Jetzabé Isabella me examina con la mirada, con ojos afilados me recorre de pies a cabeza. No sé qué pretende con su acción, pero comienza a molestar su actitud tan petulante. Se que me estoy haciendo una mala impresión sin conocerla, pero la primera impresión siempre cuenta y ella no está dando la mejor. —¡Hola! Tú debes ser Jetzabé, ¿verdad?—Aprieta mis mejillas con fingido entusiasmo y repito, su actitud es agobiante. —Ya eres toda una mujercita y cada día te pareces un poquito más a tu padre. Eres tan hermosa como Sebastián. Cierro mis ojos debido al agarre de la contraria tratando de contener una mueca de fastidio. De pronto sus palabras me enorgullecen y esbozo una amplia sonrisa al pensar en mi padre. Estoy segura que si aún viviera me esforzaría día tras día para hacerlo sentir

