Sir Brown y la princesa cabalgaron toda la noche aun así no lograban perderlos, en una arboleda cerca del poblado de Arlot sir Brown bajo del caballo y consigo a la princesa y lo soltó
—¿Por qué ha hecho eso sir Brown? Ahora nos alcanzaran más rápido
—no se preocupe su alteza, aquí cerca hay unas cuevas cubiertas por una cascada, ahí nos quedaremos por hoy
—Pero ¿es seguro?
—Es más seguro que estar afuera, ahora ¡sígame! — la princesa siguió a sir Brown por un muy oscuro bosque hasta que llegaron a una pequeña cascada, sir Brown le dio señas a la princesa para que entrara a través de esta y así lo hizo la princesa sin protestar. — ahí en mi mochila hay un cambio de ropa cámbiese por favor para que no se resfrié
—Gracias sir Brown
—Es mi deber velar por su bienestar su alteza —la princesa sonrió y tomando la ropa no pudo evitar su sorpresa al ver que era un hermoso vestido de seda — ¿Cómo es que tiene esto?
—Es para su presentación con el conde Reynold
—¿Qué? No iré a ver a ese tal conde, le dije que no me casare sir Brown y si ese es el propósito de dicho vestido, pues no lo usare, prefiero resfriarme
—es por su bien princesa —respondió con toda tranquilidad el viejo caballero, mientras encendía una pequeña fogata
—¿Por mi bien?
—sí, si nos atrapan, a mí me mataran con toda seguridad y a usted no sabemos qué cosas horribles podrían sucederle, es mejor tener un aliado y el mejor candidato por ahora es el conde Reynold. Saldré un momento para que pueda tener privacidad. — el caballero salió de la cueva mientras la princesa con mucho disgusto se ponía el hermoso vestido de seda color esmeralda.
Cuando sir Brown volvió traía unos pescados en dos lanzas hechas por el mismo, las puso al fuego y en total silencio le dio uno a la princesa y comenzaron a comer, todo ese día ninguno de ellos pronuncio una sola palabra, no solamente por el miedo a ser escuchados y descubiertos, si no por la inmensa cantidad de pensamientos en la que se miraban sumergidos los dos.
Tres días pasaron en esa fría cueva, a pesar del volumen del vestido el frio de las noches era más que insoportable para la princesa, quien no podía entender como aquel hombre de mediana edad no se inmutaba ni un solo momento, tan digno de un caballero real, Alessia lo observaba con tanta curiosidad se preguntaba como aquel hombre con rasgos tan masculinos que a pesar de su edad dejaban ver que fue un joven muy atractivo, decidió pasar el resto de su vida protegiendo al rey antes que hacer una familia, la educación de la princesa no le permitía preguntarle directamente sobre todas las interrogativas que tenía sobre él.
—su alteza… despierte es hora de irnos
—¿De irnos? ¿A dónde?
—necesitamos llegar al reino de Newbish si nos vamos ahora podremos llegar antes de que caiga la noche — sin refutar la princesa se levantó lavo su cara acomodo su vestido y se puso en pie, con una postura tan digna de la realeza, sabía que lo que dijo sir Brown era verdad, por ahora no tenía más opciones que buscar aliados y la única manera era proponerse en matrimonio, luego de recuperar su reino pensaría en como deshacerse de ese compromiso.
Caminaron por unas horas hasta que lograron salir del oscuro bosque, a lo lejos se podía observar un poblado de mercaderes, Arlot no pertenecía a ningún reino en sí, ahí se vendían mercancías de todos los poblados de alrededor era un lugar solo de negocios, al ser un puerto era el lugar perfecto para ello, y era amado por los contrabandistas, los soldados que custodiaban Arlot, que más bien eran asesinos, expresidiarios contratados por el canciller Mark Maller, a ellos y a él, solo les importaba que la mercancía no fuera robada y que a ellos les tocara su parte, que contrabandeaban nunca fue de su incumbencia, algunos de ellos incluso tenían sus propios negocios. Era agobiante ver como contrabandeaban desde animales exóticos, hasta pobres niños que habían quedado huérfanos por algún motivo o simplemente sus padres habían preferido cambiarlos por un poco de dinero, "me desesperaba ver tanta miseria y saber que en el estado actual en el que me encontraba no podía hacer nada por esas pobres criaturas, nunca en toda mi vida en Norbick había visto tales grados de miseria, también nunca se me había permitido salir de mi pequeño reino" penso la princesa.
