Narrado por Zaris Alistair Di Raizer:
Empujo con fuerza los portones dobles de mi habitación, sintiendo la bilis en lo más alto de mi garganta. Mis manos se mueven con un impulso frenético a la hora de arrancarme las prendas de seda oscura, dejando mi cuerpo desnudo al descubierto.
Entro en la gran tina ubicada lujuriosamente en el balcón, con Skar dormido alrededor de mi brazo. Últimamente se aburre mucho. Es una de las razones por las cuales merece ser espectador de este teatro elaborado principalmente por mí, donde la humana de ojos adictivos protagonizará cada una de las tragedias. Es un milagro que no fuera devorada aún con Skar a milímetros de su cuerpo. Han pasado años y todavía me sorprendo al recordar la repentina devoción de mi bestia.
Ciero los ojos, tratando de calmar el fuego en mi interior, pero me es imposible si lo primero que manifiesta mi mente son los pedazos de zafiros azules que me miraban con resentimiento hace unos minutos; esa piel húmeda y brillosa que aclamaba mis colmillos como un recién nacido a un biberón.
La odio. Quiero hacerla gritar mi nombre mientras mis manos recorren su cuerpo ensangrentado. Es una rata, una sucia basura que se adueñó de lo que no le pertenece y que por decreto es mío.
El enojo y el placer que me recorren el cuerpo al tan solo imaginarme la escena son tantos que tengo que contenerme para no ir y descuartizarla ahora mismo.
Salgo de la tina con el cabello empapado y el cuerpo cubierto brevemente por un fino camisón de seda esmeralda oscura. Vuelvo a tirar de las puertas de la habitación, esta vez con desespero. Me salto las amplias escaleras del pasillo principal, dirigiéndome al único lugar que me da un poco de satisfacción en este Reino. Empujo con fuerza las destartaladas puertas de vidrio en la penumbra del túnel subterráneo que se encuentra debajo del reluciente piso de la corte. Lo que me recibe es el infierno mismo, ese que tanto amo ver arder.
Aún iluminada apenas por un par de antorchas titilantes, la sala de juegos me seguía causando la misma sensación excitante. En el centro, encadenado al suelo y cubierto de su propia mugre y miseria, se encontraba mi nuevo juguete. Una adquisición viviente que había reclamado como mía desde el primer momento en que sus asquerosos e insignificantes ojos se atreveron a mirarme. Un licántropo medio enriquecido que pensó que el oro podía hacerme ignorar su desfachatez. Por supuesto, no me quejo. Me encanta hacer crujir los huesos de cada sanguijuela que cree que por compartir mi oxígeno estamos en niveles iguales.
A su alrededor, los restos inertes de sus compañeros yacían esparcidos como despojos de carnicería; me había encargado de ellos antes de que este infeliz despertara. Desafortunadamente para él, no disfrutará su final tanto como yo.
Mi boca permanece en silencio, sin pronunciar palabra alguna. La habitación está inundada únicamente por su llanto desgarrador y su respiración entrecortada, ya que a todos los demás los despojé del privilegio de respirar.
Malagradecidos, deberían sentirse honrados al haber muerto en las manos de este maravilloso Rey.
Me remango lentamente las mangas del camisón, mis ojos chispeando con malicia mientras me dirijo hacia el afortunado de hoy. El primer golpe que le propino no es con un arma; es un puñetazo limpio, cargado de un odio puro y de unas ganas voraces por verlo morir, fracturando instantáneamente su mandíbula con un crujido seco. Bajo los párpados por un segundo, saboreando el impacto, deleitándome con el sabor metálico que salpica el aire. Qué delicia.
El estúpido muñeco intenta balbucear una súplica de piedad a través de la boca destrozada, pero solo sonrío. Es una sonrisa genuina, la primera en todo el día. El sadismo se apodera de mí, haciéndome clavarle las uñas en el cráneo hasta desgarrárselo, desprendiendo la carne junto con cada parte de su sucia piel. Me harté de juegos previos. Quiero muerte, quiero miedo, quiero el arrepentimiento eterno de todo aquel que no supo ocupar como debía su lugar de trofeo.
