Narrado por Zaris Alistair Di Raizer:
Los ojos de la mocosa humana ante mí se mantienen impasibles, indiferentes a todo lo que la rodea, incluido yo.
Esos ojos... desde que llegué a esta monótona Antártida he tenido que luchar contra el impulso de arrancárselos y tenerlos solo para mí. Decorando mi trono como los diamantes que son.
Me cuesta creer que pertenezcan a una simple humana recién nacida. Bueno, no es que sea una recién nacida como tal, es que está enana, no debe tener ni diez años. Pero aun así, su mirada azulada no muestra inmadurez, tampoco el miedo instantáneo y soberano que muestran los niños al verme. en ellos solo hay rabia, pura y ciega, una ansiedad de muerte y venganza que me fascina, que me hace excitar y desear matar, matar y matar hasta que no quede nadie más en este decadente mundo.
—Entonces mátame. Si no tienes paciencia y tan humana soy mátame. —la pequeña ladrona intenta sonar despreocupada, pero no es así, aunque tengo que admitir que me sorprende, mientras los demás salen corriendo ante mi presencia, ella me pide que me mate. Está tan podrida como yo.
—¿Eso quieres enana?
—¿Querer? A mi me da igual, yo no quiero nada. Hazlo, así me aburro menos.
La miro, ahora el incrédulo soy yo. Está loca, es una insolente.¿Cómo se atreve a darme órdenes? La pequeña escoria creía que podía jugar a ser valiente. Me miraba con esos ojos desafiantes tan bonitos y, con una audacia que rozaba la estupidez, me exigió que la matara. ¿De verdad quería probar mi crueldad? Sonreí para mis adentros, divertido. Decidí seguirle el juego. Fingiría concederle su supuesto deseo; quería ver si bajo toda esa palabrería barata se escondía una verdadera guerrera o si terminaría llorando y suplicando por su vida como cualquier otro ser de su patética especie.
—Como desees, pequeña ladrona —susurré con falsa solemnidad.
Levanté la mano despacio, evaluando su reacción, cargando mis dedos con un destello de poder, simulando el golpe mortal. Esperé ver el terror en su mirada... pero el terror me lo llevé yo.
Antes de que mi mano pudiera rozarla, un dolor agudo y punzante me perforó la muñeca. Ahogué una maldición. Skar. Mi propia bestia, la criatura de obsidiana que llevaba siglos fundida a mi piel y respodiendo solo a mi voluntad, me había mordido. Sus colmillos de cristal se clavaron en mi carne, frenando mi ataque.
Me quedé helado, pero ese era solo el comienzo de mis alucinaciones. Sí, exacto, eso tenía que ser, estaba alucinando.
Skar se desprendió de mi brazo por completo, ignorándome, y se deslizó con una rapidez asombrosa hacia la humana. Contuve el aliento esperando verla hecha pedazos, pero la bestia no la atacó. En lugar de eso, se enredó con delicadeza alrededor del cuello de la chica, adoptando una postura protectora, como un escudo de escamas negras y humo violeta. Y entonces, de la manera más insólita posible, Skar pasó su lengua bífida por la mejilla de la niña, limpiando el rastro de sus lágrimas con una familiaridad posesiva. Como si la reconociera.
Miré la escena sin poder procesarlo. Mi mascota, mi arma más letal, me había traicionado por una insignificante humana de ojos bonitos. Clavé mis iris en la chica, con el corazón latiéndome a mil por la sorpresa. Aquella no era una humana común. La profecía no mentía y la anciana tampoco.
Skar seguía enroscado en el cuello de la enana, protegiéndola de mí. De su dueño. La ira y la fascinación se mezclaban en mi pecho como un veneno dulce. Di un paso al frente, obligando a mi bestia a regresar a mi piel; Skar siseó, reacio, antes de fundirse de nuevo en mi brazo como un tatuaje de cristal n***o, dejando una última estela de humo lila en las mejillas de la chica.
La miré desde las alturas. Llevaba mi abrigo de piel oscura tallado con runas doradas que brillaban con el frío de la Antártida, pero mi porte imponente ya no la intimidaba (creo que nunca lo hizo). Sus ojos seguían inyectados en fuego.
—Te daré una oportunidad, pequeña ladrona —dije, y mi voz sonó como el crujir de un glaciar —. Te dolerá la vida. Sentirás un vacío que no podrás llenar, pero es el precio por llevar el Ragnarok en tu cuerpo. Esperaré. Dejaré que el poder que está dormido dentro de ti madure... y cuando lo haga, iré a reclamarte. O mejor aún, tu misma vendrás suplicando a buscarme como tu Rey.
