El mismo día New York Gabriel Apresurado, tal vez. Pero había momentos en que uno debía seguir los instintos, aprovechar la rendija, lanzar el anzuelo y confiar en que la presa —o la oportunidad— respondiera. Eso hice con Elizabeth en el chalet. Ella estaba vulnerable, sola… y en mi territorio. Una combinación peligrosa. Sabía que existía el riesgo de escuchar otra de sus amenazas, algún insulto nuevo… incluso de ganarme una bofetada por sujetarla del brazo. Aun así, lo hice. Sentí ese silencio previo, denso, el que anuncia un cambio en el aire. Elizabeth se quedó quieta. Su mirada era una máscara: misteriosa, distante, imposible de leer. Entonces habló. —Señor Moreau —dijo, soltándose suavemente de mi agarre, como si no quisiera dejar rastro del contacto—, si mi madre consideró qu