Pero, sobre todo, la quiero a ella... Quiero romperla, quiero matarla físicamente mientras mantengo viva su agonía. Quiero que sus hermosos ojos me miren a mí cada segundo de su existencia, incluso a la hora de arrancárselos con mis propias manos.
La profecía no se cumplirá, Zafiro. Pero mis ganas por hacerte sangrar, sí.
—Al parecer los humanos no son tan insignificantes como decías, hermanito.
Respiro profundo, sin perder el tiempo en voltearme a recibir indeseadas visitas.
—Alguien como tú no debería estar aquí, Valthor —el nombre suena agrio al salir de mis labios—. Por muy príncipe que seas, debes obedecer a tu Rey, no perseguirlo como una garrapata.
—Ajá, hermano, como digas. Aunque creo que deberías preocuparte más por la profecía. De lo contrario, yo podría ser... el próximo Rey.
La carcajada sin humor que hace vibrar mi garganta es una muestra obvia del peligro que le espera al tentar territorio enemigo. Valthor nunca ha sabido cuándo parar de provocarme, y yo jamás me he controlado a la hora de responder.
—Acabo de masacrar a toda una manada de licántropos, tengo las manos ensangrentadas y la encía sedienta de más —respondo, señalando con la barbilla el cadáver destrozado a mis pies—. Entonces... ¿qué te hace pensar que tú no podrías ser el siguiente en la lista?
—Querido hermano, esa docena de licántropos apenas cuenta como calentamiento —replica él, arrastrando las palabras con fastidio—. Y en cuanto a tus manos ensangrentadas, debo decirte que el rojo combina fatal con tu atuendo. ¿Pensar que yo seré el próximo? Por favor, tendrías que esforzarte más para lograrlo.
Reí con frialdad, acercándome sin prisa alguna, dejando que las gotas de sangre ajena goteen desde mis dedos hacia el suelo.
—¿El rojo combina mal? ¡Qué delicadeza, Valthor! Pero pronto aprenderás que, en mis dominios, las opiniones de los príncipes mimados no tienen peso. Disfruta tus últimos momentos de insolencia; a este paso, tu turno en el matadero no tardará en llegar.
—Seguro... Aunque debe ser frustrante ver a tu presa a tan pocos metros de ti y, aun así, no poder desgarrarla. Imagino que esa cercanía es un tormento para un Rey que está acostumbrado a devorar lo que quiere al instante. Pero no siempre se puede tener lo que se quiere, ¿no es así, hermanito?
Reí con amargura para mis adentros mientras la sangre me hervía ante su desfachatez. Sus palabras no eran más que un murmullo insignificante, un eco molesto escondido detrás de los iris fucsia que contrastaban con la visión que habitaba en mi mente: los ojos azules de ella como trofeos que pronto adornarían mi trono, tal y como tanto he anhelado desde el maldito día en que los conocí.
Narrado por Zhepira:
La madrugada tiene una forma muy particular de desnudarte el alma. Dicen que es la hora del diablo, pero para mí, siempre fue la hora en que los hospitales se quedaban en un silencio sepulcral, el momento exacto en el que el cuerpo humano decide si aferrarse a la vida o se rinde al frío de la muerte.
Ahora el frío me rodeaba a mí.
Había perdido la cuenta de las horas que llevaba contemplando el techo de mi confinamiento. La frustración y la impotencia envolvían mi mente. Estaba bajo el mandato de un Rey Demonio al que le asqueaba la r**a humana y que podía hacerme desaparecer sin la necesidad de mover un dedo.
Mis ojos se negaban a cerrarse; el sueño era un lujo que en este momento no me podía permitir. Bajar la guardia equivalía a morir, y yo tengo una misión que cumplir, un objetivo por el cual luchar. Además, mi cerebro, entrenado en la lógica más estricta de la anatomía y la ciencia, simplemente no se podía permitir un desliz ahora. ¿Cómo se supone que una cirujana procese esto? He sostenido corazones latiendo entre mis manos, he cosido arterias milimétricas con la precisión de un relojero y he comprendido la vida a través de la física, la biología y la química, pero la magia... los demonios... un monarca de ojos lila implacables que parecen gobernar el destino con un solo parpadeo. Nada de esto tiene sentido para mí.
