Fueron las dos semanas más horribles de toda su vida, odiaba estar encerrado, odiaba ese lugar. Pero aún así no quería irse y se negaba entender o admitir cual era la verdadera razón. —Hora de comer—grito Henry, abriendo la mini puerta, pasándolo un plato lleno de pescado. Lewis corrió hacía él y solo se sentó, mirándolo. El rizado lo observó detrás de los barrotes, hasta que le sonrió. —¿Qué no te gusta? Se que te gusta el pescado—decía Henry, cargándole el pote de agua. El ojiverde se sonrojo ante la mirada del animal sobre él, más solo lo miró una vez más antes de irse. Le encantaban los ojos azules de aquel animal. Lewis lo vio alejarse mientras seguía comiendo. Henry, hasta ahora, era el único humano que de verdad le agradaba estar ahí con el y con los animales. Y el hombre lobo

