Kalila giro justo para ser tomada por las grandes manos de Nuriel, mientras Declan se congelaba ante aquella imagen, el hombre, si así se lo podía llamar, media más de dos metros, ahora al menos comprendía porque Ikigaí había hecho la casa de techos tan altos, el cabello rojo caía por sus hombros, más corto que el de la quimera, pero mucho más largo que el de Kalila, las trenzas que decoraban su melena, estaban adornadas con cuencas de oro, y sus manos de piel trigueña se aferraban a la pequeña cintura de la cazadora.
— La lastimara. — dijo Ukara sin poder contenerse, ya que las manos de Nuriel eran tan grandes que fácilmente podrían partir a Kalila a la mitad.
— No lo hará, vivimos por y para ella. — los ojos de Ikigaí estaban violetas y el agarre que ejercía sobre los tres hombres con su cabello poco a poco se fue debilitando.
— Nuriel, realmente estas aquí. — la voz de la pelinegra los hicieron verla, la forma en la que acariciaba su rostro y como el gigante cerraba sus ojos, disfrutando solo del tacto de su destino.
— He venido por lo que es mío, juro que traté de cumplir la promesa que le hice a tu madre… pero te necesito tanto.
Se supone que siendo seres sobre naturales nada los podría sorprender, nada sería raro o peculiar a sus ojos, pero solo ahora comprendían que no era el caso. Los ojos negros del fénix brillaron al abrirse como brasas encendidas, y Kalila dejo de respirar, hipnotizada por aquella mirada, tal como la quimera lo había dicho, ese era el poder del fénix, doblegarte con solo verte a los ojos, aunque ahora lo que hacía era demostrarle a su compañera que viviría solo por ella, la necesitaba, el calor era insoportable, y solo Kalila tenía su salvación, hacer arder la pasión de una vez por todas.
— Yo te necesito a ti mi fénix. — parecía que estaba hechizada, y quizás así era.
El primero en reaccionar fue Ukara, cuando vio que la quimera dio un paso al frente, fue el único que se atrevió a sujetar su brazo.
— ¿Temes morir brujo? — dijo con burla Ikigaí, quien ya no se veía inofensivo, nuevamente la quimera mostraba su lado oscuro.
— Temo que ella muera si algo te sucede. — rebatió con honestidad, pues Ikigaí les había explicado que sucedería si alguien se interponía entre Nuriel y Kalila al momento de aparearse.
— No deseo ver esto. — el rugido de Tahiel, no desconcentro a Nuriel de su objetivo, desvestir a su compañera, allí en medio de la sala.
—Tu sufrirás conmigo. — juro Ikigaí antes de sujetarlo con el cabello una vez más. — O moriremos juntos. — indico cuando el cuerpo de Nuriel se cubrió de llamas.
— Por la diosa, la lastimara. — el vampiro que se enfrenta al fuego cae como un humano bajo los mismos efectos, su muerte estaba asegurada, y Declan lo sabía, pero se aseguraría que nada le suceda a Kalila.
— No lo hará, ya te lo dije, ella es… especial, única, ella es nuestra.
Aseguro Ikigaí y les hizo ver como la joven llevaba una de sus manos al pecho desnudo de Nuriel, traspasando las llamas, disfrutando del calor, pero sobre todo deleitándose con el fornido pecho de su fénix.
— Eres hermoso. — susurro atónita.
— La única hermosa eres tú.
El cuerpo del fénix finalmente se encendió por completo, convirtiendo en cenizas su poca ropa y la de Kalila, que lejos de quejarse por el aumento de temperatura, solo dejo salir un gemido placentero.
Ikigaí podía ser una quimera, la única, aquella que podía ver el futuro, pero Nuriel era el fénix, y a quien vigilaba era a su destinó, nunca la dejo sola, siempre supo cada paso de Kalila, cientos de veces le pidió a su padre sol un cambio, uno insignificante, también se lo advirtió a Chloe, debían cuidarla, no debían dejarla sola, pero al final, sucedió lo que estaba escrito, el tiempo del Fénix se había agotado, como cada vez que un siglo llega a su fin, él ardió una vez más, marcando así su fin, hasta que luego de unos días renació de sus cenizas, estaba acostumbrado a ello, aunque sabía que ahora al tener a Kalila para él su fuego ya no se extinguiría sin importar los siglos que pasaran, pero lo que para él fueron días de rutina, para Kalila fueron días en los que su fénix no la pudo cuidar, esos mismos días que los descendientes de la luna usaron para lastimarla, ese momento donde Ikigaí entro en algo que debía ser perfecto y solo de dos, y es que el fénix, lo sabía todo, sabía que ahora tendría que compartir a su destino, pero le daría una lección a la quimera.
— Ahora te hare mía.
Juro luego de liberar los carnosos labios de la joven, quien estaba perdida en un mar de sensaciones, a tal punto que no podía ver, ni sentir o así sea escuchar nada que no sea Nuriel, así el fénix lo quiso y así sucedió.
— Hijo de ….
Ikigaí apretó sus labios, sabía que Nuriel lo hacía adrede, él mejor que nadie conocía a ese ser, mismo que había girado a Kalila, ahora el fénix estaba sentado en el amplio sofá que solo resistía sus llamas al haber sido fabricado con magia, mientras que la joven estaba desnuda frente a ellos, sus pechos dos montañas bien formadas de cumbres rosadas, su delgada cintura y gruesa cadera le concedían la forma de un reloj de arena, y la humedad que brillaba entre sus piernas, provoco que cada ser de esa casa, cambiara de color sus ojos, dejando de esta forma sus instintos más básicos y prehistóricos a la vista, gruñidos y jadeos, excitación pura que más los asemejaban a los animales que a los humanos, y ya no se sabía quién sostenía a quien para no lanzarse sobre Kalila.
— Tan hermosa. — susurró el fénix y enrollo el largo cabello de Kalila en una de sus grandes manos, obligándola a llevar su cabeza hacia atrás, provocando que sus pechos se vieran aún más grande, mientras él lamia su cuello. — Siéntate sobre mí. — susurraba, pero para estos cuatro seres era lo mismo que lo gritara, estaban atónitos, ella no lucia incomoda, ni cohibida por tenerlos de espectadores y es que ella no los veía. — Así. — ronroneo el fénix cuando la joven se sentó sobre sus muslos y él de forma deliberada abrió sus piernas, dejando que su gran y ancho pene se apoyara sobre la abertura de la cazadora.