Narrado por Zhepira:
—Por favor, hermano, ¿cómo podría siquiera considerar perderme esto? —Ramzet dejó escapar una risa aterciopelada, pero sus ojos de fuego conservaban ese brillo frío y calculador que lo hacía tan peligroso —. Se dirigió hacia mí, inclinándose ligeramente, rompiendo toda etiqueta con la gracia de un depredador —. Un gusto verte por aquí, preciosa. Te daré un consejo que pocos pueden permitirse: mi hermano tiene un humor insoportable al amanecer, y por la tarde... bueno, te aseguro que es peor. Si alguna vez necesitas un general que te proteja de su ira, mi agenda siempre estará abierta para ti. Quién sabe, hasta podría tomarme la encantadora molestia de abrirte otras cosas.
Siento mis mejillas calientes, a la vez que, milagrosamente, logro ignorarlo y apartar la vista de sus ojos que por algun motivo no muy sano, me hacen sentir nerviosa.
—Ramzet —advirtió el Rey, y esta vez el suelo de obsidiana vibró con una onda de poder que hizo que el tatuaje en la espalda de Ramzet rugiera —. Suficiente.
El mencionado levantó las manos en un falso gesto de derrota, riendo entre dientes.
—Está bien, está bien. Soy todo oídos, Su Majestad —dijo el general, dando un paso atrás pero guiñándome un ojo con complicidad.
El Rey volvió a clavar sus mirada en mí. Al pacerer la presencia de su hermano solo había avivado su impaciencia por querer mandarme con San Pedro. Se puso de pie, y su altura pareció llenar todo el maldito salón.
—Zafiro... o como te llamen en tu patético mundo —dijo el Rey, mirándome con un desprecio innato, pero que no podía ocultar la tensión que se sentía entre ambos —. No vas a morir hoy. No hasta que descubra como demonios terminaste aquí y qué pretendes hacer con lo que me pertenece. Pero no toleraré tus insultos, ni tu presencia en mi corte.
El Rey levantó una mano y miró a los guardias.
—Llévensela a las celdas de la torre obsidiana. Sin privilegios. Sin luz. Ramzet, asegúrate personalmente de que no use sus curiosas habilidades de "cirujana" para abrirle la garganta a ninguno de mis guardias antes de que yo baje a interrogarla. También quítale la basura de arma que trae camuflajeada en la ropa. No soporto que me subestimen.
—¿Cómo sabes...?
—De ti yo se muchas cosas niñas.
—No sabes mi nombre.
—Porque no me interesa. Ahora sí, lárgate.
Dos guardias gigantescos me tomaron de los brazos. Intenté zafarme, forcejeando con molestia, pero su fuerza era demasiado descomunal. Mientras me arrastraban hacia atrás, pasillo abajo, mantuve la mirada clavada en el Rey. El rímel n***o enmarcaba mis ojos en odio puro, y él no me quitó la vista de encima hasta que las pesadas puertas se cerraron, separándonos.
...
Los dos guardias me arrastraron de los brazos por pasillos interminables de roca y corrientes de aire helado. Mis botas pesadas chirriaban contra el suelo pulido, pero no les dí el gusto de escucharme suplicar.. Cuando las pesadas puertas de hierro de la torre de obsidiana se abrieron, me arrojaron al suelo de la celda sin el menor cuidado.
El golpe me sacó el aire, pero me puse de pie de inmediato, sacudiendo mi chaqueta de cuero y acomodando mi cabello en una trenza floja. El rímel en mis pestañas debía estar corrido por la furia ligada con el sudor de mi piel. Al mirar a mi alrededor, me quedé descolocada. Esperaba un calabozo inmundo, lleno de ratas y humedad, pero aquello... aquello era extrañamente lujoso. Los muros eran de un cristal oscuro impecable que reflejaba la luz de unas antorchas de fuego oscuro. Había una cama con sábanas de seda negra y acabados que gritaban riqueza. ¿Era una prisión aterradora? sí. ¿Se veía cara? también. Un encierro digno del retorcido ego de su Rey.
Caminé hacia los enormes barrotes de hierro fundido, empujándolos con todas mis fuerzas. Usé mi mente analítica para buscar una falla estructural, un punto débil en las bisagras, cualquier maldita solución para escapar de este basurero. Nada. Aquello estaba cellado con magia y fuerza bruta. Estaba completamente atrapada.
—Es inútil, damita hermosa. Esas rejas aguantan los golpes de un titán, no creo que tus preciosas y delicadas manos puedan hacerles cosquillas.
Me giré de golpe. Al otro lado de los barrotes, sentado en el suelo del pasillo con un rostro juguetón y la espalda apoyada en la pared, estaba el pelirrojo que me había mirado con diversión en la corte. A través de las aberturas de su armadura, alcancé a ver como la cabeza del tigre en su espalda se estiraba, perezosamente por su piel.
