POV JOHANH
Salí del restaurante hecho una furia, sintiendo que el calor de la noche apenas lograba contener la quemazón de mi maldito coraje. Olivia podía estar buena, podía tener una boca hecha para hacer pecados y unas piernas largas que daban ganas de perderse entre ellas, pero seguía siendo una niña mimada que no tenía ni puta idea de lo que era partirse el lomo.
¿Denigrante? Había dicho esa palabra como si le hubiera escupido a un plato de mierda. Como si limpiar, pelar papas o trapear el puto suelo fuera algo que estuviera por debajo de su dignidad. Como si la gente que hacía que ese restaurante funcionara cada jodido día fuera menos que ella. Me hervía la sangre solo de recordarlo.
La cocina es un templo. Un puto templo. Y ella acababa de mearse en su altar.
Encendí un cigarro antes de subirme a la moto, necesitaba calmarme, pero en lugar de eso, los recuerdos me inundaron. Dieciséis años, una botella en la mano, el mundo dándome vueltas porque el alcohol era lo único que me hacía sentir que tenía algo de control. Creí que podía salirme con la mía, que podía ser un cabrón sin consecuencias. Pero mi viejo, con toda su mierda de frialdad y distancia, me dio la lección que me tuvo que dar. Me puso a trabajar en las cocinas. Y no en un restaurante bonito. En la parte de atrás, donde la grasa te entra en los pulmones y el agua helada te corta los dedos. Donde te gritan, te apuran y nadie se detiene a preguntarte si te sientes bien. Ahí entendí lo que era la verdadera humildad. Que nadie está por encima del trabajo honesto. Y ahora, ver a Olivia con esa actitud de princesa caprichosa me daba ganas de arrancarle la lengua y hacerla tragarse sus palabras.
Pisé el acelerador y dejé que la moto rugiera por las calles hasta llegar a casa. Apenas cerré la puerta, el sonido de risas infantiles me hizo aterrizar. Solté el aire despacio. Una cosa era venir como un cabrón con el mundo, otra era descargar mi mierda con Niklas.
Cuando entré a su habitación, ahí estaba mi enano, sentado en su cama con los juguetes regados por todas partes. Sonreí sin poder evitarlo.
—¡Papá!— gritó al verme, con esa voz medio dormida, medio emocionada que me derretía por dentro.
—¿Tú no deberías estar dormido, mocoso?— le dije, alzándolo y haciéndolo girar en el aire.
Rió, ese sonido de niño que me limpiaba la cabeza mejor que cualquier cigarro o trago. Jugamos un rato, dejé que me golpeara con sus manitas y le hice cosquillas hasta que se quedó sin aire de tanto reír. Luego lo acosté y saqué un libro para leerle.
—Uno de superhéroes, papá.
—Por supuesto, pequeño monstruo.
Le leí hasta que sus ojitos pesaban y la respiración se le hizo lenta y pausada. Lo miré un rato. Su pijama ya le quedaba corta. Mañana tenía que comprarle una nueva.
Cuando salí del cuarto, bajé a la cocina y me encontré con Mónica, sentada en la barra con una copa de vino. Me miró con esa sonrisa de zorro que ponía cuando sabía que traía algo atorado en la garganta.
—¿Y ahora quién te pisó los huevos?
Bufé, sacando una cerveza sin alcohol del refrigerador. Me dejé caer en una silla y me pasé una mano por el cabello.
—La puta princesa de Matt.
Mónica alzó una ceja, interesada.
—¿Olivia? ¿Qué hizo?
—Nada que no haga cualquier mocosa de papi que nunca ha trabajado un puto día en su vida.
Le conté todo. Cómo la hice pasar por cada maldito trabajo de la cocina, cómo la vi sudar, sufrir y callar cada insulto y humillación que le solté. Cómo esperé que explotara y al final lo hizo, pero no como esperaba. Que en vez de mandar todo a la mierda y largarse, decidió despreciar el trabajo de los que sostienen el puto restaurante.
Mónica me miraba con esa cara de “te lo dije, cabrón”.
—La gente privilegiada es así, Johanh. Algunos sufren y otros no. Así funciona el mundo.
—Me encantaría metérselo en la cabeza a golpes.
Ella rió y tomó un sorbo de su copa.
—Ay, mi pobre cabrón enojado. ¡Sufres tanto! Mira que hacer enojar a una niña de papi y luego quejarte porque no entiende tu filosofía de la vida...
Rodé los ojos, dándole un trago largo a la cerveza.
—Te odio.
—No, me amas. Y me debes doble sueldo por ser tu maldita terapeuta.
Sonreí de lado.
—Sabes que si te pago más, vas a tener que chuparme algo más que la sangre, ¿no?
Soltó una carcajada y me aventó una servilleta.
—No tienes el aguante, cabrón. Además, tu mente ya está muy ocupada pensando en la princesa.
Fruncí el ceño y negué.
—Ni de broma. Me calienta, pero también me caga. No se puede follar a alguien a quien quieres partirle la madre cada cinco minutos.
—Oh, claro que se puede. De hecho, es cuando mejor se folla.
Reí entre dientes, pero negué con la cabeza. Olivia era un puto peligro, pero no porque me interesara en serio. No. Simplemente era un problema andante. Y el único que iba a terminar jodido si se metía ahí, era yo.
Terminé mi cerveza y me puse de pie.
—Voy a dormir. Mañana tengo que seguir haciéndole la vida imposible.
Mónica sonrió con diversión.
—No te vayas a enamorar, cabrón.
—Ni en un millón de años, Mony.
Pero incluso cuando me metí a la cama y cerré los ojos, el puto rostro de Olivia se metió en mis pensamientos. Y eso me encabronó más.
