La luz tenue de la mañana apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas de La Fortaleza, pero el agotamiento no me permitía disfrutar de la calma que el nuevo día prometía. Mi cuerpo dolía, no solo por el secuestro y el rescate, sino por la tensión que todavía sentía apretando mi pecho. A pesar de todo, no podía dejar de pensar en cómo mis decisiones siempre parecían arrastrar a quienes me rodeaban. Había vuelto a casa, sí, pero la sensación de peligro no me abandonaba. Caminé por el pasillo largo hacia los aposentos de mi madre. Amaranta Volkova no era una mujer que mostrara su miedo fácilmente, pero sabía que mi desaparición la había marcado profundamente. Cuando llegué a la puerta, no necesité tocar. Se abrió de golpe, y allí estaba ella, vestida con un elegante kimono de seda, su ca

