Al otro día, el silencio que llenaba la cabaña era tan cálido y reconfortante que, por un momento, me sentí completamente en paz. La luz de la chimenea bañaba la habitación en un resplandor suave y dorado, proyectando sombras danzantes en las paredes de madera. Afuera, el viento susurraba entre los árboles, como si el bosque mismo supiera lo que estaba a punto de suceder entre nosotros. Hades no estaba por la zona y yo estaba más que feliz. Adam estaba sentado frente a mí, su rostro iluminado por el fuego. Esa mirada serena, con un destello de ternura que solo reservaba para momentos como este, me desarmaba. No importaba cuántas veces lo viera, cuántas noches compartiera con él, siempre había algo en sus ojos que me hacía sentir vulnerable y a la vez, protegida. Era como si él pudiera ver

