Ethan dejó el auto a cuatro cuadras de distancia de la cafetería y bajó refunfuñando maldiciones.
Cargaba tres bolsas inmensas que contenían vasos descartables, donde servían el café para llevar, así como dos pesados rollos de papel film con el que cubrían los productos que guardaban en el refrigerador. Como todos los días, no consiguió lugar para estacionar más cerca.
Sostuvo con fuerza su carga y camino con la mandíbula tensa. Minutos antes había tenido una discusión con su proveedor de café en granos, ya que por las fechas navideñas suspendían los envíos a su zona. Estaban abarrotados con otras de más rentabilidad.
Odiaba a la gente irresponsable, había hecho negocio con aquellas personas pensando que serían comprometidos, pero le habían fallado a los pocos meses de haber cerrado un trato.
Ahora tendría que buscar a otro distribuidor que trabajara con la misma marca, porque ofrecer un cambio en ese momento sería contraproducente, los clientes se familiarizaban con su producto.
Llamó a Gary para solicitar su opinión, ya que Theresa le había comentado que él había hablado en una ocasión con unos proveedores que acudieron a la cafetería a ofrecer sus servicios, pero su hermano no respondía. Tendría que tomar él solo una decisión.
Además, el trabajo en la cafetería se volvía agotador. Theresa parecía incapaz de resolver ciertos detalles menores a pesar de que él se afanaba en enseñarle.
La joven no llevaba el control del material que se utilizaba, presentándose inconvenientes de última hora que lo tenían desquiciado.
Anoche, minutos antes de cerrar, tuvieron que cancelar varios pedidos por haberse agotado los vasos descartables.
Entre las funciones que debía llevar a cabo la chica estaba el atender ese tipo de asuntos, pero ella no lo hacía porque Gary se ocupaba de eso.
Por ese motivo él tuvo que quedarse hasta tarde realizando un inventario de los productos de mayor uso, para que no volviera a ocurrirle una situación similar, y esa mañana debía dedicarla a entrenar a Theresa sobre esa labor, pues él no podía estar día y noche pendiente de esos pormenores.
Le parecía insólito que su hermano no hubiera capacitado al personal para esos menesteres. Por ese descuido, ahora él no podía ocuparse de otros asuntos por atender situaciones que le correspondían al encargado que habían contratado.
Su intención de esa mañana había sido entrevistarse con el promotor de una empresa que apoyaba pequeños emprendimientos culinarios, con el fin de solicitarle un crédito para la adquisición de un par de motos de reparto.
Ofrecían ese servicio enviando café, donas, bagels y pasteles a negocios cercanos, con un repartidor que iba a pie o en bicicleta propia, pero ya tenía a varios clientes interesados en ese servicio que se encontraban más lejos.
Con las motos llevaría sus productos a las zonas donde se hallaban la mayor cantidad de oficinas y tiendas. La gente por una taza de buen café y un aperitivo delicioso pagaban lo que fuera.
Sin embargo, tuvo que suspender esa reunión por hacer lo que su hermano debió realizar tiempo atrás. Eso lo tenía de muy mal humor.
Para aumentar sus ansiedades, su abuela no paraba de llamarlo. Lo invitaba a pasar las Navidades con ella en Nueva Jersey, pues había invitado a una vecina soltera que ella consideraba ideal para que se casara con él y le diera pronto bisnietos, pero Ethan no podía dejar Brooklyn en esa temporada, para eso tendría que cerrar la cafetería por una semana y aquello no sería buena idea.
—Abuela, por favor, sé que te sientes un poco sola, pero intento llevar adelante un negocio. ¿Te gustaría venir a pasar unas semanas a Brooklyn?
—¡¿Estás loco?! Esa ciudad es un infierno, y aún más en Navidad. No entiendo como Gary y tú pueden vivir ahí. Por eso tienen tantos problemas y siempre están tensos. ¡Por Brooklyn!
A Ethan le gustaría que la vida fuese tan fácil como ella la pintaba, pero no era así. Si no trabajaba le resultaría difícil sobrevivir en ese mundo tan competitivo, por eso no debía descuidarse.
