Eran casi las ocho, y ella tenía clase a las ocho y media.
Devoró a toda prisa unos bocados al azar antes de subir rápidamente a cambiarse de ropa y tomar su bolso.
Cuando bajó de nuevo, no vio a la señora Cole por ningún lado. Lily seguía arrodillada en el mismo sitio.
Eduard, quien mantenía las gafas negras puestas, aún bebía su leche con lentitud.
Probablemente la oyó bajar las escaleras, porque dijo con voz tranquila:
—Le pedí a un chofer que te lleve a la universidad. Vuelve temprano cuando termines.
Zoé se sonrojó.
—Gracias.
—Señor, ya le dije a la señora Cole lo que me pidió.
Seguramente fue a informarle a esa persona.
Después de que Zoé se marchó, Eduard habló lentamente:
—Levántate.
Se acomodó con elegancia en su silla de ruedas.
—Hay algo que no logro entender. Tanto tú como la señora Cole fueron enviadas por mi abuelo. Entonces, ¿cómo es que el tío Donny logró sobornar a la señora Cole pero no a ti?
Lily palideció al instante. Con un ruido sordo, volvió a arrodillarse en el suelo.
—¿Es porque tienes otras órdenes? —preguntó Eduard mientras tomaba un pañuelo de papel y se limpiaba la boca con elegancia—. No te haré nada por ahora. Después de todo, mi abuelo te envió para vigilarme. Deberías reportarle lo siguiente: me molesté y alejé a la señora Cole para proteger a Zoé.
Los ojos de Lily se iluminaron.
—¡No se preocupe!
….
—Gracias, James.
Zoé, con el bolso en la mano, abrió la puerta del auto cerca de la Universidad de Ayrith y luego corrió hacia el edificio.
La luz de la mañana brillaba sobre su cola de caballo, dándole un aire enérgico y juvenil.
Apenas su figura desapareció de su vista, el conductor sacó su teléfono y realizó una llamada.
—Señor, la señora se bajó del auto a dos calles de la universidad.
La voz grave del hombre apenas se oyó al otro lado.
—¿Qué dijo?
—Que nuestro coche es demasiado lujoso. No quiere que la gente sepa que está casada con un hombre rico.
—Bien. Hazle caso.
Zoé, sin aliento, entró al aula tres minutos antes de que comenzara la clase.
Laura la miró, desconcertada.
—¿De verdad viniste?
Zoé se limpió el sudor de la frente.
—¡Gracias a Dios que no llegué tarde!
Seguía igual que siempre: vaqueros descoloridos, camiseta blanca, cola de caballo alta y sin una gota de maquillaje.
No había en ella rastro alguno que indicara que era la esposa de alguien.
Después de secarse el sudor, sacó su libro de texto y el cuaderno con total seriedad.
—El profesor debería terminar de explicar la teoría anterior hoy, ¿verdad?
Laura la observó como si estuviera viendo un fantasma.
Si no recordaba mal, el apuesto y ciego esposo de Zoé tenía veintiséis años.
Nunca había estado con una mujer. Así que, después de casarse…
¡Debió ser salvaje y apasionado!
Pero entonces, ¿por qué no había marcas en el cuello de Zoé?
¿Por qué no hablaba con voz ronca?
¿No debería estar adolorida, incapaz siquiera de levantarse de la cama?
Y sin embargo, allí estaba ella, sentada con total normalidad frente a Laura, ¡ordenando sus apuntes!
Laura estaba perturbada.
¿Acaso el marido de Zoé no solo era ciego y enfermizo, sino también… impotente?
¿Ni siquiera podía hacer nada aunque ella se entregara por completo?
Entonces… ¿cómo iba a ser feliz Zoé el resto de su vida?
Una oleada de angustia llenó el pecho de Laura. ¡No podía permitir que su amiga viviera una vida de sufrimiento!
Ansiosa, envió un mensaje a su primo, que trabajaba en el departamento de andrología de un hospital:
"¿Hay algún medicamento para curar la impotencia masculina?"
Su primo respondió rápidamente:
"¿Cuáles son los síntomas específicos? ¿Eyaculación precoz, tamaño reducido o disfunción eréctil?"
Laura miró de reojo a Zoé.
Seguía prestando atención a la clase y tomando notas como si nada.
Incluso si Laura le hiciera esas preguntas directamente, Zoé jamás se lo confesaría.
Así que, por su cuenta, escribió:
"Todo. Consígueme algún medicamento. Pasaré a recogerlo después de la escuela."