Ella abrió la boca para insultarme de nuevo, pero no le di tiempo. Levanté dos dedos, cargados de una bruma tan oscura e intensa que hizo parecer que el mundo se desmoronaba.
—Duerme. —susurré y demandé a la vez.
Su mente se convirtió en cristal y la rompí. Fui selectivo, un Rey déspota en busca del placer a través de su miedo. Le dejé intacto el dolor, el llanto y la imagen sangrienta de cómo los asesinos mataron a su hermano; ese odio la mantendría viva, esa herida aguda la dejé tal como estaba, de hecho, la intensifiqué. Ella caminaría bajo la tenue luz de un teatro donde el titiritero se alimentaría de la muñeca, donde yo lamería cada una de sus lágrimas y mi saliva brotara con el olor de su sangre.
Puede que la profecía en verdad se cumpliera, pero esta vez, la pluma la manejaba yo, y en mis renglones ningún Rey dejaría su trono, pero el pequeño safiro... ese sí perdería su esplendor.
La vi desplomarse en la nieve, inconciente, hermosa y condenada.
Dieciséis años después; narrado por Zhepira:
Dieciséis años.. Dieciséis malditos años arrastrando el fantasma de mi hermano y una marca inexplicable detrás de mi oreja. Un patrón de líneas intrincadas, de un n***o y lila intensos que formaban las alas rotas de una mariposa. Me quemaba la piel cada vez que la frustración me consumía. Como cirujana —un logro que me tomó noches en vela y graduarme como una maldita prodigio de la medicina—, había examinado esa marca mil veces frente al espejo. No era un hematoma, no era una melanoma, no era nada que la ciencia pudiera explicar. Y me estaba volviendo loca.
Me miré al espejo antes de entrar a la cabaña de la anciana. Ya no era la niña indefensa que lloraba en la nieve. A mis veinticuatro años, me había convertido en una mujer peligrosa que sabía salvar vidas como también acabar con ellas en un instante sin remordimientos. Llevaba el cabello suelto, una cascada de chocolate oscuro que caía salvaje sobre mi espalda, ocultando y revelando la marca a mi antojo. Mis pestañas estaban cargadas de rímel n***o que afilaba mi mirada gatuna, y mis labios, pintados de un rojo hostil, estaban apretados. Vestía ropa de cuero ajustada, una chaqueta negra a juego, botas pesadas y una daga afilada en el muslo que no dejaba ver gracias al camuflajeado de las prendas.
La supuesta bruja, una anciana de ojos blanquecinos y manos esqueléticas, me recibió entre humo de azufre. Cuando aparté mi cabello y le mostré la marca detrás de mi oreja, la vieja se quedó paralizada, como si hubiese encontrado un tesoro perdido en el fondo del mar. Vi el brillo de la codicia y la malicia en sus ojos podridos, pero se guardó lo que sabía. Yo no creía en seres sobrenaturales, mucho menos en la magia, ni siquiera en dios. Pero haría cualquier cosa por vengar a mi hermano.
—La marca... —susurró la vieja fingiendo pena —. Los hombres que asesinaron a tu hermano probablemente ahora msimo no estén en este mundo, no en el nuestro. Ellos no pertenecen aquí, muchacha. Huyeron a su dimensión, las energías no mienten y tu marca está llena de ellas.
El odio me nubló el juicio, probablemente esta vieja solo era una simple estafadora. Pero mi sed de venganza estaba ciega y no le importaba caer en desgracia si a cambio podía acabar con la vida de esos hijos de puta.
—Mándame allá —exigí, golpeando la mesa —.No me importa lo que tengas que hacer. Sé como abrir un cuerpo humano en menos de dos segundos, no le tengo miedo a unos asesinos.
La bruja decrépita sonrió, mostrando sus dientes podridos. Comenzó a recitar un cántico en un idioma muerto que hizo que el suelo temblara. Un portal de sombras se abrió bajo mis pies y caí al vacío.
...
Cuando abrí los ojos, el dolor me recorrió todo el cuerpo, pero me puse de pie de inmediato. Mi instinto de supervivencia se activó. No estaba en un escondite de asesinos comunes. Estaba frente a un palacio colosal de obsidiana, oro, innumerables diamantes y un hielo n***o que desafiaba toda lógica arquitectónica.
