Capitulo 7

1057 Words
Canadá era frío como las mañanas y las noches en México la única diferencia era que aquí hacia frio a todas horas. Este era mi tercer día en el país y nada había cambiado a lo que vivía en la casa de seguridad en México. Era presa del encierro, las cuatro paredes de la habitación eran mis más fieles amigas, siempre escuchando mis quejas y lamentos, viendo como la luz se escapaba de mis ojos hasta quedar vacíos en la negrura de la inconciencia después de una golpiza. Agradecía que por lo menos aquí si me permitieran ver la luz aunque fuera por una de las ventanas que siempre se mantenían con las cortinas cerradas, aun así los rayos del sol se empecinaban con visitarme por las mañanas mientras me recostaba al pie de la cama con una colcha enredada al cuerpo para resistir el frio mientras le daba un poco de color a mi piel que estaba más pálida que de costumbre; eso si estaba en una de las cómodas habitaciones de la planta alta, eso tenía que ser un gran privilegio.   Estire el cuerpo borrando las arrugas de la cama, me gustaba la limpieza y el orden, aunque siempre eh vivido en un chiquero y ahí sí que no hay nada que hacer al respecto.   Camine hasta el cesto de ropa sucia dejando el par de sabanas verde musgo que había quitado de la cama, había encontrado tres pares de sabanas en el rincón del armario; aún quedaban dos pares limpias; solo esperaba que vinieran por la ropa sucia que ya se acumulaba en el cesto.   De regreso a la cama me detuve en el espejo de cuerpo entero que se encontraba clavado a la pared. —Sí que eh adelgazado bastante— Giré en varios ángulos para tener algo más detallado de mi cuerpo. Mi cuerpo ya no era el mismo de años atrás, algunas partes han adquirido pequeñas porciones, dando volumen y curvas que antes no estaban ahí; bueno jamás había visto mi cuerpo antes así que no podía asegurar que estaba o no estaba. Mi pelo rubio dorado, como «las doradas manzanas del sol», había dejado mi rubio cobrizo de cuando era niña hace tiempo, para ahora darle paso al dorado como el sol que me caracterizaba como mujer; tan largo como el cuello de una jirafa y sedoso gracias a los químicos que se encontraban en el baño. Una silueta definida marcaban mi cuerpo, dejando ver que ya no era la niña de hace quince años, era tan delgada que quizá podría ser anoréxica o bulímica por la falta de nutrientes y vitaminas.   Lleve ambas manos a los pechos no tan grandes ni tan pequeños a mi ver, quizá son del tamaño promedio. Deslice las manos ahora a mi trasero del mismo modo no era grande ni pequeño, ojos grandes de un azul celeste acompañados de una extensa capa de pestañas largas y chinas muy seductoras. En definitiva cuerpo casi perfecto de no ser por los cardenales que coloreaban parte de este. No me podía quejar, no debía ni podía. No conocía a nadie con quien comparar mi cuerpo, pero según los hombres a                     los que acompañaba a reuniones importantes mi cuerpo era “perfecto”.   Baje la mirada a la pequeña escotilla cuando escuche que se abría, una charola fue empujada hasta este lado. Deje de verme en el espejo y me dirigí hacia el diminuto plato de comida tomándolo entre mis manos. Me devolví a la cama sentándome con las piernas cruzadas, mis tripas crujiendo por el hambre. Me lamí los labios decidida en destapar el plato. «Bueg» hice una mueca al percibir el olor que salía de este. El estómago se me revolvió, la bilis subiendo por mi garganta apenas retenida.   Realmente esto era asqueroso pero no podía despreciar un bocado, la comida se había vuelto tan valiosa para mí que no me daba el lujo ni de desperdiciar ni despreciarla, ya que no sabía cuándo volvería a probar bocado. Tome la cuchara de plástico plegable que se hallaba dentro del plato, la estire tomando un bocado para llevarlo a mi boca. Lo retuve un tiempo dentro de esta dándole vueltas con la lengua; apuñe los ojos y pase rápidamente dándole un trago al vaso de agua que se suponía era de lima, sin una pizca de azúcar. Levante la cuchara llevando otro bocado rogando mi estómago no se pusiera pomposo y devolviera lo poco que le había caído. —¡Realmente esto parece vasca de perro!— removí la comida jugando con la cuchara. Deje de lado el plato apuñando los ojos. Di un sorbo más al vaso de agua quitando el mal sabor dejando otro más pasable como el amargo de la lima. No podría esperar nada menos que esto, por lo menos esta vez  la comida no estaba en descomposición avanzada o congelada. Mi estómago se quejó con un crujido de tripas que me hizo doblarme por el dolor; ¡solo eso faltaba! —que me enfermara del estómago a causa de esa asquerosa comida—. Tan rápido como el trueno estaba sudando helado, mi cuerpo estremeciéndose con cada espasmo —¡voy a morir!— apuñe los ojos pasándome el dorso de la mano por la frente perlada de sudor. Solté el aire retenido cuando paso otro espasmo. Tome el plato junto a la charola para dejarlos en la escotilla listos para cuando vinieran a recogerlos. Los pies me temblaban con cada paso. Aferre la charola cuando se deslizo por mis dedos, algo crujió bajo estos. Me detuve tomando el plato en una mano y girando la charola con la otra; bajo esta se encontraba una nota doblada por la mitad. Con dedos frágiles arranque la hoja, deje la charola junto al plato en el suelo y me volví a la cama con la pequeña hoja.   Lamento lo de ante antier.   Ese no era yo, estaba bajos los efectos del alcohol y drogas. Perdón si te hice daño. Pero ahora conocerás al verdadero  Bastian Davenport.   Termine de leer la nota con algo de dificultad, la hice puño en mi mano y la arroje a cualquier lugar en la habitación. —Maldito bastardo— despotrique contra él —De que otra forma te puedo conocer— según yo ya lo había conocido lo suficiente como para darme cuenta del hijo de puta que era, un aprovechador que abusaba de chicas inocentes; arrogante con porte de matón y muy guapo pero malo, muy malo al fin de cuentas.
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