Sentado delante de su maquina de escribir Remington, observaba detalles de las cosas que lo rodeaban en busca de inspiración. Tenía muchos objetos de librería en su escritorio de trabajo, algunos bolígrafos de colores, y algunos trabajos de sus alumnos que aún no se había puesto a corregir. Su máquina estaba fría. Ese día, no encontraba inspiración para terminar aquel capítulo de su primera novela, pero así y todo permanecía firme en su lugar, esperando, aguardando que algo se encendiera en su interior y liberara un texto que lo pusiera otra vez en marcha.
Miró las paredes de su cuarto que estaban blancas. Desde que se había instalado en su departamento había querido pintar, pero nunca se hacía el tiempo, por lo que el color blanco dominaba la mayor parte de los ambientes. Si bien no le molestaba esa tarde no se sentía cómodo con lo brillante de sus muros. Al contrario, la claridad se le hacia abrumadora.
Después de algunos minutos su mente comenzó a divagar. Se sentía airado por la narrativa Borgeana y con los escritos de Edgar Alan Poe, y no pudo dejar de preguntarse cómo obtendrían sus autores preferidos su inspiración. Por el lado de Poe, estaba convencido de que era por su alcoholismo y su adicción al opio, pero con Borges estaba seguro de que había algo más que sólo talento; la figura de su padre había sido clave para que aquel joven de buena educación que fuera criado en un ambiente de conventillos y marginalidad, dejara su marca en la literatura mundial. Jorge Luis Borges recordaba con estas palabras a su padre: “Él me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música”. Su padre, en cambio, sólo le había dejado cuatro palabras. “Qué inútil que sos”.
Gracias a su estudio en el magisterio, pudo encontrar un lugar en la docencia que hoy le permitía tener el tiempo necesario para dedicarle a su libro. Enseñar no era un trabajo bien remunerado, pero tenía la recompensa de que sus alumnos disfrutaban su clase y los temas que buscaba enseñar. Le habían ofertado varias veces un puesto en el área administrativa de la escuela, pero él estaba conforme con lo que hacia. Disponía de tiempo y lo usaba para trabajar en su libro. La escritura se había vuelto la única posibilidad de demostrar a su familia que servía para algo, pero para ello necesitaba tener un trabajo que le permitiera subsistir mientras escribía.
Tenía alrededor de cuarenta años , llevaba meses en el proyecto de terminar una novela, pero no lograba sentirse realmente a gusto con la historia que había creado. Si bien sus personajes eran creíbles y verosímiles, carecían de profundidad y perdían interés con el correr de las páginas. Faltaba la vuelta de tuerca, el giro a la historia, para que dejara de ser una más y pudiera expresar su propia voz.
Esa tarde además de no conseguir cambiar lo que no le gustaba, había encontrado un bloqueo de escritor. Nada bueno para su obra inconclusa. Obstinado tal como era, no se quería mover de la silla, pero sus esfuerzos eran en vano, su mente estaba en blanco como sus paredes.
Su mirada buscaba desesperadamente inspiración, cualquier cosa que pudiera ayudarlo, sus ojos se movían de un lado a otro hasta que al final se transportaron a esa pila de papeles que se encontraban del lado izquierdo del escritorio. La primer hoja tenía un nombre escrito con bolígrafo color rosado. Carla Pérez, decía, con una letra casi perfecta.
Su mente divagó por algunos minutos tratando de recordar los rostros de sus alumnos. Tenía buena memoria para los nombres pero le costaba relacionarlos con las caras, cuando al fin pudo entrelazar el nombre de Carla Pérez, su rostro perdió expresión. Su nombre no le gustaba, estaba seguro que sus padres podían haberle dedicado más tiempo al pensarlo, pero si comentaba eso en la escuela seguramente sería objeto de muchas críticas.
Tomó en sus manos el escrito de Carla Pérez, y lo leyó detenidamente. Para su sorpresa, estaba muy bien redactado, y además la historia era bastante eficaz y entretenida. La joven había descripto una situación que encajaba perfecto en su propia historia, y daba el aire fresco que necesitaba. Solo con cambiar un par de escenarios y los nombres de los personajes, tendría al fin terminada su primera novela. Claro que tenía que editar algunos detalles, pero era lo de menos.
El dilema que presentaba el plagio se debatía en su interior, pensaba en los riesgos que existían de ser descubierto, pero no podía dejar de lado el hecho que terminaría su obra de una manera única. Decidió hablarle a la chica para discutir con ella una participación en la historia, le ofrecería un trato conveniente para poder usar sus ideas. Estaba dispuesto a compartir crédito de su trabajo con Carla Pérez, con tal de finalizar su libro.
Hablar con la joven era otro asunto. No era fácil citarse con una alumna fuera del curso. La gente podría hablar, las profesoras suelen ser muy indiscretas. Nadie pensaría que estaban haciendo un trabajo juntos, y Carla Pérez no tenía buena reputación entre sus compañeros. Siempre con sus faldas cortas, y sus camisas con botones sin abrochar. Recordó lo largas que le parecieron las piernas de la chica, y lo mucho que había tenido que esforzarse para hablar con ella los primeros días de clases sin intentar ver a través de los botones del uniforme escolar. Todo un desafío. Debería tener cuidado si no quería perder su trabajo.