Y todo por él. Por buscar al culpable de la muerte de Garel. Jamás, ni en mis peores delirios febriles, imaginé que seguir el rastro de su sangre y mi sed de venganza me arrojaría a los pies de una bruja y, posteriormente, a este mundo desconocido.
Me incorporé lentamente, arrastrando los pies por el suelo y abrazándome las rodillas en un vago intento por escapar del frío glacial de esta cárcel. La celda era lujosa, sí, pero no dejaba de ser una prisión de hielo y obsidiana. Las paredes estaban pulidas con un esmero tan enfermizo que parecían espejos oscuros que devolvían el reflejo distorcionado de mi propia frustración bajo la tenue e intermitente luz de las antorchas. Era un espacio deprimente, una jaula de oro diseñada minuciosamente para recordarme mi inutilidad. Aunque, para ser honesta, la soledad no era un territorio nuevo para mí. Llevaba años habitándola.
Desde que tengo memoria, la desconexión con el resto del mundo ha sido mi única constante. No era diferente ahora; la única variante era el paisaje de pesadilla que me rodeaba.
Un sutil e imperceptible crujido rompió la monotonía del silencio: el eco sordo de unas botas pesadas contra la piedra.
Me tensé de inmediato. Me puse en pie de un salto, pegando la espalda a la fría pared del fondo y manteniendo la guardia en alto. De entre las sombras del pasillo, una silueta imponente y colosal se materializó frente a los pesados barrotes de obsidiana.
No era el Rey. Era Ramzet, quien me miraba con coquetería sin disimulo alguno.
—No duermes, damita hermosa —comentó. Su voz era un barítono bajo, desprovisto de la crueldad gélida de su hermano, pero cargado de una autoridad natural que no le había notado hasta ahora.
—Es difícil pegar un ojo cuando estás encerrada en la torre de un demonio —respondí, retrocediendo un paso.
Ramzet esbozó una sonrisa de lado, una mueca casi humana que contrastaba con la rigidez de este lugar. Con un movimiento fluido de su mano, el mecanismo de la cerradura cedió sin hacer ruido. La puerta se abrió.
—Acompáñame —dijo simplemente.
—¿A dónde? Estoy bajo llave por orden de tu Rey. Si doy un paso fuera, supongo que su majestad me cortará la cabeza.
—Zaris está ocupado con sus propios demonios a estas horas. Además, no pienso tenerte cautiva como lo hace él. A veces, para sobrevivir a este palacio, se necesita respirar aire limpio. Ven, damita hermosa.
La desconfianza me gritaba que me quedara dentro de los límites de mi jaula, pero el instinto de libertad fue más fuerte.
Caminé hacia él. Antes de que pudiera asimilarlo, Ramzet extendió una mano y me tomó del brazo. Una oleada de calor nos envolvió, una ráfaga de viento y sombra que me revolvió el estómago.
Cerré los ojos, sintiendo la velocidad del movimiento, y cuando los volví a abrir, el frío de la celda había desaparecido.
El aire de la noche me golpeó la cara, y el pechó se me llenó de un oxígeno que sabía a libertad. Pero lo que realmente me robó el aliento fue la vista. Frente a mí se extendía un maravilloso reino bajo el manto estrellado de la madrugada. Era una estampa sobrecogedora, hermosa y aterradora a la vez. Las luces de la ciudad brillaban como diamantes caídos en la tierra, intercalados con ríos de una energía luminiscente que corría por los canales del reino. Criaturas aladas cruzaban el cielo nocturno en la distancia y las torres del palacio se alzaban como agujas de cristal hacia el infinito. Era un mundo rebosante, lleno de una magia monumental.
Brutalmente hermoso.
—Increíble, ¿verdad? —murmuró el general, colocándose a mi lado mientras se sentaba en el tejado, mirando al horizonte con una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Es demasiado para procesar —admití con la voz rota, abrazándome a mí misma para protegerme de la brisa alpina que mecía mi cabello—. Mi mente intenta buscarle una explicación coherente... algo. Pero esto supera cualquier lógica. La madrugada es una hora extraña, ¿sabes? En los hospitales aprendes que es una hora que te vuelve vulnerable. Te ablanda las defensas. Te hace revelar cosas que normalmente enterrarías bajo tres metros de tierra por puro orgullo.
