Episodio 20

1828 Words
Al amanecer, el piloto anunció nuestra llegada a México. La ciudad apareció ante nosotros como una extensión interminable de luces y sombras, un laberinto vivo. A nuestro arribo, nos esperaba un coche n***o con dos hombres que, sin decir palabra, nos escoltaron hasta un hotel en el centro de la ciudad. Era un sitio lujoso, una fortaleza camuflada entre los altos edificios, como un recordatorio de que en ese territorio, cada detalle tenía un propósito oculto. Pasamos unas pocas horas en el hotel, revisando una y otra vez cada aspecto del trato, pero mi mente estaba ya en la reunión que nos esperaba esa tarde. Cuando finalmente recibimos la llamada de confirmación, nos dirigieron a una mansión a las afueras de la ciudad, un símbolo de poder y territorio que no dejaba lugar a dudas sobre quién controlaba ese suelo. La ciudad se deslizaba a través de la ventana del coche, como una secuencia de luces brillantes que no lograban disipar la oscuridad de la noche. Cada giro, cada cruce de calles, parecía sumarnos más y más a la inevitable tensión que flotaba entre nosotros. Alonzo, silencioso como siempre, estaba a mi lado, sus ojos fijos en el camino mientras el aire caliente entraba por la ventanilla. Me gustaba el silencio entre nosotros; en parte, porque evitaba que dijéramos lo que ninguno quería escuchar, pero también porque, sin palabras, todo era más claro. Alonzo rompió el silencio después de un rato, su voz grave y tranquila, pero con algo más debajo, algo que se movía entre los dos sin ser nombrado. —Supongo que esto es lo que se siente estar en la cuerda floja, ¿verdad? —dijo, sin apartar la vista de la carretera. No era una pregunta, sino una observación. Lo miré, notando la tensión que se había instalado en su mandíbula, esa línea recta que siempre estaba presente cuando se sentía incómodo. Había algo en su postura, en su actitud de control, que me resultaba familiar. Era como si ambos estuviéramos caminando sobre hielo, sabiendo que cualquier paso en falso podía hacernos caer, pero incapaces de parar. —No sé si la cuerda floja sea la palabra adecuada —respondí, mi tono suave pero firme—. Es más bien como caminar por un precipicio. Te acercas un paso más y ya no hay vuelta atrás. No hay margen de error. Un silencio pesado cayó entre nosotros. El coche seguía su curso por las calles desiertas, pero algo en el aire parecía haberse alterado. Mi mirada volvió a posarse en él, y por un segundo, sentí esa extraña necesidad de romper el hielo. Quizá, en el fondo, sabía que si no lo hacía, todo lo que habíamos construido podría desmoronarse con un solo movimiento. —¿Te preocupa lo que está en juego, Alonzo? —pregunté, esta vez con más sinceridad en mi voz. Había un toque de vulnerabilidad que no solía permitir, pero algo en él, en nuestra situación, me estaba empujando a revelar más de lo que normalmente guardaba bajo llave. Él me miró de reojo, sus ojos intensos, pero de alguna forma, suaves. Había una calma en su mirada que no cuadraba con lo que acabábamos de vivir, con el peligro inminente que aún colgaba sobre nosotros. —Lo que me preocupa, Dominika, es que no estamos jugando con las mismas reglas que antes. Pero eso nunca nos detuvo, ¿verdad? —dijo, y aunque su tono seguía siendo calculador, hubo un destello en su mirada que me hizo sentir que estaba hablando de algo más que de negociaciones. —No, nunca nos detuvo —respondí, mis palabras más duras de lo que quería. ¿Por qué todo lo que hacíamos juntos tenía que terminar siempre así? ¿Por qué todo siempre se reducía a un juego de poder, de alianzas, de mentiras? La respuesta estaba clara, pero no la quería escuchar. El coche giró hacia un callejón más oscuro, y la luz de los faroles iluminó brevemente sus facciones. Vi cómo se tensó al acercarse a la entrada del hotel, como si ya supiera lo que venía. A veces, todo este mundo no parecía real. Era como si estuviéramos en un sueño del que no podíamos despertar, un sueño donde la lealtad y la traición caminaban de la mano. Bajamos del coche, y el aire caliente de la noche me envolvió, cargado de la promesa de lo que estaba por suceder. Alonzo caminó a mi lado, no tan cerca como me hubiera gustado, pero cerca lo suficiente para sentir su presencia. Lo sabía: ambos estábamos tan al borde, tan al límite, que no podíamos dejar de mirarnos, no podíamos dejar de percibir la chispa que siempre había estado ahí, creciendo en silencio. —¿Sabes, Alonzo? —dije, rompiendo el silencio mientras cruzábamos la puerta del hotel—. A veces siento que estamos tan atrapados en esta vida que olvidamos lo que realmente significa estar libres. Él se detuvo un momento, su rostro reflejando una mezcla de sorpresa y curiosidad. Durante un segundo, creí que diría algo, pero no lo hizo. Solo caminó hacia la recepción, y yo lo seguí. —¿Libres? —repitió finalmente, como si la palabra fuera una especie de enigma. Giró hacia mí, sus ojos fijos en los míos, y algo en el aire cambió, como si la tensión que nos rodeaba fuera una cuerda que se tensaba aún más. —No sé si tú y yo sabemos lo que significa ser libres, Dominika. Su voz se deslizó hacia mí como un susurro, y por un momento, me