—Sir Brown
—Dígame su alteza, en que puedo servirle
—¿tenemos dinero?
—no lo suficiente para los planes que a usted le gustaría llevar a cabo
—entonces… solo deme un poco de comida
—como desee su alteza —Sir Brown tomo la bolsa de comida y la paso a Alessia quien la distribuyo entre los niños que se encontraban en carretas cercadas de barandales, eran como cárceles para esos pequeños que no tenían la culpa de haber llegado a ese mundo lleno de miseria, sus diminutos cuerpos estaban marcados por la crueldad en la que habían vivido, llenos de cicatrices y con la piel pegada en los huesos era un escenario de lo más deprimente. Alessia no pudo evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas deseaba tanto en su corazón poder llevarse a todos esos pequeñitos al castillo de su padre, que pudieran vivir una vida tranquila llena de amor y felicidad.
—su alteza… tenemos que seguir — Alessia comenzaba a retirarse cuando un pequeñito de cabello rojo como el fuego tomó sus manos con calidez
—gracias… gracias, señorita — le dijo mirándola con esos penetrantes ojos color miel tan grandes como dos canicas
—lamento… lamento no poder hacer más por ustedes
—lo que ha hecho por nosotros nos ha llenado de esperanza —el corazón de la princesa se encogió y las lágrimas comenzaron a brotar sin cesar, escuchar a un niño hablar de esa manera le rompía el alma, no podía quedarse así tenía que salvarlos
—¿sabes a donde los llevaran? — pero antes que el niño pudiera responder los guardias llegaron
—señorita le pido por favor que se retire
—¿Cuánto?
—¿Cuánto qué?
—¿Cuánto cuesta ese niño?
—lo siento querida dama, estos ya están encargados. Pero dígame las descripciones de lo que busca y con gusto se lo conseguimos — escuchar la manera tan despreciable en que se referían a los niños como si no fueran más que mercancía le hacían hervir la sangre, pero sabía que tenía que actuar con cautela si quería averiguar el lugar donde los llevarían, se había propuesto en su corazón que recuperaría su trono como fuera posible y regresaría a rescatar a todos eso niños
—me gusto ese niño, me podría decir a donde los llevaran, tal vez pueda llegar a un acuerdo con el comprador
—lo siento señorita, pero no podemos darle esa información
—por favor… le prometo que no la compartiré con nadie
—mire yo no puedo hacerlo, pero a lo mejor podría llegar a un acuerdo con el jefe, a él le gustan las mujeres hermosas y elegantes como usted — le dijo mirándola de arriba abajo y todos los demás guardias comenzaron a reír
—siendo así, me podría llevar con él, por favor
—claro que si, por aquí por favor —le dijo señalando un maltratado carruaje para que subiera
—sir Brown, que espera… suba por favor
—yo la seguiré señorita dijo tomando un corcel de los guardias — el viaje fue un largo, casi al caer la noche llegaron a una enorme mansión, pararon el carruaje enfrente de la entrada y Alessia bajo
—espere un momento aquí señorita —exclamó un guardia y se apresuró hacia la casa, después de un momento regreso
—puede pasar… por aquí por favor — dijo guiándola por adentro de la mansión hasta llegar a un enorme comedor —tome asiento por favor, en un momento viene el señor.
Los minutos pasaban y la ansiedad de Alessia crecía, no sabía que intenciones podría tener ese canalla con ella, que le pediría a cambio de información, seguramente era un viejo asqueroso, por lo que había escuchado era muy mujeriego y no le importaba que lo demás lo supieran era descarado y sin vergüenza, ver a sir Brown parado en la entrada del comedor con su habitual porte de caballero le daba seguridad.
Sumergida en sus pensamientos no se percató que el canciller había entrado al comedor.
—buenas noches, señorita — Alessia dio un pequeño salto de sorpresa en su silla y lentamente levanto la mirada
—¿Tu?
—discúlpeme, señorita, pero no recuerdo que nos hallamos presentado aun
—¿Duncan?