En un pequeño reino de Inglaterra, en el palacio de Norbick, nacía la primera hija del rey Abad y la reina Edith, la heredera de su pequeño, pero, muy rico imperio.
Norbick era una tierra muy rica, las cosechas eran buenas y abundantes, en las minas se encontraban todo tipo de piedras preciosas, por ese motivo habían permanecido independientes y no se habían aliado a otros reinos. Muchos reyes querían una unión con ellos, pero, el rey creía que el día que los dejará entrar se adueñarían de todo y los dejarían en la miseria, así que no acepto y mandó a levantar una muralla que rodeaba todo el reino.
El rey Abad era un rey cariñoso y bueno con su pueblo, no cobraba impuestos y siempre escuchaba sus peticiones.
El día que nació su hija, el rey mandó a organizar una gran fiesta y la presentó a todo el pueblo.
―reino de Norbick, hoy compartimos una gran felicidad, mi hija y su princesa ha nacido ― el pueblo gritaba jubiloso mientras el rey sostenía a la bebé en sus brazos ― ¡les presento a la princesa Alessia! ―ese día fue el más feliz del rey y de todo el reino.
Los años pasaron y la princesa se convirtió en una hermosa jovencita de cabello rubio y piel blanca y tersa, su gran belleza no podía pasar desapercibida, donde sea que la vieran la elogiaban, la fama de su gran atractivo se extendió por todos los reinos, provocando que los mensajeros de todos los reyes hicieran fila entregando cartas al rey donde se pedía la mano de su hija, al principio el rey los rechazo, pero no podría hacerlo por mucho tiempo. Sus consejeros le dijeron que tendría que hacer una fiesta en honor a los diecisiete años de la princesa, y que lo mejor era que invitara a los príncipes y lores de los demás reinos, para que miraran a la princesa, después de todo había recibido muchos regalos en nombre de ella y era la mejor manera de agradecerlo, después de tanto pensarlo, el rey acepto, los preparativos comenzaron y las invitaciones se enviaron.
―Madre, ¿esto es muy necesario? ―exclamó la princesa mientras ajustaban el corsé a su cintura
―si Alessia, tu padre piensa que sería una manera de agradecer todos los detalles que han tenido contigo
―pero, madre, yo no pedí esos regalos
―aun así, Alessia, eres una princesa y tienes que agradecer, aparte es hora de que empieces a buscar a tu futuro esposo
―Madre, ya te dije que no me casaré, yo quiero permanecer aquí junto a ustedes toda mi vida
―lo sé mi querida princesita ―dijo su madre tomando su rostro y acariciándola ― yo también quisiera eso, pero, tu padre y yo nos volvemos cada vez más viejos y queremos ver a nuestros futuros herederos antes de morir
― ¡Madre!
―no te asustes, solo digo la verdad, tienes que tener muchos hijos para asegurar nuestro linaje y sucesión
―no necesito casarme, yo podría reinar madre
―querida, sabes que una mujer no puede reinar, no aquí
―no entiendo por qué madre, nosotros somos tan capaces como cualquier hombre, no solo somos buenas para tener hijos
―sé que somos capaces, y nosotros también sostenemos al reino, aunque de una manera distinta, nosotras somos las que escuchamos y ayudamos a nuestro rey… y las encargadas de mantener vivo el linaje
―ósea tener hijos, madre, eso no es lo que yo quiero, me dijeron que yo sería la heredera
―y así es, el trono te pertenece, por eso tienes que casarte
―yo puedo gobernar sola
―la corte nunca lo aceptaría
―eso no es justo
―ese es tu destino Alessia, ahora déjate de tonterías y apresúrate ―la reina salió de la habitación dejando a la princesa sumamente molesta.
Las horas pasaron y al palacio llegó la realeza de toda Europa, incluso lores y príncipes de reinos que nunca habían escuchado, todos querían conocer a la princesa y su legendaria belleza. A las afueras del palacio, el pueblo observaba atónito lo que estaba sucediendo, nunca su rey había dejado entrar tantos extranjeros al reino y menos en un solo día, temerosos, miraban en silencio llegar un carruaje tras otro.
Cuando todos estuvieron reunidos se anunció la entrada de la princesa, todos estaban escépticos, se preguntaban si en verdad era tan hermosa como se decía.
La princesa comenzó a bajar las escaleras, dejando a todos hechizados con sus encantadores ojos, su bello rostro y su piel blanca que resaltaba aún más con su vestido blanco lleno de incrustaciones de diamantes, que aparte de resaltar su belleza, dejaban ver la gran riqueza del reino.
Los lores y príncipes pedían un baile tras otro, la princesa agotada, aprovechando un descuido de su padre, salió de la gran sala de baile corriendo hacia los dormitorios de las trabajadoras del palacio, tomó una de las ropas de la servidumbre y quitándose sus vestidos se vistió con ellos, para pasar desapercibida por la cocina y salir del palacio.