A los lados, decenas de hombres gigantescos con armaduras oscuras y rostros aterradores me apuntaban con lanzas. Cada uno de ellos llevaba en el pecho un emblema diferente, pero en todos el mismo escudo relucía con una corona negra ensangrentada en el medio. Al fondo del salón, subiendo unas escaleras de cristal oscuro, se alzaba un trono. Y sentado en él, había un hombre.
O lo que sea que fuese eso.
Iba vestido con una túnica de seda negra de corte militar, abierta en el pecho, dejando ver una piel pálida y esculpida. Su cabello superaba en creces el color blanco de la antártida, flotaba como una corona de nieve alrededor de su cintura, y sus ojos eran de un violeta tan encendido que me quemaron al mirarme. Tenía una expresión de desprecio absoluto, de un déspota que se creía dueño del mundo. Pero al verme, un destello de sorpresa cruzó sus facciones, ocultándolo rápidamente seguido por el relamer de su lengua por sus labios. Joder... es el hombre más sexy que he visto en mi vida... bueno hombre hombre no sé.
Bajo la piel de su brazo, noté algo que hizo que mi cerebro de cirujana entrara en shock: una silueta oscura se movía activamente bajo su carne, agitándose con locura como si quisiera salir hacia mí.
Le sostuve la mirada, con la respiración agitada haciendo que mi pecho subiera y bajara, desafiándolo en su propio salón. El rímel n***o enmarcaba mis ojos llenos de furia, y mi cabello salvaje era alborotado por la fría ventisca. No tengo idea de qué clase de Rey del hielo mitológico sea este tipo, pero definitivamente mi vida dejó de ser un cuento de hadas hace mucho.
La tensión en la sala era tan áspera que casi podía ser cortada con un cuchillo, más específico aun. Con mi cuchillo. Una corriente eléctrica, una mezcla de odio puro por mi parte ante su postura de jerarca supremo, y una fijeza peligrosa por la suya, estalló en el aire.
—Vaya... —la voz de ese hombre de cabello blanco retumbó en las paredes, profunda, aterciopelada y extrañamente familiar, aunque estaba segura de no haberlo visto nunca —. La pequeña ladrona ha crecido. Y ha venido directo a postrarse ante su Rey. Dime zafiro, ¿Donde lucirían mejor tus ojos? ¿Decorando mi trono o llorando en mi cama?
El aire abandonó mis pulmones de golpe. Pero no fue por la obsenidad de sus palabras ni por el tono demandante que en otra casión me habría hecho poner de rodillas, un tono que parecía acariciar de forma invisible la piel de mi cuello. Fue por la palabra exacta que salió de sus labios perfectos y crueles.
Zafiro. El mundo se detuvo. Mi mente se quedó en blanco, se desconectó para dejar paso al dolor que llevaba años abrazándome, un dolor antiguo, lacerante y furioso. Ese era el apodo que mi hermano usaba conmigo en la intimidad de lo que un día creí mi hogar. Nadie más en este maldito universo lo sabía. Nadie excepto...
El rímel n***o que enmarcaba mis ojos pareció quemar ante las lágrimas de rabia que amenazaban con salir, pero me las tragué. El odio puro, espeso y concentrado, barrió cualquier ápice de miedo. Di un paso al frente, desafiando las lanzas de los guardias que se cerraron un poco más ante mi movimiento. La marca estilo tatuaje en mi cuello comenzó a cosquillear. Pero ahora mismo no me interesa nada más.
—Fuiste tú... —solté, con una voz tan cargada de veneno que ni siquiera yo la reconocí —.Eres el hijo de perra que asesinó a Garel.
Una expresión que no pude descifrar cruzó los ojos violetas del payaso que se creía Rey, seguida de inmediato por una chispa de fría diversión. Se reclinó en su asiento de obsidiana, apoyando la barbilla en su mano pálida, mientras la túnica de seda negra militar se abría un poco más, revelando la fijeza peligrosa de sus músculos. Bajo su piel, la serpiente oscura que hasta ahora no me había dado cuenta que poseía cuernos, comenzó a retorcerse con una violencia inusitada, como si celebrara mi deseo de ver morir al Rey.
—¿Asesino yo? —dijo, arrastrando las palabras con una arrogancia que me dió náuseas —Mejor dí, limpiador de excedentes. Muchos seres vivos simplemente dejan de necesitar su sangre, y yo soy un recolector muy eficiente, pero si lo que te preocupa en específico es saber si fui yo quien acaparó la inútil y para nada necesitada sangre de tu hermano humano, entonces no. Jamás me haría de algo tan poco valioso, soy muy selectivo preciosa.
