Capítulo 1

2133 Words
Decir que me siento cohibida en mi propia casa es una expresión demasiado grande, sobre todo para una niña de 12 años que debería sentirse feliz por la vida que lleva, pero no es así. Mi nombre es Tabitha Alexander, soy de Venezuela y como anteriormente dije, tengo 12 años. Mi padre es el dueño de Industrias Alexander. Esa empresa ha pertenecido a mi familia por generaciones y ahora ha sido el turno del gran Henry estar al mando de todo. Desde que lo promovieron se ha comportado a la altura en su puesto, pero en casa... Simplemente ya nada es como antes. Mi madre por otro lado, es la mujer más plástica que podrán conocer en la vida. Desde que tengo uso de razón he visto como se deja llevar por el dinero, supongo que es algo típico de los Reyes. Según mi nana, toda la familia de mi madre es interesada y tiene algo de razón, supe por mi propio padre que ellos nunca tuvieron dinero y en el justo momento en el que Amanda conquistó a mi padre, hicieron todo lo posible por obtener un poco de su fortuna. Sé que es horrible expresarme así de la mujer que me trajo al mundo, pero ella no se ha esforzado por tratarme como su hija, yo tampoco debería tratarla como mi madre. -Tabi, cariño, cámbiate de ropa, hoy tendremos visitas y no permitiré que te veas como alguien de la calle. ¡Anda!- -¿Qué tienen de malo mis pantalones? Se ven bien... -Pareces un hombrecito y se supone que eres una niña. Y demonios ¿Esa es la camisa de tu primo Andrés? Quítate eso antes de que la queme.- Y ahí iba yo, obedeciendo a mi madre para no seguir entrando en disputas mientras ella cerraba de un portazo la puerta de mi habitación. Ya ni siquiera me daban ganas de discutir con ella para hacerla enojar, simplemente seguiría fingiendo que soy una niña normal y feliz. Tuve que dirigirme a mi gran armario y escoger cualquiera de los tantos vestidos que mi madre se empeñaba en comprar. Ni siquiera me fijé en cual había escogido, solo lo tomé, me quite mi ropa de "hombrecito" y me lo coloqué. Al verme en el espejo bufe. ¡Qué asco! -Mi niña. - Mi nana se asomó por la puerta y al verme vestida, sonrió con ternura.- la Sra. Alexander me ordeno peinarte, tienes que estar lista en media hora. - Ella era lo más parecido a una madre. Me ha criado, cuidado y aconsejado desde que tengo memoria. Marilyn es una gran mujer, lástima que la vida la ha tratado a las patadas.   -Si nana, lo sé, no quiero estropearle las agradables visitas desconocidas de mi madre como la última vez. -Eso fue un desastre mi niña. En primer lugar no debiste hablar con ellos. -Me sentó en sus piernas mientras intentaba controlar la larga melena castaña y hacerla ver decente. -Estaban hablando sobre la manipulación de armas glock. ¿Qué querías que hiciera? Sabes que me gustan esos temas. ¡Auch! -Lo siento, tienes que cuidar más tu cabello Tabi. -Contestó entre risas. -Ya, pero se supone que eso era un secreto. Además. eso de pedirle al Sr Cubillan que te mostrara su arma y que tú le quitaras el seguro y apuntaras a tu madre tampoco fue una buena idea, ahora ella está mucho más pendiente de las actividades que haces en tus ratos libres y te tiene miedo. Es cuestión de tiempo para que se entere de tus clases en el polígono de tiro. -Sí, pero ya no importa nana, ya se manipular un arma y dispararla, si quiere prohibirme ir al polígono, que lo haga, igual puedo practicar aquí cuando ella no esté en casa, lo cual es prácticamente todo el tiempo. -¿No le dirás a tus padres cuáles son tus verdaderos gustos? -Preferirían verme muerta antes de ver como su pequeña y única hija se desvive por disparar, jugar con espadas y defenderse de personas invisibles. No nana, no les diré jamás. Levanté la vista y note su mirada en mí. Sabía que muy en el fondo ella sentía algo de miedo por mi actitud y no es para menos. Nunca fui una niña