Mis hombres me llamaron, así que tuve que dejar a Laura sola leyendo bajo el cedro. Me acerqué a ellos sin muchos ánimos de haberla abandonado, aunque no tenía más remedio. Ellos lucían un poco más serios que de costumbre, sin embargo, era de suponer que el sol también les hacía poner esa mala cara. Quité aquella expresión de idiota que tenía luego de mi amena charla con la joven antes de estar con ellos, era claro ello, pues sabía que a veces les encantaba hablar de más. — La señorita Greco está en su oficina esperando por usted, señor —dijo finalmente uno de ellos al tiempo que yo enarcaba las cejas. — ¿Fiorella? Me resultó tan extraño… aunque un grito silencioso en mi interior prendió las alarmas, pues había sido claro que ella nos tuvo que haber visto hablar en el cedro; ese lugar e