Caminó entre las calles del pueblo y llegó hasta un plantío de manzanas, se escabulló por ellas para no ser encontrada, escuchó un ruido y caminó hacia el, al llegar pudo observar a un joven sin camisa que araba y abría pequeños hoyos en la tierra, lo observó por un buen rato mientras saboreaba una manzana, pero, de repente alguien tocó su hombro provocando un grito de su boca y dejándola al descubierto.
― ¿Quién eres? ―preguntó una niña de cabello oscuro y una pañoleta en la cabeza, quien traía una canasta en las manos
―yo… yo soy una sirviente del palacio
―si, eso puedo notarlo ―exclamó tirando de su ropa, la ropa de los que trabajaban en el palacio era de mejor calidad que la de la gente común y trabajadores del campo ―pero, ¿Qué buscas aquí? ¿Conoces a mi hermano?
― ¡No! Yo…
― ¿Qué sucede Brisa? ―dijo el joven acercándose a ellas mientras limpiaba el sudor de su rostro y cuello con un paño
―hermano, te traía de comer, cuando vi a esta mujer escabullirse entre la plantación ―la princesa sentía su corazón acelerarse cada vez más y solo quería salir de tan bochornosa situación
― ¿Quién eres? ¿La mandaron del palacio? ¿Hicieron falta manzanas? ―preguntó el joven, quien era de cabello oscuro y tenía un rostro y cuerpo sumamente atractivo
― ¡sí! ―exclamo rápidamente la princesa ―hicieron falta manzanas
―entonces porque no decía nada y solo observaba a mi hermano ―dijo la jovencita un tanto molesta
― ¡Brisa!
― que, es la verdad, porque en vez de hablar solo te miraba, ¿acaso la conoces? ―la princesa solo miraba incómoda para todas partes, sin sostenerle la mirada
―No pequeña, no la conozco… si la conociera, dudo que hubiera podido olvidarla ―dijo el joven sonriéndole, la princesa lo miro tímidamente y sintió un rubor apoderarse de su rostro, mientras su corazón amenazaba con salirse de su pecho. La niña enojada se cruzó de brazos al oír las palabras de su hermano.
―bueno… yo… yo tengo que irme ―exclamó la princesa
― ¿y las manzanas?
― ¿manzanas?
―sí, usted dijo que vino por manzanas
―oh sí
―venga, acompáñeme, las tenemos en el sótano
― ¿en el sótano?
―sí, un lugar oscuro y fresco es la mejor manera de conservarlas. Brisa, espérame aquí en un momento regreso ―la niña asintió, mientras tendía una manta en el suelo.
La princesa siguió al joven hasta el sótano, donde llenó un cesto de deliciosas manzanas rojas y amarillas
― dígame, señorita, dice que trabaja en el palacio, ¿es nueva? No había tenido el gusto de conocerla
―si… soy nueva
― ¿Y cómo se llama?
― yo…
―sí, usted… no miro a nadie más aquí a quien pueda preguntarle ―exclamó mientras sonreía
―sí, disculpe… mi nombre es Isobel
―Isobel… precioso nombre igual que usted, un gusto conocerla, yo soy Duncan.
―un placer conocerlo Duncan
—Las manzanas están listas, ¿usted las llevará?
—sí —exclamó la princesa, pero no pudo mover el cesto ni un centímetro
—yo la ayudaré a llevarlo Isobel, solo déjeme ponerme una camisa —Duncan se apresuró a ir por una camisa cuando vio que su padre corría apresuradamente hacia su casa
—Padre... padre, ¿qué sucede?
—Duncan, ¿dónde está tu hermana?
—está en el plantío, ¿por qué? ¿qué sucede?
—el reino... el reino está siendo atacado
— ¿Qué? ¿Pero cómo?
—no sabemos como, observábamos desde las afueras del palacio, cuando escuchamos disparos y gritos, la gente se apresuraba a salir y los guardias corrían hacia dentro del palacio. Ve por tu hermana, tenemos que irnos. — La princesa iba saliendo del sótano cuando escuchó lo que el padre de Duncan decía, desesperada corrió al palacio, solo para toparse con una terrible escena. Su padre yacía en el suelo con dos heridas de bala
— ¡Papá!
—Alessia... creí que te habían atrapado, te busque por todas partes
—no padre aquí estoy... estoy a tu lado —decía la princesa sollozando — ¡ayuda!, ¡por favor alguien que me ayude!
—Alessia, tienes que irte
—No padre, No te dejaré
—tienes que hacerlo, tienes que proteger la sucesión al trono, si te atrapan se adueñarán del reino
—No... No puedo dejarte así
—tienes que irte —el rey llamó al jefe de su guardia y le entrego a la princesa
—sir Brown, sabes lo que tienes que hacer... protégela, no permitas que nada le suceda
—sí, su majestad —dijo el soldado tomándola en sus brazos y sacándola del palacio
—No... No... Padre...