—¡Que no, Renee! —gritó una falsa rubia de ojos azules, furiosa—. ¿Por qué demonios no lo entiendes? No puedes regresar. —Tú no puedes regresar —rezongó una joven de diecisiete años, de cabello oscuro y ojos azules, también—. A mí nadie me conoce, yo sí puedo volver. Soy una joven italiana que va de intercambio a una de las mejores universidades de México; además, ni siquiera voy a la misma ciudad en que vivimos. La mujer mayor suspiró, molesta y cansada, entonces tomó aire para hacer algo que había estado haciendo mucho últimamente: enojar a su hija. —No vas a ir, y punto final —declaró la mujer en cuyo cabello dorado comenzaban a vislumbrarse algunas líneas platinadas. —¡Mamá! —se quejó una casi joven a punto de terminar la educación media superior y que, para estudiar la licenciatu

