Había pasado el día con la mente enredada en los recuerdos de nuestra pelea, en las palabras que nos habíamos dicho, en cómo él me había mirado, lleno de desconfianza. Y la peor parte era que tenía razón para dudar de mí. Al principio, todo lo que quería era usarlo, aprovecharme de su ingenuidad para mis propios fines. Pero, poco a poco, las cosas habían cambiado. Algo en él, en su bondad y en su fuerza, había roto las defensas que había construido durante años. Ahora, estaba atrapada entre lo que alguna vez fui y lo que había comenzado a sentir por él. La culpa me corroía, una sensación a la que no estaba acostumbrada. Yo, que había hecho cosas mucho peores, que había manipulado y destruido vidas sin pensarlo dos veces, ahora me encontraba atrapada en una maraña de emociones que no podía

