; Mammón, avaricia; y Astaroth, pereza —. Mi sobrina preferida, ¿Cómo has estado? —agachó medio cuerpo como saludo. Los demás hicieron lo mismo. —Tía, sabe usted que la he extrañado un montón. La reina bajó lo que quedaba de escalones y se acercó a la diosa luna, la abrazó buscando confort y tranquilidad. —Claro. Bueno, tu padre te manda saludos, me pidió que arreglara unos asuntos aquí —bajando el tono de su voz prosigió—. Estos no te darán malestar alguno, vienen de pasada. Se irán rápido. Despreocúpate ¿Sí?, no te enfoques mucho en ellos. Los arrastraré conmigo si te incomoda tenerlos en tu territorio. —Tranquila tía, ya encargué a alguien para hacerlo. —¿Te refieres a ese perro? —Que no es un perro, pertenece al linaje lobuno, y es tu hijo. —No hay pruebas de ello. La chica volteó los ojos e hizo un ademán para que el mayordomo invitara a los presentes al salón principal. Aradia era considerada una diosa por los hombre-lobo, ... —Pequeña ama, nos conmueve que haya solicitado nuestra presencia aquí en su... humilde hogar. Estamos a su disposición para lo que desee. —Yo no pedí que vinieran Asmodeo, y seré directa con todos —junté mis manos sobre la gran mesa—. Me vale quien de ustedes haya sidoño, usaron mi nombre en la carta, eso es usurpación. Los condeno a dejar sus puestos y convivir entre los mortales, váyanse a vacacionar en algún continente y vuelvan dentro de una semana, tendrán mi permiso firmado cuando vuelvan para que papá no los destierre de por vida. Estoy segura que lo disfrutarán ahora que ya no tienen a padre para supervisarles a cada segundo. ¿No? Se miraron unos a otros, el silencio era incómodo. Todos aquí despreciaban a los habitantes que habían más allá de las fronteras, esta iba a ser una buena lección. —¡¿Qué esperan?! ¡Largo! —gritó la monarca al cansarse de la espera. —Bahamut, tráenos un té —pidió Aradia girando al demonio, quien miraba lo ocurrido desde un rincón, este agachó la cabeza y desapareció de vista—. Ya escucharon. Me encargaré de avisarle a sus familias y subordinados, solo por si acaso —soltó una risilla, el imaginarse las caras que pondrían sus allegados al saber lo que los demonios le causaba humor. Los cinco se desvanecieron de la sala tan pronto como pudieron. En ese momento Bahamut llegó con las bebidas y las posicionó al alcance de las damas. —Gracias —la chica tomó un sorbo—. Jaldabaoth, dime, ¿Cómo está? —Perfectamente —dijo ella pensando que su tía se refería al té. —Hablo de Clark, hija. —Con que sí te interesa tu descendencia... Él no se separa de mí, no es común que lo haga, la ausencia de su madre lo está afectando más de lo que debería. –Eso me temía. —¿Porqué no le dice la verdad?, que su madre sea la hermana de Lucifer no lo va a brindar ninguna perturbación, nosé cual es su problema con ese tema. —No lo entiendes Jaldabaoth, su padre era un simple humano y yo le convertí en un mounstro, lo maldije a él y a toda su descendencia sin saber que llevaba un engendro suyo en el vientre. Me he arrepentido desde entonces... —¡Eh!, que no es para tanto tía querida. A él usted le hace falta. A mí me toma como figura materna, ¿Cuándo yo me he sentido o he sido madre como para saberle corresponder como sustituta suya? Nunca, elogié a Bahamut mejor, me supo calmar cuando alcanzaba mi límite con el diablillo, me debe mucho ¿Lo ve?, únicamente le pido que le cuente lo que esconde. No fue su culpa que el asqueroso mortal le fuera infiel, su genuina inocencia no fue la causa del engaño que padeció. —Tus palabras siempre me confortan dulce sobrina, que Dios te colme de paz pronto... sino haré yo misma una revolución que no le gustará. —No diga eso, la escuchará. —No creo. Miguel me dijo que iba de visita al cielo hoy. —¿Miguel?¿El arcángel? —Ese mismo. Nos llevamos mucho mejor luego de nuestro último encuentro. —¿Qué sucedió?, cuente chisme. —Nada de lo que ahorita te estás imaginando linda. Somos amigos, solo eso, además está prohibido, lo sabes. No... realizamos un contrato de paz, eso fue todo. —Me había emocionado en vano entonces. —¡Ugh! De pensarlo me dan naúseas. —¡Jajajaja!
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