—¿Qué haces aquí? ¿Viniste a burlarte de la prisionera? o... ¿De la mascota humana? —siseé, cruzándome de brazos y clavando mis ojos en él con desconfianza, repitiendo las mismas palabras que habían salido de su boca minutos atrás.
—Vine a asegurarme de que no te aburras —respondió Ramzet con una sonrisa canalla, pasándose con una mano por su cabello rojo corto —. Y a darte un poco de ánimo. Sobreviviste a la presencia de Alistair sin que intentara despedazarte, eso ya es un maldito récord mundial. La mayoría de los humanos se habrían orinado en los pantalones, o hubiesen sido devorados instantáneamente por Skar.
—¿Alistair? ¿Ese es el nombre del intolerable y egocéntico Rey?
—En realidad es el segundo. Su nombre completo es Zaris Alistair Di Raizer.
Caminé lentamente hacia la reja y me senté en el suelo, imitándolo, quedando cara a cara con él, separados únicamente por los fríos barrotes de hierro y hielo. Había algo en su energía que me hacía estar alerta pero no me desagradaba del todo, muy a mi pesar, hacía que no me cayera del todo mal.
—Tu hermano es un déspota insoportable —murmuré, apretando los dientes al recordar sus palabras llenas de veneno —. Dice que no mató a mi hermano, pero sabe como me llamaba él. Y pensar que ahora tengo que estar encerrada en la torre del palacio del hijo de puta Rey Zaris —pronuncié las últimas dos palabras con la misma burla de un payaso en un circo.
—No estás entendiendo, damita hermosa. No estás encerrada bajo el mandato de un Rey Demonio cualquiera... estás en los dominios del Rey Skarnog, el primer y único descenciente de la raíz de la bestia viva; el único que puede manejar los objetos malditos, quién vive y quién muere.
Me quedo en shok por un momento, procesando toda la información. Si en verdad eso existe y no son alusinacioes mías, entonces estoy jodida... ¡¿Cómo cojones se supone que pueda escapar de eso?! No Zhepira, cálmate. Nada de esto es real. No puede serlo.
El pelirrojo vuelve a interrumpir mi debate mental.
—Zaris es muchas cosas: un tirano, un soberbio, un dolor en el culo... pero no miente —dijo Ramzet, y por un segundo su tono bromista se volvió serio —. Si él dice que no lo hizo, es porque no lo hizo. Por ahora, no puedo ayudarte a salir de aquí; tengo que esperar a que baje a interrogarte oficialmente. Pero... —Ramzet se inclinó un poco hacia delante, y sus ojos de fuego brillaron con con complicidad, acelerándome el pulso —, una dama tan fiera e interesante como tú no merece quedarse encerrada en este agujero por mucho tiempo. Así que, preciosa, pronto vlolveré por ti.
—¿No se supone que debes ser mi verdugo señor general?
—Debería ser muchas otras cosas, pero, y para la desgracia de todos... simplemente soy lo que me da la gana ser.
Le sostuve la mirada, sintiendo una extraña y diminuta chispa de confianza nacer en mi pecho, aunque sé mejor que cualquiera que en este mundo no se debe confiar en nadie si quieres salir ileso de él. Iba a responderle, iba a exigirle que me contara más sobre este maldito lugar, cuando el aire de la torre se congeló por completo.
El tigre en la espalda de Ramzet se tensó, borrando su silueta de humo en un parpadeo. El general se puso en pie de un salto, perdiendo toda la postura relajada.
Una silueta alta, imponente y envuelta en seda negra apareció al inicio del pasillo. Los ojos violetas de Zaris brillaron en la penumbra de la torre, fijos directamente en mí. El Rey déspota y despreciable ha llegado.
La temperatura en la celda bajó tanto que mi aliento comenzó a transformarse en vapor espeso. Las antorchas chisporrotearon, encogiéndose como si le temieran a la silueta que avanzaba por el pasillo de la torre.
Sus iris, aún posados en mí, me barrieron con un desprecio tan gélido que sentí un escalofrío biológico recorrerme la espina dorsal. A su lado, la serpiente de cristal oscuro se agitaba con violencia, como si reconociera mi presencia y quisiera saltar las rejas.
Ramzet estaba rígido, podría jurar que hasta pálido. Su carácter ahora no tenía absolutamente nada que ver con respecto al de hace media hora en la corte del palacio.
—Te dí una orden clara, General —la voz de Zaris retumbó en las paredes de obsidiana, suave, arrastrada, pero demandante —. te ordené que vigilaras a la prisionera, no que te sentaras a ras del suelo a intimar con la basura humana. ¿Tengo que demostrarte como llevar a cabo tu cargo?
Ramzet dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre el Rey y mis barrotes. Su mandíbula se tensó tanto que un músculol de su rostro vibró. Hubo un segundo, un parpadeo casi imperceptile, donde los ojos de fuego del general se encendieron con un destello de rivalidad. A lo largo de mi carrera he conocido innumerables profesionales de la psicología al igual que muchísimos pacientes. Sé a la perfección como detectar emociones por lo que puedo asegurar que la expresión en el rostro de Ramzet es de puro resentimiento.
