Se detuvieron frente a un elegante café y Renzo le dio las llaves al aparcacoches. Esther tardó un momento en darse cuenta de que no iba a abrirle la puerta, de modo que lo hizo ella misma. –No ha sido muy galante por tu parte –le reprochó. –Lo siento, no suelo ser galante. De hecho, creo que tú misma me lo has dicho recientemente. –Tal vez deberías escuchar y aprender. Él le pasó un brazo por la cintura, apretándola contra su costado. –Lo siento mucho –se disculpó–. Por favor, di que me perdonas. No quiero que los paparazzi te hagan una foto con esa expresión tan enfadada. –Ah, no, claro. No podemos hacer nada que dañe tu preciosa reputación. –Estamos juntos exclusivamente por mi reputación y tú no vas a dañarla. Si lo haces, prometo hacértelo pagar. No juegues

