Capítulo 7 – El secreto de Valeria
El viento de la noche agitaba las hojas de los árboles de la plaza. Alejandro y Valeria permanecían en silencio, después de esa conversación donde él había dejado ver parte de su verdad. Era extraño: nunca antes había abierto así su corazón, y mucho menos frente a alguien a quien apenas conocía.
Pero ahora la atención estaba puesta en ella. Alejandro notó que Valeria jugueteaba con la tapa de su cuaderno, como si estuviera decidiendo algo importante. Finalmente, suspiró y lo miró fijamente.
—¿Quieres saber por qué vivo aquí? —preguntó, con un tono que mezclaba desafío y fragilidad.
Alejandro asintió, sin apartar la mirada.
—Solo si tú quieres contármelo.
Valeria guardó un momento de silencio, y luego empezó a hablar con voz baja:
—No siempre fui una vagabunda. Yo también tuve una vida “normal”. Una familia, una casa, un futuro. Pero todo se derrumbó de un día para otro.
Alejandro la escuchaba en completo silencio, como si cada palabra pesara más que el aire que respiraba.
—Mi padre murió cuando yo tenía diecisiete. Era mi héroe, el que siempre me cuidaba. Después de su muerte, mi madre cambió. Se volvió fría, distante, como si me culpaba por lo que pasó. Empezó a beber… y con el tiempo dejó de ser mi madre.
Se detuvo un instante, apretando el cuaderno contra el pecho.
—Yo trataba de estudiar, de salir adelante, pero ella vendió la casa para pagar deudas y, de repente, me encontré en la calle. Tenía veinte años. Algunos familiares me cerraron la puerta. Y los amigos que juraban estar siempre… desaparecieron.
Alejandro sintió un nudo en la garganta. Conocía bien la traición y la indiferencia, pero escucharla a ella lo golpeaba distinto.
—Intenté buscar trabajo, cualquier cosa —continuó Valeria—. Pero cuando no tienes una dirección, cuando hueles a calle, nadie te da una oportunidad. A veces lavaba autos, otras vendía flores en los semáforos… hasta que aprendí que lo único que me quedaba era sobrevivir.
Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, pero no dejaba que cayeran.
—Y entonces apareció la escritura. Empecé a escribir en este cuaderno todo lo que sentía. Historias, recuerdos, sueños… era mi manera de seguir existiendo. Porque cuando duermes bajo un puente o en un banco, la gente deja de verte como persona. Yo no quería olvidarme de mí misma.
Alejandro la miraba con una mezcla de dolor y admiración. Había conocido historias duras, pero jamás había visto tanta fortaleza envuelta en tanta fragilidad.
—Valeria… —murmuró, sin saber qué más decir.
Ella sonrió con ironía.
—Ahora ya sabes mi gran secreto. La vagabunda que te enfrenta y no se deja comprar, en realidad es solo una chica que perdió todo.
—No. —Alejandro habló con firmeza—. No eres “solo” nada. Eres alguien que sigue de pie, cuando cualquiera se habría rendido.
Valeria se quedó en silencio, sorprendida por la seriedad en su voz. Había esperado compasión, tal vez lástima, pero no respeto.
—Yo también sé lo que es perder —continuó Alejandro—. Y te aseguro que lo tuyo no te hace menos… al contrario. Te hace mucho más fuerte que la mayoría de las personas que conozco.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de una cercanía inesperada. Valeria apartó la mirada, pero por primera vez permitió que una lágrima resbalara por su mejilla. Alejandro, sin pensarlo, extendió la mano y la secó suavemente.
Ella lo miró, con los ojos abiertos, sorprendida por la ternura del gesto. Durante un instante, el tiempo pareció detenerse.
—No me mires así —susurró Valeria, tratando de recuperar su coraza.
—¿Así cómo?
—Como si pudiera salvarme.
Alejandro sonrió apenas.
—Tal vez sea al revés. Tal vez tú seas la que pueda salvarme a mí.
El silencio volvió a envolverlos. Pero ahora ya no era un silencio frío, sino un puente invisible que los unía. Dos almas heridas, reconociéndose mutuamente.