Sin embargo, Ramzet forzó una sonrisa ladeada, recuperando su máscara canalla.
—Solo le estaba dando la bienvenida a la invitada, Su Majestad. Hay que mantener los buenos modales en el palacio.
—No es una invitada, es una herramienta para mi uso personal que no tiene voz ni voto. Fuera de mi vista —sentenció el muy hijo de perra, sin siquiera mirarlo. Sus ojos violetas seguían clavados en mí —. Ahora.
El pelirrojo apretó los puños a los costados, conteniendo una molestia bastante obvia pero callada que hizo vibrar el aire. Me dio una última mirada antes de girarse y caminar pasillo abajo. Sus botas resonaron con fuerza, dejando un silencio sepulcral tras de sí.
El Rey Skarnog o como sea que lo llamen, dio un paso hacia la reja. No usó llaves, ni siquiera fuerza. Conun simple movimiento de sus dedos pálidos, los gruesos barrotes que me mantienen cautiva se deslizan hacia los lados sin hacer ruido, abriendo mi celda. Entró con una elegancia depredadora.
—¿No vas a suplicar pequeña ladrona? ¿O debería llamarte Zafiro como tanto te gusta? —preguntó, usando ese maldito apodo con ironía —. Pensé que las perras de tu especie lloraban cuando las metían en una jaula.
—Tendrías que arrancarme la lengua para escucharme suplicarte algo y ni aun así lo haría, pedazo de monstruo —escupí, dando un paso al frente, desafiándolo con la mirada.
Zaris se movió con velocidad, su mano grande y fría como el mármol se cerró alrededor de mi cuello. No llegó a asfixiarme, pero el agarre fue firme, depravado y brutal, empujándome hacia atrás hasta que mi espalda quedó arrinconada contra el helado muro de obsidiana de la celda.
Ahogué un gemido. Mi pecho, atrapado bajo su imponente figura, subía y bajaba con violencia, chocando directamente contra el corte de su túnica de seda. La proximidad era abrumadora; podía oler el aroma a ozono, tormenta y ceniza que desprendía de su piel y sentir su respiración calmada en mi cabello. Sus ojos violetas brillaban a milímetros de los míos, fijos, desprovistos de cualquier rastro de humanidad.
—Cuidado con lo que deseas pequeña ladrona —susurró, inclinando la cabeza. Sus labios casi rozaron el lóbulo de mi oreja izquierda, justo donde se escondían las extrañas alas rotas. Su aliento me erizó la piel, acelerando mi pulso a un ritmo frenético que odié con toda mi alma—. Podría arrancarte la lengua y coleccionarla con el resto de mis trofeos. Dime la verdad, humana. ¿Quién te envió? ¿Cómo cruzaste el umbral hacia Alsteria? Nadie pasa a mis dominios a penos que yo lo decida. Nadie. Ni siquiera tú, aun no cumpliste las condiciones para hacerlo.
—En primer lugar no tengo idea de qué condiciones hablas y en segundo; no vine a tu ostentoso reino a ver tu patética cara de tirano. Estoy aquí con el único motivo de hacer pagar a quienes le arrebataron la vida a mi hermano. No tengo ni idea de qué lugar es este, lo único que te diré es que me envió una vieja bruja. ¿Ahora sí me vas a dejar en paz o vas a seguir usándome para saciar tu complejo de superioridad?
Zaris soltó una risa baja, un ronroneo lúgubre y vibrante. Su agarre en mi garganta se volvió un poco más firme, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi piel acalorada aún con el bajo clima frente a él. Sus iris se oscurecieron con un brillo enigmático, una fijeza peligrosa que ocultaba un secreto que yo no alcanzaba a comprender. Pero su rostro permaneció impasible.
—Eres una escoria insignificante, una maldita plaga —murmuró, y sus dedos acariciaron con una lentitud tortuosa la piel detrás de mi oreja, haciéndome temblar de rabia y extrañeza—. Pero tienes agallas. Me pregunto cuando tardaré en romperte antes de que despiertes.
Me soltó de golpe, como si su tacto sobe mi piel le causara alergia, dejándome libre contra la pared. Di un paso torpe al frente de inmediato, con los labios rojos apretados en una línea de furia y las manos temblando por el deseo salvaje de clavarle un bisturí en el corazón; si es que tiene uno.
Zaris caminó hacia la salida que él mismo le había hecho a la celda, dándome la espalda con una arrogancia exasperante. Los barrotes volvieron a cerrarse a su paso con un chasquido mágico.
—Disfruta de la estancia, Zafiro —dijo sin volverse—. El interrogatorio aun no comienza y lo mismo puedo decir de tu quiebre.