A las seis y cincuenta de la tarde, la luz que entraba por el vidrio del taller ya era naranja, y Valeria tenía la mesa cubierta de piezas de un reloj de carruaje que había prometido para el jueves.
Llevaba cuatro días volviendo al taller. Se lo había exigido a Adrián el sábado, en un desayuno que solo ella desayunó: de día, su trabajo era suyo. El chofer la dejaba a las nueve y pasaba por ella a las siete, antes de que oscureciera. Esa mañana ella le había dicho que pasara a las ocho. El chofer le había contestado que el señor había dicho a las siete. Ella le había contestado que el señor no arreglaba relojes de carruaje.
Miró el celular. Nada de Nico. Ni una llamada desde el "te marco" de hacía cinco días.
Sonó la campanilla de la puerta.
Entró un hombre de unos cuarenta años, con gorra y chamarra de mezclilla, y una bolsa de plástico en la mano. Valeria miró primero el vidrio y después al hombre. Desde el viernes lo hacía con todo el mundo. Su reflejo estaba ahí, nítido, con la gorra y todo.
Humano.
—Ya vamos a cerrar —dijo ella.
—Es rapidito.
Dejó la bolsa sobre el mostrador. Luego, sin mirarla, giró el letrero de la puerta de ABIERTO a CERRADO y corrió el pasador.
Valeria no se movió del banco. Contó. Uno, dos.
—Si viene a asaltarme —dijo—, el despertador suizo está en el segundo cajón. No vale nada, pero tiene buena caja.
—¿Dónde está?
—¿Dónde está qué?
—No te hagas.
—Si es por el reloj de oro, ya no lo tengo. Se lo devolví a su dueño.
—No me interesa el reloj.
Ahí Valeria sintió la frase de Gabriel en la nuca, tibia, como su aliento. "Pregúntele a su marido cuántas esposas ha enterrado." Tenía la pregunta preparada desde el viernes y no la había hecho. Cuatro días cruzándose con Adrián en el pasillo a las cuatro de la mañana, y nada.
Si este hombre no venía por el reloj, venía por ella.
Tomó el punzón de la mesa sin bajar la vista.
El hombre rodeó el mostrador. No corrió. Caminó como quien entra a su propia cocina. Cuando estiró la mano hacia ella, Valeria le clavó el punzón en el dorso, entre los huesos, con el mismo golpe seco con el que abría una tapa de presión.
Él gritó. La mesa se vino abajo. Las piezas del reloj de carruaje saltaron por el piso como granos de arroz, y Valeria, que estaba a punto de morir, pensó en el volante, en que el volante era lo único que no iba a poder reponer.
Algo le cruzó el antebrazo izquierdo. Primero no le dolió. Luego fue un ardor largo y limpio, de codo a muñeca, y algo tibio bajándole por la mano. El hombre tenía una navaja. Valeria no la había visto salir.
La empujó contra la pared. A su espalda, el reloj de su padre siguió andando, tic, tac, igual que desde 1987.
Entonces el hombre miró hacia la puerta, y Valeria también.
Adrián estaba al otro lado del vidrio.
Todavía quedaba sol en la cornisa del edificio de enfrente, un filo naranja, y él estaba de pie en la banqueta, en esa luz, con la piel del color de la ceniza. Había venido antes de tiempo. Había venido a pesar del sol. Apoyó la palma abierta contra el vidrio y no empujó.
En el vidrio, como siempre, solo se reflejaban ellos dos: el hombre de la gorra y ella, con el brazo rojo.
—Ya llegó el marido —dijo el hombre, y se rio con la boca torcida de dolor—. Me dijeron que ustedes no pueden pasar si no los invitan.
Le puso la navaja debajo de la mandíbula, donde Lucía le había puesto los tenedores. Valeria sintió el filo frío. Más frío que las manos de Adrián.
Adrián no dijo nada al hombre. No lo miró. La miró a ella.
—Valeria —dijo.
Era la primera vez que decía su nombre. No "señorita Ríos", ni "señora". Su nombre, dicho bajito, a través de un vidrio, como si lo hubiera tenido guardado mucho tiempo en un cajón muy hondo.
Valeria entendió, con la parte de la cabeza que todavía funcionaba, que estaba a punto de abrir algo que no sabía cómo se cerraba. Que una vez dicho, no iba a poder desdecirlo. Que aquel era su taller, su casa, la última puerta del mundo que él no podía cruzar.
—Pasa —dijo.
Entre un tic y el siguiente, la puerta estaba abierta. Valeria no vio cómo. La cerradura quedó colgando de un solo tornillo, y Adrián estaba adentro, en medio del taller, sin haber dado ningún paso que ella pudiera recordar.
El hombre la soltó. Levantó las manos, la navaja cayó al piso entre las piezas del reloj, y retrocedió hacia la trastienda sin darle la espalda.
—Tranquilo, señor Castell —dijo—. Tranquilo. No vine por su esposa.
Adrián no lo siguió.
Se había quedado quieto, a un metro de Valeria, con la mano apoyada en el mostrador. Quieto como en el estudio, cuando ella se pinchó el dedo. Solo que esta vez no era una gota. Era el brazo entero, y el piso, y la manga del suéter empapada. Valeria vio cómo se le cerraba la mandíbula. Vio cómo dejaba de respirar, si es que alguna vez respiraba.
El mármol del mostrador, el mármol al que ella le comparaba las manos de él, se rajó bajo sus dedos con un ruido seco.
Al fondo, la puerta del patio chirrió. La bisagra de abajo, la que nunca aceitaba.
El hombre se detuvo en el umbral, con la mano sangrando contra el pecho. Miró a Valeria, no a Adrián. Casi con lástima.
—No es a ti a quien buscan —dijo—. Es a tu hermano.