LUCES, CIMIENTOS Y DESTINOS --- La mañana en Buenos Aires amaneció tibia, con un sol dorado que se colaba entre los edificios y se reflejaba en las ventanas del departamento. El aroma a café recién hecho llenaba la cocina cuando Gala entró, descalza, con el cabello suelto cayendo por los hombros. Nicolás estaba de pie junto a la mesada, revisando planos, pero se detuvo apenas la vio. —Buen día, amor —dijo él, dejando el lápiz y acercándose para darle un beso lento, de esos que dicen más de lo que las palabras nunca podrían. Gala sonrió contra sus labios, y apoyó la frente en su pecho. —¿Otra vez trabajando desde temprano? —No podía dormir —respondió Nicolás—. El arquitecto nos va a mostrar hoy el avance final de los interiores del edificio. Ella levantó las cejas. —¿Ya? Pensé que f