Ramzet asintió lentamente, sus ojos fijos en el fluir de las luces. La atmósfera de la noche, el aislamiento de las alturas y la inmensidad del reino propiciaban una intimidad inesperada; un espacio fuera del tiempo donde los títulos, las prisiones y las venganzas no existían.
—Somos tres hermanos —soltó de repente, rompiendo el silencio con una confesión que no me esperaba—. Valthor, Zaris y yo. Pero la sangre y los derechos no fluyen igual para todos. Valthor y yo... somos hijos ilegítimos. Nacimos de las concubinas del anterior Rey, mujeres que solo sirvieron para dar placer y engendrar errores. No tenemos derecho a heredar ni ocupar el trono. Somos peones.
Me giré a mirarlo, sorprendida por la amargura controlada en su voz.
—¿Y Zaris? —pregunté.
—Zaris es el único hijo legítimo. El heredero de la antigua Reina —la voz de Ramzet bajó un tono—. Ella era una demonio de estirpe pura, hermosa de una forma divina pero aterradora. Su magia mental era tan absoluta que se le conoce como La Raíz de la Bestia Viva; podía controlar con un solo pensamiento quién vivía y quién moría. Podía hacer que tu corazón se detuviera o que tus propios dedos te degollaran con solo mirarte. Zaris heredó esa característica implacable. Es un rey déspota, no lo voy a negar. Es tiránico, frío y despiadado hasta la médula. Pero... también es la única razón por la que Alstair sigue en pie. Su crueldad ha sido el escudo y la espada que levantó a este reino de las cenizas cuando las guerras con otros reinos casi nos borran del mapa; por eso el pueblo lo ama. Su tiranía mantiene el orden.
Analicé cada palabra del general detenidamente. Hablaba de su hermano con una sumisión que me resultó repugnante.
—¿Y tú estás de acuerdo con eso? —inquirí, dando un paso hacia él—. ¿Con vivir a su sombra?
—Soy su general, damita. Mi deber es proteger a Alstair y luchar por él, no cuestionar la corona —me miró de frente, sus ojos clavándose en los míos—. ¿Y tú, humana? ¿Qué te mueve a ti para haber desafiado las leyes de las dimensiones? ¿Es solo por tu hermano? O... ¿tiene que ver con el collar?
Un nudo doloroso y pesado se formó en mi garganta. El aire de las alturas y la inmensidad del paisaje me terminaron de arrancar la coraza. Ignorando sus últimas palabras, me sinceré.
—Venganza —confesé, y la palabra resonó en la noche como el eco de un disparo—. Siempre he estado sola. El único recuerdo cálido que tengo de mi infancia, la única persona que realmente me importó y me protegió en mi mundo, fue mi hermano y... un maldito culto lo asesinó ante mis ojos. Desde ese día mi vida se detuvo. Solo he existido para estudiar, tener éxito por mí misma y hacerme fuerte para encontrar a los responsables de su desgracia. Esa búsqueda es lo que me trajo hasta aquí. No tengo nada más que esa meta.
Ramzet me observó en silencio durante un largo y denso momento. Había algo en su mirada encendida, algo que no pude descifrar del todo.
—Es hora de volver, damita —dijo finalmente, rompiendo la atmósfera hechizante de la azotea con un deje de pesadumbre en la voz—. Si la luz del sol nos alcanza aquí arriba, las consecuencias serán difíciles de evadir para ambos.
Asentí en silencio, asimilando con desgana el regreso a mi realidad de prisionera. Ramzet volvió a dar un paso hacia mí, me tomó firmemente del brazo y, en un parpadeo violento, el majestuoso paisaje de Alstair desapareció de mis ojos. El suelo frío y liso de la celda de obsidiana se materializó abruptamente bajo mis pies. Ramzet me soltó, dedicándome una última mirada de advertencia y complicidad antes de dar un paso atrás y desvanecerse en la oscuridad del pasillo, dejándome sola una vez más.