—¡Mientes!—le grité, dando otro paso. Un guardia me puso el filo de su arma a milímetros de la garganta, pero ni siquiera parpadeé. Mantuve mis ojos fijos en el Rey —. Sabes como me llamaba él. ¡No te atrevas a negarlo, pedazo de basura!
—¿Mientes? —el semblante juguetón e irónico del Rey se esfumó en un parpadeo, borrando cualquier rastro de diversión de sus facciones. Sus ojos violetas se enfriaron tanto que parecieron dos témpanos de hielo fijos en mí, y su voz bajó a un susurro lúgubre que hizo vibrar el suelo de obsidiana resplandeciente —. Mide tus palabras, niña humana. No me rebajes a tu patético nivel. Jamás ensuciaría mis manos, ni desperdiciaría mi poder, en derramar la asquerosa y mundana sangre de un ser tan insignificante como tu hermano. Los de tu especie me dan asco; son una plaga de palabras vacías y traición que no merecen mi atención, mucho menos mi toque. Así que cuida esa lengua antes que decida arrancártela.
—Pues este ser insignificante no te tiene miedo, «Su Majestad» —escupí el título con todo el asco que fui capaz de reunir, sosteniéndole la mirada helada sin dar un solo paso atrás y el vilo de la lanza encajándose poco a poco en mi piel, cortándola brevemente —Podremos ser débiles y asquerosos para tí, pero fue la sangre de uno de esos humanos la que hará que se derrame la tuya si descubro que me estás mintiendo. Me das exactamente igual tú, tus aires de grandeza y tu maldito desprecio. Si no fuiste tú quien lo apuñaló, entonces yo averiguaré quien sí lo hizo, porque no me voy a ir de este basurero de hielo hasta tener la cabeza de verdadero asesino entre mis manos.
Antes de que él pudiera responder, las grandes puertas dobles de obsidiana y diamantes hermosos al fondo del salón se abrieron de par en par con un estruendo brutal que hizo eco en las bóvedas del palacio.
Los guardias se hicieron a un lado de inmediato, enderezando sus posturas con un respeto que rayaba el pánico.
—Vaya, vaya. ¿Interrumpo una escena de alcoba o es que mi querido hermano por fin ha decidido adoptar a una mascota humana? —una voz vibrante, profunda pero cargada de una ironía mordaz, rompió el silencio que se abría instalado hace tan solo unos pocos segundos.
Por el pasillo central avanzó un hombre que congeló todos mis sentidos. Era imponente, pero a la vez elegante, con una estructura colosal idéntica a la del Rey, pero donde el tirano era hielo y sombras, este hombre era fuego puro. Tenía el cabello rojo, cortado de forma militar y salvaje, y unos ojos del color de las brasas ardientes que parecían incendiar cada cosa que veían. Llevaba una armadura con el mismo emblema de los guardias, aunque un poco diferente y más grande, que no necesitaba tocar para saber que era pesada, de placas oscuras y bordes dorados, sin mangas, dejando al descubierto unos brazos masivos. Sus razgos faciales eran increíblemente similares a los del Rey a pesar del contraste de colores: la misma mandíbula esculpida, la misma nariz perfecta, la misma belleza irreal y demoníaca.
Rectifico: son los hombres más sexys que he visto en mi vida... o los demonios, lo que sean.
—Ramzet —pronunció el Rey, con la voz más afilada que una cuchilla —. Te sugerí que te quedaras en la frontera del norte. No recuerdo haberte llamado a mi corte.
Ramzet caminó con pasos felinos hasta quedar a solo unos metros de mí. Me miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo en mi cabello suelto, en la audacia de mi ropa de cuero ajustada y, finalmente, en mis iris azules que analizaban con detenimiento sus facciones. Una sonrisa de lado, canalla y peligrosamente atractiva, se dibujó en sus labios.
Los ojos se me agrandaron hasta el punto de querer salirse de las cuencas. Al girarse, a través del corte de su armadura, alcancé ver otro tatuaje viviente. No era una serpiente. Bajo su piel, la cabeza de un tigre enorme y rojizo se movía activamente, abriendo las fauces de humo anaranjado y rugiendo de forma silenciosa cada vez que el hombre daba un paso.
Empiezo a creer que esa bruja me drogó y ahora estoy alucinando.