En Navidad se movían más las ventas, la gente salía más a la calle para hacer compras navideñas y trabajaban más tiempo para cumplir con sus compromisos sin poder preparar nada en casa para comer.
Ir a una cafetería por el desayuno o por una merienda era común y él no podía desaprovechar esa oportunidad porque eso lo ayudaría a reunir dinero para ampliar su negocio.
Caminó con premura haciendo malabares para no dejar caer algo de su carga, viendo como un par de chicos se acercaban a él a gran velocidad montados encima de patinetas.
A pesar de hacerse a un lado, no pudo evitar tropezar con uno de ellos. Una de las bolsas cayó al suelo y desparramó su contenido en la acera.
—¡Maldición! —exclamó, y lanzó miradas asesinas hacia los impertinentes.
Al verlos desaparecer entre la muchedumbre, sin preocuparse por el desastre que dejaron atrás, respiró hondo y fue en busca de su mercancía.
¿De qué le serviría amargarse por esa situación?
Para recogerla tuvo que dejar el resto en el suelo mientras la gente pasaba por su lado quejándose por su imprudencia.
Al lograr tenerlo todo de nuevo entre sus brazos, avanzó más enfadado que hacía minutos. Ya recordaba por qué no quería tener hijos.
A sus treinta y un años no se sentía preparado para lidiar con mocosos impertinentes.
No estaba listo para ser padre, ni siquiera, por complacer a su abuela. Entendía que la paternidad exigía tiempo y dedicación y él no deseaba consagrarse a esa tarea en ese momento.
A su edad, aún no se sentía satisfecho con lo que había logrado. Tenía su propia casa y su auto y era dueño de un negocio rentable, pero quería crecer mucho más, viajar y vivir otras experiencias.
Los hijos ameritaban de una estabilidad que no podía entregar en ese instante, aprendió esa lección de su hermano.
Se sintió aliviado al divisar la parada de bus que predecía a su establecimiento. Quedaban pocos metros para llegar y quitarse de encima esa pesada carga.
Además, la cafetería ya debía estar abierta y llena de gente, los cafés para llevar a esa hora eran los más solicitados. Si no se apresuraba, seguiría perdiendo ventas.
Apenas cruzó la parada se dirigió sin detenerse a la entrada. Sin embargo, una visión lo paralizó, como si de pronto hubiera chocado contra una pared de concreto. La familia de muñecos de nieve que adornaban la entrada de nuevo había sido atacada.
—No, por favor, no otra vez —soltó con cansancio y gruñó furioso.
Llamó a los gritos a uno de los empleados, que tomaba el pedido de una pareja ubicada en la mesa junto a la entrada, para que fuera enseguida a ayudarlo.
El chico corrió hasta él recibiendo el cargamento que Ethan llevaba encima, y con el que tuvo que avanzar a ciegas, ya que le impedía mirar con claridad el camino para llevarlo al interior del establecimiento.
Ya con las manos libres, y hecho una caldera ardiente por la ira, Ethan entró dentro de los límites de la decoración para quitar con enfado los capirotes de burro que tenían puestos los muñecos y arrancar el ofensivo cartel: «La familia es un castigo. Libérate».
Gruñó de nuevo al leer la nota.
—Te estás pasando de los límites —masculló, como si el delincuente que hacía aquellas fechorías lo pudiese escuchar.
Quizás la persona que lo hacía tuviera algo de razón con ese mensaje, en parte, le daba la razón, pero el hecho de atreverse a destrozar su trabajo lo transformaba en un desquiciado con serios problemas mentales.
Se pasó una mano por los cabellos con cansancio mientras evaluaba los muñecos y se aseguraba de que no hubiera otra cosa fuera de lugar. Pronto irían a valorar aquel decorado y no quería que estuviera maltratado.
Maldijo al delincuente que cometía aquel crimen mientras salía de allí ante la vista sorprendida, y en algunos burlona, de las personas que pasaban por el lugar.
Hizo una bola con los gorros de papel y repasó con recelo a los transeúntes esperando conseguir al culpable entre ellos.
El enfado le había colorado el rostro y puso sus orejas tan calientes como los carbones de una fogata.