JACKSON
Estando dentro de ella, me sentía como si estuviera tocando el cielo. No había palabras que pudieran describir lo que sentía; por fin mi lobo experimentaba placer por primera vez. Era una sensación abrumadora, una conexión intensa que superaba todo lo que había conocido antes.
Había estado con otras mujeres en el pasado, y aunque esas experiencias habían sido satisfactorias, nunca se compararon con esto. Ahora, al estar follando a mi compañera, sentía que todo el control de mi mente y mi cuerpo se fundía en este momento. No necesitaba transformarme; el instinto y el deseo eran suficientes.
Gruñidos involuntarios salían de mi garganta mientras las palabras de placer se escapaban de mis labios, casi incomprensibles. Cada movimiento, cada toque, encendía una chispa en mí que vibraba intensamente.
Con determinación, agarré su cabello con una mano, tirando con firmeza, mientras la otra se elevó para darle una nalgada que resonó en la habitación como un eco de nuestra pasión.
—Eso es, nena, aguántame —gruñí, observando su reacción mientras mi cuerpo se movía con un ritmo implacable.
Los gemidos que escapaban de su boca solo alimentaban mi deseo, llevándome a un lugar más allá de lo que creía posible para un ser sobrenatural.
—Dame más, más rápido —Me pedio, sintiendo cómo su aliento se entrecortaba con cada embestida.
Con cada palabra de su boca, me sentía más impulsado a satisfacerla, a llevarla al límite.
—Maldición —gruñí, el sonido temblando en mi pecho y reverberando por las paredes de la habitación.
Me movía con una fuerza y un ardor que me sorprendían, como si ella pudiera liberar algo en mí que había estado dormido por mucho tiempo. La intensidad de la conexión entre nosotros era eléctrica, y yo quería más, cada vez más.
—Mía, compañera, mía —repetía entre gruñidos, cada palabra impregnada de un deseo abrumador mientras la penetraba.
Lo hacía con tal intensidad y urgencia, como si quisiera romperla, marcarla de alguna manera, para asegurarme de que nunca olvidara esta sensación de placer total. Era una danza primitiva, impulsada por un instinto que iba más allá del deseo físico; era un llamado que arrastraba a ambos hacia un abismo de sensaciones.
En ese momento, todo lo que sabía se reducía a ella y a mí, atrapados en esta conexión ardiente. Cada empujón era un recordatorio de que la estaba reclamando, y mi lobo sentía que había encontrado su lugar en el mundo, en el calor de su cuerpo y en el eco de su gemido.
Nunca había experimentado nada como esto, y no quería que terminara.