Una tarde en que ambas estábamos en vacaciones de la universidad, Camila me fue a visitar lo cual era algo muy raro ya que solo lo había hecho tres veces desde que me había casado y por expresa invitación de mi parte. Su visita espontanea me hizo suponer muchas cosas y si bien en un principio le “di varias vueltas” intentando adivinar cual era la razón de su visita, al sentarnos una junto a la otra en el sofá de la sala y comenzar a charlar de forma amena sobre cosas simples las cuales casi siempre nos remitían a recuerdos de infancia mis dudas desaparecieron, fue hasta el momento en que inocentemente me levanté por una de las botellas de vino que Rafael había llevado y que se habían quedado en mi cocina, cuando todo se complicó ya que al ver ella la botella de vino en tono serio preguntó

