Desperté al amanecer, envuelta en la calidez del cuerpo de Adam. Su respiración era lenta y rítmica, su brazo descansaba sobre mi cintura, y por un breve momento, me permití disfrutar de la paz que su presencia me proporcionaba. Era una sensación a la que no estaba acostumbrada, una tranquilidad que parecía imposible en mi mundo, pero ahí estaba, real y tangible. Deslicé su brazo con cuidado, tratando de no despertarlo, y me levanté de la cama. Mis pies tocaron el suelo frío, enviando un pequeño escalofrío por mi columna vertebral. Caminé hacia la pequeña cocina de la cabaña, donde me preparé una taza de café, dejándome llevar por el ritual familiar: el sonido del agua hirviendo, el aroma fuerte y terroso que llenaba el aire, el calor reconfortante de la taza en mis manos. Me apoyé en el