«Zoé, sólo puedo ayudarte hasta aquí.»
Después de clase, Laura afirmó que tenía dolor de estómago y le pidió a Zoé que la acompañara al hospital donde trabajaba su primo.
Zoé, sin ningún plan pendiente y al ver que Laura parecía estar realmente enferma, aceptó acompañarla.
Al llegar al departamento donde trabajaba el primo de Laura, ella empezó, de forma inexplicable, a charlar con él sobre asuntos familiares triviales.
Zoé consideró inapropiado quedarse a escuchar, así que salió al pasillo y se sentó en una banca para leer una novela.
Últimamente estaba enganchada a una historia serializada sobre un presidente. En la trama, los protagonistas se habían torturado emocionalmente durante años hasta que finalmente se casaban.
—¿Zoé?
Zoé acababa de llegar a la parte donde la pareja recién casada regresaba al dormitorio cuando una voz masculina clara interrumpió su concentración.
Estaba tan inmersa en la lectura y nerviosa por el contenido de la escena que, al oír su nombre, su mano tembló y el teléfono se le cayó al suelo.
Una mano grande y delgada recogió el dispositivo y se lo devolvió.
—Gracias...
Zoé se sonrojó y le agradeció, pero cuando sus ojos se toparon con el rostro del hombre, se quedó completamente atónita.
Era Oliver Klein.
Aquel hombre atractivo, vestido con bata blanca, era el estudiante de último año al que había admirado durante mucho tiempo en la secundaria.
Con otro golpe seco, su teléfono cayó al suelo nuevamente.
Una vez que logró controlarse, lo recogió apresuradamente, miró a Oliver y le sonrió.
—Oliver... ¿De verdad estás trabajando aquí?
Una sutil sonrisa se dibujó en el hermoso rostro de Oliver.
Le revolvió cariñosamente el cabello a Zoé.
—Sigues siendo una cabeza de chorlito. ¿Cuántos años tienes ya?
Zoé iluminó su rostro al responder con seriedad:
—Ya tengo veinte.
Oliver apartó la mirada y soltó una breve risa.
—¿Y qué haces en el hospital?
Ella señaló hacia el consultorio detrás de ella.
—Mi amiga está charlando con su primo ahí dentro.
Oliver miró su reloj.
—Es casi la hora del almuerzo. Puede que tu amiga tarde un rato. Estoy a punto de salir a comer. ¿Te invito?
Zoé frunció los labios, dudó por un momento y luego fue a tocar la puerta del consultorio para informarle a Laura.
Después, asintió.
—Vamos.
Oliver sonrió con suavidad y comenzó a caminar por delante. Zoé lo siguió discretamente.
Zoé había empezado a sentir algo por Oliver en segundo año de preparatoria.
Ese año, su abuela había ido a visitarla a la escuela, pero repentinamente se desmayó. Fue Oliver quien, sin dudar, la atendió y la llevó al hospital.
En el pasillo del hospital, bajo el sol, él le dijo que estudiaba medicina y le dio varios consejos para cuidar a su abuela.
Desde entonces, Zoé se había enamorado por primera vez.
Él se convirtió en su inspiración para estudiar medicina.
Siempre quiso ingresar al mismo instituto que Oliver y seguir sus pasos.
Pero, una vez que lo logró, nunca tuvo el valor de acercarse a él.
La última vez que lo vio fue en su último año de preparatoria, cuando Oliver pasó por la escuela para darles ánimos a los estudiantes.
Oliver la llevó a un restaurante elegante.
—¿Qué te apetece comer? —preguntó, mucho más guapo sin la bata blanca mientras hojeaba el menú con soltura—. Si no me falla la memoria, te gusta lo dulce, ¿verdad?
—Mmm...
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que lo vio, que los nervios le hacían temblar la voz.
Entonces sonó su teléfono. Era un número desconocido.
Zoé se disculpó con Oliver y contestó.
—¿Dónde estás?
La voz fría y profunda le resultaba extrañamente familiar.
—¿Quién habla?
—Tu esposo
Zoé se quedó atónita.
—¿Cómo conseguiste mi número personal?
—¿Tan raro te parece?
La voz del hombre viajó con frialdad a través del auricular:
—Ven a casa y almuerza conmigo.
Zoé no supo qué decir.
Incomoda, echó un vistazo a Oliver, que seguía concentrado en el menú.
—Esto... ¿Puedo volver a casa un poco más tarde?