Zoé levantó la mirada hacia el rostro de Eduard. Su perfil era atractivo y elegante; la clavícula revelaba una sensualidad innata. Sus cejas eran largas y delineadas, sus pestañas igual de prominentes, y la forma de sus labios, simplemente perfecta. Bajo la luz del sol matutino, sus ojos brillaban con un encanto hipnótico. “¡Un momento! ¡Los ojos!”, pensó Zoé, despertando de golpe de su ensimismamiento. —Tú... tú estás despierto —murmuró, aún algo aturdida. Eduard sonrió, divertido por su expresión adorablemente confundida. No pudo evitar besarle la frente con ternura. —¿Todavía te duele? —No... ya no tanto —respondió ella, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba, sin saber si por el beso o por el tono de su voz. Inevitablemente, se sonrojó. —Eso es bueno —murmuró él, acariciando

