Epílogo

2109 Words
He aquí la parte final, espero les guste este desenlace. Fue un poco difícil describir la enfermedad de Gilbert, no por falta de conocimiento, todo lo contrario, reviví y plasme en este capítulo las vivencias con mi padre antes de morir. Si desean que más adelante publique la historia que se desarrolló durante esos diez años entre Gilbert y Manuel me avisan. Un beso grande para todas!!! ♥️ Epílogo. — ¿Hola? —Contesta el rubio desde su oficina mientras sus ojos verdes se mantenían fijos en la ventana. — ¡Hola, causita! ¿Cómo has estado? — La alegre voz de Miguel retumbó desde el otro lado de la línea. — ¡Migue, por la puta madre! Que ganas tenía de hablar con vos. Cómo me gustaría volver a verte, necesito a un amigo con el cual desahogarme—. Suspiró pesadamente mientras se masajeaba el puente de la nariz. — ¿Muy difícil tú trabajo se oncólogo? —La voz del peruano se suavizó ante la desesperación de su amigo—. Aunque te tengo buenas novedades, acabo de llegar a Santiago, deja encontrar donde hospedarme y te llamo para que nos juntemos. —No boludo, nada que ver, podés quedarte conmigo—. De pronto su tono de voz se elevó manifestando su euforismo—. Vení a buscarme al hospital a las ocho, que a esa hora acaba mi turno, de ahí nos vamos a comer algo y luego al depa. Hoy me traspasaron un caso súper difícil, recién salgo de una junta médica y en unos minutos debo salir y destruir las esperanzas de toda una familia. —Debe ser complicado— masculló con voz suave—. Yo te levantaré el ánimo causa, mucha suerte con eso, tu puedes Tincho, siempre has sido tan fuerte. —Gracias Migue, tus palabras siempre me re pueden. Buscando algo positivo en todo esto, podría decirse que lo hay, al paciente ni a su familia la conozco, por lo que no abra tiempo de encariñarse más de la cuenta—. Una risa amarga escapa de sus labios—. Bueno, hablamos en la tarde, un beso, cuídate. —También tú, nos vemos. Ambos cortaron al mismo tiempo, Miguel se sintió aliviado al descubrir que la amistad seguía intacta, temía que luego de cinco años de relación fallida el rubio pudiera conservar algún rencor. Mientras que Martín, se sentía felíz, se sentía demasiado solo y el peruano sería una excelente compañía, pese a que no funcionaron como pareja y ya no existía un sentimiento de esa índole de por medio no podía negar que era excelente amigo. °°°°°°°°°° Manuel, sentía los ojos irritados de tanto llorar, sus párpados inflamados dolían y se sentían sumamente pesados. Llevaba dos noches sin dormir y su aspecto físico no era el mejor, había olvidado la última vez que degustó una buena comida. De todos modos el comer no era algo relevante en ese momento, lo único importante era sonreír y que esa sonrisa pareciera auténtica. Después de todo, no era nada sencillo engañar a Gilbert. Con cierta timidez tomó la huesuda mano del prusiano entre las suyas, acariciándolas con extrema delicadeza. Ambos estaban en completo silencio, Gilbert mantenía su mirada en Manuel, mientras que este se mantenía cabizbajo. Estaba tan desgastado emocionalmente que no se atrevía a alzar la mirada, no creía poder sonreír mientras le miraba a los ojos. —Manuel— su voz salió ronca y débil, se sintió patético en ese preciso momento al no tener la suficiente energía para alzar su brazo y tomar al chileno del rostro obligándole a mirarle—. Hemos hablado esto tantas veces... —No digas nada, tienes que puro descansar—. Alzó ligeramente el rostro y contuvo con la palma de su mano un sollozo. —Manuel—. Volvió a insistir el albino, sin embargo no pudo continuar al sentir que el aire le faltaba. — ¡No, mi amor! No me pidas que no llore, por qué no puedo más... Por más hecho mierda que este no importa, siempre voy a estar entero para ti—. Fijó su mirada en la del mayor— hemos pasado por tantas weas, hemos peleado, nos