POV MONICA
Trabajar para Johanh no fue mi primera opción, pero la vida da vueltas raras y aquí estoy, casi tres años después, viendo cómo ese cabrón pasó de ser un padre inexperto a uno entregado, de un desastre con patas a un chef respetado. Si no fuera porque lo vi con mis propios ojos, yo misma no me lo creería.
Al principio, su padre, Aaron White, se encargaba de pagar mis servicios, porque en ese entonces Johanh era cualquier cosa menos responsable. Sabía cocinar, sí, pero en su vida personal era un puto desastre. Un borracho funcional, un cabrón de primera, un libertino sin remedio. Pero lo que sí era evidente desde el primer día es que, aunque no tenía idea de cómo ser padre, quería a su hijo.
No era un hijo planeado, pero lo adoraba con esa intensidad testaruda que solo él podía tener.
Con el tiempo, dejó de depender de Aaron. Se hizo responsable de Niklas, de sus cuentas, de su vida. Pasó de ser un pinche niño rico con problemas de alcohol a un hombre que trabajaba de sol a sol en la cocina, que no solo se ganó su lugar en el restaurante, sino el respeto de todos los que lo rodeaban. Claro, con ayuda de Matt, que le dio la oportunidad a pesar de su pasado. Yo también lo ayudé, pero si le digo eso me manda a la mierda.
Pero si hay algo que no ha cambiado en estos años es su relación con las mujeres. O mejor dicho, su falta de relación. Para él, las mujeres son para follar y nada más. Nunca se queda a dormir con nadie, jamás trae a nadie a la casa y bajo ninguna circunstancia repite con la misma mujer. Para él es casi una religión. Nada de sentimientos, nada de compromisos. Solo sexo, placer y adiós. Se jacta de ello con una sinceridad cínica que a veces me da risa y otras me desespera. Matt y yo lo hemos escuchado contar sus andanzas con un nivel de descaro que roza lo absurdo.
Pero ahora… algo cambió. No sé exactamente qué, pero lo noto. No es que piense que está enamorado, porque no creo que ese cabrón sea capaz de eso, pero hay algo en su actitud que no había visto antes. Y la razón tiene nombre: Olivia.
Lo miro desde la barra mientras bebe de su vaso con una expresión de pocos amigos. Johanh no es de los que se quedan callados, pero hoy está más taciturno de lo normal. Lo conozco lo suficiente como para saber que algo le carcome la cabeza.
—¿Te va a salir humo de la cabeza o qué pedo? —le suelto, apoyándome en la barra con una ceja en alto. Él levanta la mirada y me dedica una de sus sonrisas de medio lado, esa que usa cuando quiere fingir que todo está bien.
—Vete a la mierda, Mónica —responde sin más, llevándose el vaso a los labios.
—¿Otra vez Olivia? —insisto con diversión. Me encanta joderlo. Es un deporte que disfruto con gusto.
Él suelta un resoplido y niega con la cabeza.
—No es Olivia, es la actitud de mierda que tiene. No entiende lo que significa trabajar en la cocina, no respeta lo que hacemos aquí. Se cree mejor que todos los demás. Es una malcriada que nunca ha tenido que partirse la madre por nada.
Lo miro con una sonrisa burlona y cruzo los brazos.
—Sí, sí… qué ojete suena eso viniendo de ti. No mames, Johanh, si a ti también te dieron todo en bandeja de plata.
Él frunce el ceño y su mandíbula se tensa. Ahí está. Ahí está la mierda que realmente le está picando.
—A mí me enseñaron a valorar el trabajo —gruñe, con los ojos encendidos de molestia—. Mi padre me enseñó que, si quería hacer algo bien, tenía que hacerlo desde abajo. Pasé por todas las putas estaciones de una cocina antes de llamarme chef. Limpié baños, lavé platos, pelé más papas de las que podría contar. Y no me quejé, porque era mi jodido deber.
Lo dice con tal convicción que por un momento hasta me da un poco de lástima Olivia. Pero solo un poco. Porque si algo sé de Johanh es que, cuando hace esto, es porque tiene una razón. Es un cabrón, pero no uno sin propósito.
—A ver, dime la verdad… —me inclino hacia él con una sonrisita ladina—. ¿Realmente te caga Olivia o más bien te calienta y te odias por eso?
Johanh hace una mueca de fastidio y me fulmina con la mirada. Sé que di en el clavo.
—No digas pendejadas —espeta, moviendo la cabeza con impaciencia.
—No lo sé, hermano, te veo demasiado involucrado para que sea solo un berrinche de jefe. —Me burlo con descaro y tomo un trago de mi propio vaso.
—Es la hermana de Matt —responde con firmeza, como si eso fuera suficiente para cerrar el tema. Pero no lo es. No para mí.
—¿Y eso qué? —Alzo una ceja, divertida—. ¿Desde cuándo eso ha sido un problema? Has follado con las hermanas de otros.
Él me mira con el ceño fruncido y aprieta la mandíbula.
—No es lo mismo —gruñe—. Matt es mi mejor amigo. Olivia es su hermana, y no me voy a meter en ese cagadero. Fin del tema.
Pero no es fin del tema, porque veo cómo se le crispan los dedos en el vaso, veo cómo desvía la mirada con molestia, veo cómo su mandíbula se aprieta con más fuerza de la necesaria. Y ahí está la verdad, aunque no quiera admitirla. Olivia le despierta algo, algo que no quiere sentir. Y eso lo jode más que cualquier otra cosa.
Me río y niego con la cabeza.
—Lo que tú digas, chef… Lo que tú digas...