Habían volado en otra avioneta hasta un poblado innominado, que no aparecía en los mapas pero al que al parecer Rangel conocía personalmente. El sitio era poco más que un barracón que hacía las veces de hangar, una pista de tierra no demasiado extensa, una especie de almacén de ramos generales de reaprovisionamiento, y un grupo de cabañas indígenas de aspecto miserable. Luego de una estadía nocturna en un modesto albergue anexo al almacén, se levantaron muy temprano y se dirigieron a un muelle sobre el Río Javarí, frontera natural entre Perú y Brasil. En el lugar ya los esperaban Francisco, el guía y lenguaraz que los acompañaría en el resto del viaje, y una docena de peones indígenas que se encargarían del transporte de las vituallas, el armado de los campamentos, y de ayudar en las exca