sentí atrapada en la maraña de su mirada, en la intensidad que había entre nosotros. Había algo en ese instante que no podía negar: no solo estábamos en juego por el futuro de nuestras familias, sino por algo mucho más grande, algo que ninguno de los dos quería aceptar. —No... no lo sé —respondí, y mis palabras quedaron suspendidas en el aire entre nosotros. Era una respuesta honesta, una respuesta que no sabía cómo justificar. Pero la verdad era que, mientras él se acercaba más a mí, mientras compartíamos este viaje hacia lo desconocido, no podía evitar preguntarme si, en el fondo, el mayor riesgo que corríamos no era el cártel, no eran las negociaciones o el poder, sino la forma en que nos estábamos jugando a nosotros mismos. Y mientras nos acercábamos a lo que sería nuestra primera reunión con los carteles, su mano tocó brevemente la mía, un roce fugaz pero suficiente para encender algo en mi pecho. No era solo la proximidad física, era la tensión entre nosotros, la forma en que todo lo que callábamos pesaba más que las palabras que no decíamos. No estábamos listos para lo que venía. No lo estábamos ni él ni yo. Pero aún así, avanzábamos. Porque en el fondo, sabíamos que, en este juego, sólo el que se atreviera a caminar por el filo podría ganar. Y en ese filo, parecía que estábamos destinados a caminar juntos. —¿Estás lista para esto, Volkova? —preguntó, su voz apenas un susurro. —¿Y tú? —repliqué, arqueando una ceja. Él sonrió con algo que se parecía a la arrogancia. —Si fallamos, me aseguro de que al menos tú sobrevivas —dijo, como si fuera la promesa más sencilla del mundo. —No necesito que me protejas, Alonzo. Pero si quieres intentarlo, adelante. No voy a detenerte. Al llegar, el líder del cártel nos recibió en un amplio salón decorado con opulencia. Su mirada me recorrió de arriba a abajo con una mezcla de curiosidad y desconfianza. —Así que, Dominika Volkova en persona… No pensé que tu padre enviaría a su hija para un acuerdo tan serio —dijo, su tono casi burlón. Le devolví la sonrisa, manteniéndome firme. —La Bratva entiende de responsabilidad. Estoy aquí para asegurarme de que esta alianza se fortalezca. —Pausé un momento, dejándole ver la determinación en mi mirada—. Estamos dispuestos a ofrecer lo que necesiten, siempre y cuando respalden nuestra posición en sus territorios. El líder del cártel me estudió en silencio antes de mirar a Alonzo, como si buscara en él algún tipo de confirmación. —¿Y tú, Rinaldi? ¿También vienes a hacer tratos en nombre de la Bratva? Alonzo cruzó los brazos, su voz tranquila pero firme. —Vengo a asegurarme de que esta alianza sea beneficiosa para ambos. Saben que en este negocio, la confianza es tan valiosa como el dinero. —La Bratva nunca hace nada sin tener una razón —dije, con voz tranquila—. Estamos aquí para hablar de un trato que beneficie a ambos lados. Las armas y los hombres están sobre la mesa, si ustedes están dispuestos a respaldar nuestras operaciones en América. Él nos observó en silencio, y luego sonrió lentamente. —Saben negociar, y eso lo respeto. Pero aquí no estamos en su terreno, señorita Volkova. Deberán demostrar que cumplen lo que prometen. Alonzo intervino entonces, con una calma implacable en su tono. —Demuéstrenos ustedes que están dispuestos a colaborar, y no habrá lugar para las dudas —dijo, sin levantar la voz. El líder asintió, considerando nuestras palabras. Las horas siguientes fueron un tira y afloja de palabras, promesas y amenazas disimuladas. Alonzo y yo trabajábamos en sintonía, tomando turnos para responder o presentar los términos. Cuando la tensión crecía, él intervenía, usando su tono controlado y directo para desviar las preguntas que buscaban debilitar nuestra posición. Al final, el acuerdo estaba hecho: armas y hombres a cambio de un apoyo estratégico en América. Nos dirigimos de regreso al coche, sintiendo el peso del éxito sobre nosotros. —¿Satisfecho? —le pregunté a Alonzo mientras avanzábamos por la carretera hacia el hotel. —Hiciste un buen trabajo, Volkova. No esperaba menos de ti —respondió, mirándome con esa mezcla de ironía y sinceridad que nunca terminaba de descifrar. Solté un leve suspiro, incapaz de ocultar una pequeña sonrisa. —No podría haberlo hecho sin ti, Alonzo. Lo sabes. De regreso en el hotel, la tensión pareció disiparse un poco. Me dejé caer en un sillón, sintiendo por primera vez el cansancio en los hombros. Alonzo se quedó de pie, observándome en silencio. —¿Qué? —le pregunté finalmente, sintiéndome un tanto vulnerable bajo su mirada. —Nada —dijo, después de una pausa—. Solo estaba pensando en lo que acabamos de lograr… y en lo que podría costarnos si algo sale mal. Nos miramos un largo momento, conscientes de las implicaciones de lo que habíamos sellado esa noche. Habíamos cerrado un pacto peligroso, y ambos sabíamos que la lealtad de nuestros aliados era tan frágil como la promesa de la próxima reunión. Mañana, más retos nos esperarían, pero esta noche, al menos, podíamos celebrar nuestra victoria silenciosa, aunque solo fuera con la certeza de que habíamos hecho lo necesario para proteger la Bratva.
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