Después de pensarlo por unos instantes, decidió que lo mejor era citarla en la biblioteca, que era un espacio público adonde no tendría problemas para argumentar que estaban reunidos por cuestiones escolares. En lo posible lo ideal sería que nadie los viera, pero tenía que estar preparado para cualquier eventualidad. Se fue a dormir con la idea dando vueltas. Intento pensar todo lo que iba a decirle cuando la viera y la forma en que lo haría. Pero su mente solo tenía en claro lo largas que eran sus piernas. Parecían interminables.
A la mañana siguiente, no pudo dejar de mirar a Carla Pérez, no podía dejar de estudiarla en detalle. No podía entender a dónde podía haber obtenido la inspiración, había conocido a sus padres en alguna reunión, un mecánico y una ama de casa. Nada bueno podía salir de allí. Se descubrió a sí mismo mirando fijo las piernas de la joven en más de una oportunidad, estaba empezando a sentirse atraído por la idea de Carla Pérez. No solo era bella, tenía un talento innato.
La chica lo miró varias veces antes de responder, lo que le resultó demasiado incómodo, un tanto porque estaba muy ansioso, y otro porque le generó desconfianza lo que ella podía argumentar ante tan extraño pedido. La clase había terminado, y ella había aceptado la sugerencia de conversar en la biblioteca, al parecer tenía curiosidad de qué le diría el profesor.
Sonriendo despreocupadamente la adolescente hizo algo que le resultó fuera de lugar. Carla Pérez besó la hoja dejándole impreso su lápiz labial, y se la entregó asegurando que no necesitaba que le reconociera absolutamente nada. Perversamente se inclinó dejando ver su pronunciado escote, mientras le entregaba su trabajo en las manos que aún temblaban por la excitación y la proximidad.
Al llegar a su casa estaba muy nervioso. La situación había excedido su comprensión. En sus diez años de carrera había enfrentado cosas extrañas, pero él no era del tipo de profesor que atraía alumnas de diecisiete años. Tampoco nunca se había permitido ver esa posibilidad. Entonces una pregunta estalló en su mente. ¿Qué estaba pasando? Y la respuesta fue clara: Carla Pérez.
Salió a caminar buscando aire fresco. Caminó por un parque que se encontraba a pocas cuadras casi por una hora y cuando regresó estaba un poco más tranquilo. Entonces volvió al trabajo una vez más. Ahora inspirado escribió por horas delante de su maquina, no pudo detenerse en toda la noche. Tecleaba sin parar, golpeando con la yema de sus dedos las letras pintadas. Pensaba en Poe y su eterna musa Virginia Clemm. Aquella joven de catorce años, que fuera prima hermana del escritor y luego, su esposa. Eran otros tiempos, pero no todo estaba perdido. La idea de pensar en Carla Pérez y Virginia Clemm lo excitaba. Era claro que su amor prohibido marcaba un punto de conexión con el escritor y sin darse cuenta comenzó a desarrollar su propia novela en su cabeza.
La historia había cambiado de rumbo, el hilo estaba concluido, y ahora tenía en sus manos una oportunidad concreta de publicar un trabajo de excelente calidad. Así se fue a dormir aquella noche. Tenía su trabajo terminado, pero ¿qué haría con Carla Pérez? Esa era una pregunta que a esta altura había superado la ficción que había terminado.
Al día siguiente volvió a la escuela, intentó aferrarse al trabajo sin distraerse. Aunque su mente estaba puesta en la jovencita de la falda corta y las piernas largas. Pensaba en sus manos, su rostro y sus cabellos. Pensaba en Virginia Clemm y las pasiones que había despertado en Poe. Y no pudo más, tomó a la joven del brazo en el recreo y la llevó al aula vacía. Intentó contarle de la novela que había concluido, pero ella no estaba atenta. De pronto Carla Pérez, puso su mano en la boca de él y lo hizo callar. Y sin más, lo besó suavemente en los labios. Estaba perdido.
Volvió a su casa pensando en aquel beso, salió al patio y prendió un cigarrillo. Estaba mal, desorientado y consumido por la ansiedad y los nervios. Carla Pérez lo había besado. Estaba seguro de que la joven lo deseaba. Y de pronto una idea llegó a su mente.
El escritor estaba sentado delante de la Remington, miraba un punto fijo en el muro blanco que se alzaba ante sus ojos. Perdido en su mente divagaba y jugaba con las letras flojas del teclado, esperando que la lluvia de golpes comenzara el repiqueteo del metal contra la cinta. Y las palabras fluyeron como nunca antes lo habían hecho. Su nueva historia sería reveladora y apasionante. Su esfuerzo por esconder lo que sentía fue estéril. Pronto el mundo sabría quien era Carla Pérez, como alguna vez el mundo supo quién era Virginia Clemm.