Parte 3
El silencio volvió a caer en la cámara subterránea, pero ya no era el mismo.
Elena temblaba. SentĂa un calor que no le pertenecĂa ardiendo bajo la piel, como si algo —una memoria ancestral, un eco de siglos— se hubiera despertado en su sangre.
Adrian la observaba con una mezcla de respeto y miedo.
—Nadie que no lleve la marca del pacto puede hacer retroceder a una criatura del velo. Ni siquiera yo. Tú... tienes algo más.
—No lo entiendo —murmurĂł ella—. Yo solo soy la hija de una mujer que escondĂa secretos. No soy nada especial.
Adrian negĂł con la cabeza.
—No. Tú eres la heredera del sello del bosque. No solo eso: naciste durante una luna roja. Eso te vincula al núcleo de la g****a. Tu madre te ocultó para protegerte. Pero ahora es tarde. La sangre ha hablado.
Elena mirĂł sus propias manos. Nada parecĂa diferente… pero lo sentĂa: una tensiĂłn en el pecho, una corriente invisible recorriendo su espalda, como si su sombra se hubiese vuelto más pesada.
—Tengo que volver a casa —dijo—. Hay algo que dejé sin revisar.
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Horas despuĂ©s, ya de regreso en la vieja casa, Elena revolvĂa cajones, levantaba alfombras, arrancaba clavos de viejas tablas. Lo que buscaba no era un objeto, sino una verdad.
Y al fin la encontró: dentro del armario oculto tras la habitación de su madre, envuelto en tela de lino, estaba un segundo cuaderno, más antiguo, más gastado… y más perturbador.
Las primeras páginas eran rituales de protecciĂłn, fĂłrmulas en latĂn, dibujos de bestias imposibles. Luego venĂan entradas escritas por su madre:
“Hoy he sellado el lĂmite con sangre de ciervo y ceniza de espino. El susurro ha vuelto a filtrarse. No sĂ© cuánto tiempo más resistiremos sin el apoyo de los otros tres sellos. La familia Malcovitch desapareciĂł. Dicen que fue un incendio. Mentira. Se quebrĂł el sello del pozo.”
Otra página:
“Vi a Elena dormir. Soñaba con los ojos abiertos. Murmuraba palabras en la lengua vieja. No debo contarle aún lo que es. Ni siquiera sabe que fue concebida bajo un eclipse. Temo que sea demasiado tarde para cambiar su destino.”
Y luego, una advertencia, escrita con letra temblorosa, casi desgarrada:
“Si estás leyendo esto, hija, significa que fracasé. El sello cayó. El Umbral está resquebrajado. No escuches las voces en la niebla. No sigas la música. No aceptes el pacto de la figura sin cara. No bebas el agua del pozo.”
Elena dejó caer el cuaderno. Su respiración se aceleraba. Todo su mundo, su infancia, su historia… eran mentiras tejidas con miedo y sangre.
Entonces, la casa temblĂł.
Una presiĂłn invisible se sintiĂł en el aire, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento. Desde el piso superior, se escuchĂł un sonido. No un ruido cualquiera. Un murmullo.
Una voz.
—Eleeenaaaa…
Era la voz de su madre.
Pero su madre estaba muerta.
Elena subiĂł lentamente, con el diario aĂşn en la mano. La puerta de su habitaciĂłn se abriĂł sola. En el centro, una figura la esperaba. Alta, cubierta con un velo blanco, los pies no tocaban el suelo. No tenĂa rostro.
—¿Madre…?
La figura se inclinĂł, como si asintiera.
—Ven —susurró la voz—. Toca el velo. Recuerda.
Elena, contra todo instinto, extendiĂł la mano.
El mundo desapareciĂł.
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Se encontraba en un claro del bosque, de noche. A su alrededor, una docena de personas con tĂşnicas oscuras trazaban cĂrculos en el suelo. Al centro, su madre, más joven, sostenĂa algo envuelto en mantas. Un bebĂ©.
Elena.
—Debe hacerse —decĂa uno de los encapuchados—. Si no sellamos el vĂnculo ahora, ella crecerá sin saber quiĂ©n es. Y cuando el sello caiga…
—¡Calla! —gritó su madre—. No permito que hablen de mi hija como un recipiente. ¡Ella es más que eso!
—Es la Ăşnica con el linaje completo. El Ăşltimo nudo de las cuatro lĂneas. No hay elecciĂłn.
La madre se inclinĂł y colocĂł a la bebĂ© en el centro del sĂmbolo. Luego cortĂł su propia mano con una daga de hueso y derramĂł sangre sobre las piedras.
—Perdóname, Elena —murmuró.
La visiĂłn se desvaneciĂł.
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Elena despertĂł con un grito. Estaba de nuevo en su habitaciĂłn. El aire estaba espeso, el espejo roto, y el sĂmbolo en su muñeca —que antes era apenas una cicatriz vieja— brillaba con un tono rojo apagado.
La luna se alzaba por la ventana, completamente roja.
En la calle, los perros aullaban.
El pueblo dormĂa… y con Ă©l, los sellos restantes.
Pero ya no por mucho tiempo.