hemos separado, hemos estado con otros en estos diez años, sin embargo nunca pudimos alejarnos del todo. ¿Sabes por qué? Por qué me enamore de ti hasta las patas, Manuel, no pudo contenerse más, rompió en llanto, mostrándose débil frente al hombre que amaba. Pero nadie en su sano juicio podría juzgarlo, no cuando lentamente, segundo tras segundo perdía más a quien adoraba con su vida. —No quiero que me veas morir... Realmente no me quiero morir—. Un nudo en su garganta le impedía hablar con claridad, inmediatamente las lágrimas inundaron sus apagados ojos rojizos—. No quisiera dejarte solo jamás... Me maldigo por haberte hecho llorar más de una vez, pero siempre supiste que te amaba como jamás nadie te había amado—. Sabía que sus palabras eran egoístas, poco importaba, pronto dejaría ese mundo y pasaría a reunirse con su madre y su hermano, ahí esperaría pacientemente por Manuel y en su espera no deseaba verlo con nadie. —Olvidemos todo lo malo, es normal de las parejas pelear, lo importante es que nos amamos. Vas a salir adelante mi amor, eso te lo prometo— en ese momento se estremeció, la fría mano de su amado secó con delicadeza sus lágrimas. Ese simple gesto logró poner su mundo de cabeza. A veces, no lograba entender como demonios podía llegar a amar tanto a ese hombre. Lo que sentía por Gilbert sobrepasaba todo límite, por él era capaz hasta de lo imposible. Ahora tocaba sentarse frente a él y verlo morir lentamente, no existía nada que él pudiera hacer y eso le frustraba de sobremanera. Una de las enfermeras ingresó en la habitación interrumpiendo el momento de la pareja. — ¿Cómo se siente hoy, Gilbert? —Una mujer de unos cincuenta años aproximadamente, rasgos duros y contextura Macisa se instaló frente a ellos mientras ojeaba una carpeta. —Bien— musitó con voz ronca mientras tomaba débilmente la mano de Manuel. — ¡Perfecto! —Trató de sonar animada—, en un ratito pasará a visitarlo el doctor, es nuevo pero muy bueno en lo que hace—. Le sonríe amablemente para luego voltear en dirección a Manuel—. Señor, necesito que me acompañe, el doctor necesita darle algunas instrucciones. Manuel, asiente y en completo silencio sigue a la enfermera. La mujer le guía hasta la mitad del pasillo, dónde le indica amablemente la oficina del doctor a cargo. Esperó a que ella se retire antes de atreverse a tocar la puerta. Estaba tan jodidamente nervioso que sus manos temblaban exageradamente y unas inmensas ganas de vomitar lo invadieron. —Adelante— se escuchó desde el otro lado de la puerta. —Con permiso, doctor— su voz sonó débil, tímida. Con pasos torpes se adentró en la oficina del hombre, se mantenía cabizbajo y con sumo cuidado cerró la puerta tras él. Sintió la penetrante mirada del doctor sobre su persona, cosa que le incomodaba aún más. De pronto, al alzar la mirada y encontrarse con ese par de ojos verdes que lo observaban entre confundidos y felices no supo que hacer. Ahí frente a él estaba Martín Hernández, el gran amor de su infancia y el más grande dolor de su adolescencia. Hoy Martín, una vez más tenía la oportunidad de destrozar su vida. — ¿Manuel? ¿Sos vos? No me puedo equivocar tanto—. Rápidamente se levantó de su cómoda silla y de tres grandes zancadas se acercó al chileno para estrecharlo entre sus brazos. —Martín... —Musitó bajito al momento que educadamente se apartaba de él. Ese tipo de contactos le incomodaba, ya sea que quien estuviese del otro lado fuese un conocido, un amigo o el mismísimo Dios. Solo en los brazos de Gilbert lograba sentirse a gusto. — ¿Sos hago del paciente? —Notando la incomodidad del castaño decidió acomodarse nuevamente en su silla mientras fingía ver unos documentos. —Él es mi pareja, necesito que sea honesto doctor y me diga las expectativas de vida que tiene Gilbert—. Se sentó frente al rubio posando su intranquila