El amanecer de una vida sin sombras El amanecer entraba por los ventanales de la nueva casa como una caricia cálida. No era Montecarlo, no era ninguna oficina con paredes de vidrio y decisiones afiladas como tijeras: era hogar. Puro, simple, honesto. Una brisa tenue movía las cortinas blancas, y el aroma a café recién hecho se mezclaba con el perfume suave de las flores que crecían en el jardín del fondo. La paz tenía un sonido, un olor, una forma; y yo la estaba descubriendo por primera vez en años. La casa no era un palacio, pero tampoco lo necesitábamos. Era espaciosa, luminosa, pensada para respirar, para crecer, para quedarnos. Las paredes estaban llenas de fotos nuevas: momentos capturados sin prisa, sin peligro, sin máscaras. Habían pasado tres años desde la caída final, desde

