El polvo aún flotaba en el aire cuando Elena recogió el cuchillo ensangrentado del suelo. Sus manos temblaban, pero no de miedo… sino de un hambre nueva. Algo profundo, salvaje, que vibraba en sus venas. SentÃa la sangre del vástago todavÃa tibia en su piel, y por un instante, deseó volver a sentirla.
—¿Te das cuenta de lo que hiciste? —dijo Adrian, respirando con dificultad—. Lo mataste sin ayuda. Una novata no deberÃa poder hacer eso.
—No soy una novata —respondió Elena—. Solo estaba dormida.
Lucien se limpió la sangre de la boca. Su rostro, pálido y hermoso, estaba salpicado de heridas que ya comenzaban a sanar.
—No solo eso. Ella usó la Marca Interior.
Adrian lo miró con ira.
—¿La qué?
Lucien se inclinó hacia Elena. En su clavÃcula izquierda, la piel ardÃa. Una marca habÃa surgido entre la sangre: una espiral rodeada de colmillos. Era tenue, pero parecÃa hecha con fuego.
—La Marca Interior es un sello antiguo. Solo aparece cuando la sangre hÃbrida se activa. Es la señal de que está lista.
—¿Lista para qué? —preguntó Elena, tocando la marca con cuidado.
Lucien respondió en voz baja:
—Para cazar... o para ser cazada.
---
Esa noche, mientras limpiaban los restos del combate, un cuervo cayó muerto en el alféizar de la ventana. No tenÃa heridas visibles… pero su pecho estaba abierto. Desde dentro, sobresalÃa un pequeño sÃmbolo tallado en hueso.
Era el mismo que Elena habÃa visto en la tumba.
—Nos están marcando —dijo Adrian, con el rostro tenso—. Uno por uno.
—¿Quién? —preguntó ella.
Lucien recogió el amuleto del interior del cuervo con dos dedos, girándolo a la luz de la lámpara.
—No es obra de un vástago común. Esto es trabajo del Consejo Gris.
Elena lo miró, confundida.
—¿Qué es eso?
Adrian respondió antes que Lucien:
—Es una orden antigua. Compuesta por guardianes caÃdos, traidores al sello original. Aquellos que creen que la g****a no debe cerrarse… sino abrirse.
—Son cinco —añadió Lucien—. Uno por cada sendero de poder: sangre, sombra, raÃz, metal… y alma.
Elena tragó saliva.
—¿Y qué quieren de m�
Lucien la miró a los ojos.
—Lo mismo que querÃan de tu madre: tu sangre. Tu vÃnculo. Tu alma hÃbrida.
Adrian golpeó la mesa con el puño.
—¡No lo permitiremos!
—No, no lo haremos —dijo Elena—. Pero hay algo que sà voy a hacer.
—¿Qué?
—Voy a encontrarlos. A los cinco. Uno por uno.
Lucien enarcó una ceja, impresionado.
—¿Y luego?
—Voy a romperles sus malditos sellos.
---
Esa misma madrugada, Elena salió al jardÃn, sola. La luna roja descendÃa lentamente, como si se ocultara por vergüenza de lo que habÃa visto. El aire olÃa a hierro, y la tierra aún vibraba.
El viento le trajo un susurro.
Su nombre. Su verdadero nombre.
No Elena. No Kovac. Sino algo más viejo. Más profundo.
Y al susurro lo siguió otro sonido: el lamento de un niño… en el bosque.
Elena se tensó. No habÃa niños en Valdheim desde la noche del eclipse.
Y sin embargo, ahà estaba el llanto, débil y claro, entre los árboles.
—No es real… —murmuró.
Pero sus pies ya se movÃan. El instinto no era suyo. Era de la sangre.
Entró al bosque.
La niebla la tragó.
Y la pesadilla… volvió a comenzar.