común, nunca me gustó jugar con muñecas y tampoco tenía la intención de hacer amigos. Lo único que podía asemejarse a la normalidad era el hecho de querer a mi padre y obtener aunque sea un poco de su atención, pero supongo que no todo se puede tener en esta vida. Es como si Dios dijera: "Tienes una buena posición económica, no necesitas cariño". ¡Una completa mierda! Mi nana me apoyaba en todo y planeaba clases clandestinas para complacerme. Me brindaba el cariño que yo demandaba, pero no era lo mismo. -Bueno, ya estás lista mi niña. Por favor compórtate ¿sí? -Claro, en tanto no sean las mismas visitas de la otra vez. Por cierto, ¿Por qué el señor Cubillan tenía un arma? ¿Es policía o algo? La mirada de mi nana se ensombreció de repente y pude ver como el miedo y el recelo de adueñaron de sus ojos.   -Hija mía, ese hombre... Mira, no debería contarte esto pero... -Nana por favor. Igual me lo vas a decir y sabes que no le diré a nadie. -Ella tardó unos minutos en decidirse, pero al final cerró la puerta de mi habitación con seguro y se agachó frente a mí. Esa acción quería decir que la situación era muy delicada. -Mi niña... ¿Recuerdas la reacción del hombre cuando tomaste su arma? Hice un poco de memoria. Recuerdo que él no me había mirado ni una sola vez aquella tarde. De hecho, la conversación con mi madre se estaba caldeando un poco y la verdad no entendía que hacía yo ahí. Ella siempre se empeñaba en que yo estuviera presente cada vez que esos hombres venían, pero al Sr Cubillan era la primera vez que lo veía. Mi curiosidad aumentó cuando vi esa perfecta Glock 380 con destellos dorados y con una extraña frase en la empuñadura. Me acerqué demasiado rápido a él y pregunté sin siquiera pensar. "¿Es de verdad?" Recuerdo su sonrisa al ver mi curiosidad. Él simplemente la sacó y me la enseñó. "Por supuesto que sí pequeña" Rocé mis dedos por el armazón y me estremecí al sentir el metal. Era perfecta y única, esos pliegues de oro fueron agregados a último minuto, fue personalizada. "¿Quieres sostenerla? Amanda, nunca mencionaste la fascinación que tiene tu hija por las armas" Escuché como mamá tragaba grueso, pero no contestó. Yo sin embargo, tomé el arma en mis manos y la aprecie con más detalle. *Storm* Eso era lo que decía la empuñadura. Como si estuviera en el polígono, quité el seguro de percutor y la accioné. El Sr sonrió muy grande al ver lo que hacía, así que me instó a apuntar un lugar específico para disparar. No sé por qué lo hice, pero simplemente apunté a mi madre. Sacudí mi cabeza de un lado a otro, alejé esos recuerdos y volví a mirar a mi nana, quien estaba esperando mi respuesta. -Si nana, estaba como... orgulloso. -Ella cerró sus ojos por un segundo y cuando los abrió, tenía determinación.   -Él no es un buen hombre Tabitha. No hables mucho con él y no te le acerques demasiado. Él... Es la tormenta. No sabía exactamente a qué se refería mi nana con eso y ni siquiera pude preguntar. -Tabitha, Marilyn, salgan ahora. La Sra. Alexander las está esperando abajo con el Sr Cubillan y sus hijos. La voz era de una de las tantas señoras del servicio y mi nana y yo nos miramos rápidamente. ¿El señor Cubillan tenía hijos? Wow. Ambas salimos de mi habitación y observamos el solitario pasillo de la segunda planta. Mi habitación estaba cerca de la de mis padres, pero la única que subía hasta acá desde hace meses era yo. Nos encaminamos a la escalera y las bajamos, yo tomando la mano de mi nana. Al llegar al primer piso de la enorme casa, los vimos. El Sr Cubillan estaba sentado en uno de los grandes sofás de la sala de estar y, a su lado, se encontraban dos personas más. Eran dos chicos, según yo, tenían mínimo 20 años. -Sres., buenas tardes. Disculpen la demora, el cabello de Tabitha es un lío. -Dijo mi nana un poco nerviosa. -La mayor parte del tiempo es un lío, es