DENISSE —No puedo creer que esté haciendo esto. Bajo del auto e intento contener la agitación que me ha revolcado el estómago desde esta mañana. No he podido dejar de pensar en él desde que me fui anoche: en cómo me tocó, en su sonrisa, en cómo parecía genuinamente interesado en lo que decía. Esto es un problema. Un problema serio, que va hondo. Lo distingo cerca de la mesa de picnic donde estuvimos anoche, y no puedo evitar que se me esboce una sonrisa al acercarme. Lleva un guante en una mano y con la otra lanza al aire una pelota, una y otra vez. Cuando siente mi presencia, me recibe con una sonrisa amplia y sincera. —Empezaba a pensar que me habías dejado plantado —ríe. —Ojalá —digo entre risas, ajustándome la capucha de la sudadera—. ¿Acaso alguien te contó lo buena que era? —No