O eso era lo que mi ingenuidad me hacía creer.
Me giré dispuesta a caminar hacia la litera, pero el aire se me congeló en los pulmones.
No estaba sola.
Sentado en el borde de mi cama, esperándome inmóvil, estaba Zaris.
Desvestido de la cintura para arriba, vistiendo únicamente unos pantalones de seda negra. Su torso perfecto estaba marcado por cicatrices pálidas, cortes limpios que hablaban de una vida rodeada de masacres. Su piel irradiaba un frío que contrastaba con el calor que Ramzet había dejado, y su postura era la de un juez que ya había dictado su sentencia.
Lo peor fueron sus ojos. Esos ojos aterradoramente hermosos y enfermizos que me hacían querer arrodillarme frente a él; ahora no parpadeaban, brillaban en la penumbra con una fijeza letal, vacíos de cualquier rastro de empatía.
—¿Disfrutaste el paseo, Zhepira? —mi nombre bajo sus labios me hizo estremecer; fue un murmullo sibilante, carente de emoción.
El Rey Demonio se puso de pie. No hizo movimientos bruscos. Se elevó con una lentitud tortuosa, calculada para que yo asimilara cada centímetro de su imponente estatura. Caminó hacia mí y cada uno de sus pasos resonó como una campana fúnebre. Se detuvo a escasos centímetros de mi rostro, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
No me dejó hablar. Zaris simplemente clavó sus iris en los míos y, en ese milisegundo, mi realidad se rompió. No fue un dolor físico, fue una visión violenta que me hizo temblar. De golpe, la celda desapareció. Ya no estaba en la oscuridad, ahora me encontraba atrapada dentro de mi propia cabeza.
En la visión, lo que supongo que era el patio de armas del palacio estaba teñido de un rojo espeso. Ramzet estaba de rodillas, encadenado al suelo. Y frente a él estaba Zaris, envuelto en un manto oscuro monstruoso mientras la serpiente de su brazo se relamía los colmillos. Zaris hundía sus manos desnudas en la espalda del general, desgarrando la carne, los músculos y la piel tatuada de su propio hermano una y otra vez. Los gritos agónicos de Ramzet, el sonido húmedo de sus tejidos rompiéndose y el crujir de sus huesos al ser partidos eran música divina para los oídos del Rey. La sangre salpicaba las piedras del patio, caliente y real. Pero lo más perturbador de la carnicería no era la masacre que conllevaba. Era que, mientras Zaris destrozaba a su hermano con indiferencia, me miraba fijamente a mí; sus manos bañadas en sangre sostenían jirones de carne, y me las extendía implacable, obligándome a ver el resultado de mi desobediencia.
El shock fue tan real que mi cuerpo comenzó a hiperventilar, mis latidos se dispararon a niveles peligrosos y las lágrimas del puro terror me nublaron la vista.
De golpe, la visión se cortó. Regresé a la realidad de la celda de un golpe seco, jadeando, con las piernas temblando tanto que tuve que apoyarme con fuerza contra la pared para no desplomarme. El sudor frío me perbaba la frente. El horror de lo que acababa de presenciar en mi mente me dejó completamente muda, destruida.
Zaris no se había movido un centímetro. Seguía ahí, impecable, mirándome desde su altura. No mostró satisfacción, ni rabia, ni alteración. Para él, derribar mi cordura había sido tan fácil como respirar.
Se dio la vuelta con indiferencia, dándome la espalda mientras caminaba con paso firme hacia la salida. La puerta de obsidiana se deslizó abriéndose a su paso. Justo antes de cruzar el umbral, se detuvo un segundo. No me miró. Su voz volvió a resonar en el silencio de la celda, fría, seca, desprovista de cualquier adorno dramático.
—Espero que no se repita.
La pesada puerta de hielo y obsidiana se cerró de golpe con un estruendo metálico que resonó en todo el subsuelo, dejándome sumida en la oscuridad total.
Me deslicé por la pared hasta el suelo, abrazándome las rodillas, llorando de terror y rabia en silencio.
Pero yo era un zafiro, y cuando este se quiebra, sus fragmentos cortan con más letalidad.