digno de ser mi cabello, se parece a mí. -Me encogí de hombros, solté la mano de mi nana y caminé hasta mi madre. Quizás no fue el mejor comentario, pero quería aligerar el ambiente. Al sentarme, ambos chicos me miraron y luego se miraron entre ellos. Se veían amigables. -Hola pequeña amante de armas. ¿Cómo te encuentras hoy? -Le observé bien antes de contestar. Esta vez pude prestarle un poco más de atención a su rostro. No era muy viejo, se puede decir que tenía la misma edad de mi padre, con cabello muy oscuro al igual que sus ojos, lo cual hacía que su piel blanca resaltara más. Su porte era muy elegante y su traje destacaba aún más esa personalidad imponente que desbordaba. Muy al contrario, sus hijos se veían relajados y no se parecían en nada. Uno era rubio y el otro castaño. El rubio tenía unos ojos esmeralda difíciles de ignorar y su cabello portaba risos muy rebeldes. Su ropa era tan ligera que parecía que estuviera en su propia casa. El otro sin embargo, era un poco más... No sé cómo explicarlo.   Sus ojos eran rasgados, me atrevo a decir que era hijo de asiáticos con una mezcla latina, muy probablemente venezolana, pero no tenía parecido alguno con el Sr Cubillan. Su cabello era castaño y con ondas rebeldes como el mío y sus ojos eran de un marrón oscuro intrigante. Tenía un porte relajado pero vestimenta casual. Era extraño. Volví a sacudir mi cabeza, era la segunda vez que lo hacía y eso no me gustaba. -Hola Sr Cubillan, pues me encuentro bien ¿y usted? Él sólo sonrió. -Amanda, pequeña Tabitha. Les presento a mis hijos menores. Damon- Apuntó al rubio- y Alex. Así que el castaño era Alex. Le queda el nombre y no tengo idea de por qué. Después de esa pequeña presentación, nana se retiró del lugar y las demás chicas del servicio trajeron aperitivos para merendar. Yo comí en silencio, observando de vez en cuando a todos los presentes e ignorando la conversación de los dos mayores. Sentía la mirada de alguien, pero no me atrevía a levantar mi rostro y ver de quien se trataba, así que solo salí de la sala, disculpándome un segundo por mis actos y diciendo que iba al baño. Me encaminé hasta el baño cercano a la sala de estar, quería lavar mi cara y alejar la sensación de persecución que tenía en esos instantes. El cuerpo de mi madre estaba en alerta y eso no era bueno. Algo tenían estos sujetos que la incomodaban y no sabía que era. Me tardé unos minutos viéndome en el espejo y diciéndome a mí misma que si algo ocurría, al menos sabía de defensa personal. Al abrir la puerta me encuentro con que todo está demasiado silencioso. No se escuchaban las voces del Sr ni de mi madre. ¿Se habrán marchado tan pronto? Sin ánimos de parecer una espía, caminé con cuidado y sigilo hasta la sala y los vi hablando en volumen demasiado bajo para mi gusto. Me acerqué un poco más. -Me debes dinero Amanda y el plazo se está acabando. -Por favor Daniel, necesito más tiempo. No puedo pedirle esa cantidad de dinero a Henry sin explicarle para qué es.  -Pues entonces te recomiendo que pases tiempo con tu hija. Sabes cómo es nuestro cobro por coacción.   -La niña me cae bien viejo, si nos la llevamos no tendremos problemas.- Habló el rubio. -¡NO!- Gritó mi madre de repente. - Ella no, por favor, mi niña no. Noté como el tal Alex se levantaba de su asiento y caminaba con cautela hasta posicionarse frente a mi madre, se agachó y habló. -Los Storm no regalamos dinero y sabías exactamente cuál era la condición de pago. O nos das los 300 millones en 5 días, o tu hija se unirá a la lista de desaparecidos del mes. ¿Entiendes? Mi cabeza empezó a dar vueltas. ¿Storm? Esa era la frase en la empuñadura del arma. Mi madre les debía dinero... Quiere decir que nana tenía razón. ¿En qué rayos se metió mi mamá y quién demonios son los Storm? 
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