mirada sobre él. —Manu, no te voy a metir—. Su voz comenzó a temblar y a sonar insegura. Algo no muy común en el argentino—. Llegaron los resultados de la biopsia, no es nada alentador. Cómo mucho le quedan de dos a tres meses de vida—. Al ver el rostro de espanto en el chileno le tomó la mano con fuerza—. Lo siento mucho, no hay nada que podamos hacer. Su cáncer está demasiado avanzado, la metástasis comprometió varios órganos y solo queda esperar a que deje de sufrir. Manuel, abruptamente se puso de pie botando la silla con tan brusca acción. Deseaba mostrarse fuerte, mantenerse sereno y resignado, sin embargo no podía. No necesitaba escuchar más, por lo que sin decir palabra alguna abandonó la oficina del doctor Hernández. No volvió a ver a Gilbert, estaba tan roto que no sería capaz de mentirle. Abandonó el hospital, caminó sin rumbo fijo intentando ordenar sus pensamientos y mitigar aunque sea una pizca tan profundo dolor. °°°°°°°°°°°° —Manuel, mañana juega Chile—. Sonríe con la mirada perdida—. ¿Veremos juntos el partido? —Si po amor, como lo dan en la tarde voy a traer un pote de helado de fruta y me acostaré a tu lado—, repartió delicados besos en su rostro. —Intentaré comer un poco— confesó entre quejidos mientras se removía inquieto en la cama—. Tenemos que ir a ver a otro doctor, este tal Hernández está equivocado. Yo no tengo cáncer, si me revisa otro doctor me voy a curar—. Tomó la mano del castaño débilmente. —El lunes buscaré un nuevo doctor—. Sus ojos se llenaron de lágrimas por lo que rápidamente desvío la mirada. Este tipo de conversaciones eran las más difíciles del día, debía mentirle y darle falsas esperanzas por recomendación del psicólogo—. Ya vengo, voy por la morfina. Abandonó la habitación lo más rápido que pudo, cuando se alejó lo suficiente rompió en llanto. Gritó, chilló, pataleó, sin embargo nada calmaba tan lacerante dolor, sentía que poco a poco moría junto a Gilbert y lo peor que no quería evitarlo. Por qué aunque siguiera respirando después de su partida, solo sería un cascarón vacío, su alma se iría con el amor de su vida, con su todo. Esa noche Gilbert no durmió, llevaba veinticuatro horas con sus ojos abiertos, no mostraba cansancio y su lucidez desapareció totalmente. El corazón de Manuel se hallaba oprimido, había llegado el momento menos esperado de su vida, los minutos de Gilbert estaban contados. Martín se lo explicó, le comentó de estos síntomas, su amado acababa de entrar en la última etapa del cáncer y él se rehusaba a dejarlo partir. —¡Dile a Ludwing que se vaya! ¡No me quiero ir aún! —Los gritos roncos del prusiano le erizaron la piel. —Tranquilo mi amor, estoy aquí—. Deseaba tanto acunar su cuerpo entre sus brazos, sin embargo era casi imposible moverlo, por lo que optó por tomar su mano. —No me quiero morir Manuel—. Comenzaba a ahogarse en su propio llanto. —No vas a morir, recuerda que buscaremos un nuevo doctor— esbozó una falsa sonrisa—. Todo va a estar bien mi amor... °°°°°°°° Veintinueve de mayo, el viento soplaba con furia mientras las gotas de lluvia golpeaban de lleno contra su rostro, mezclándose con sus amargas lágrimas. Su mirada vacía se mantenía fija contra aquella lápida que llevaba grabada el nombre de Gilbert. La mano cálida de Martín se posó sobre su hombro, intentaba con tan simple gesto transmitir su apoyo. Miguel, unos pasos más atrás observaba consternado la escena sin saber cómo actuar. Decidió abandonar el cementerio, agradeció el apoyo que tanto Martín, como Miguel le otorgaron, posteriormente se encaminó a casa. Necesitaba darse un baño, quizás comer algo y luego dormir. No deseaba pensar en nada, ya tendría el tiempo suficiente para reponerse, ahora deseaba vivir su duelo a su manera, sin interrupciones, a solas. Fin.
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