La lluvia empezó a caer con fuerza cuando Elena cerró la puerta detrás de Lucien. TenÃa el cabello empapado, gotas bajándole por la frente, y la respiración agitada. HabÃa ido tras ella al bosque, sin pedir permiso, sin explicar nada… simplemente fue.
—¿La viste? —preguntó él, quitándose el abrigo n***o y dejándolo colgar en la silla.
Elena asintió, aún temblando.
—Ysra Helbrecht. Está viva. Y sabe quién soy… más de lo que yo sé.
Lucien frunció el ceño. Se acercó despacio, buscando su mirada.
—¿Te hizo daño?
—No —susurró—. Pero dijo que soy el puente. Que el juramento de mi madre rompió algo en el equilibrio. Que... yo no deberÃa existir.
El silencio entre ellos se volvió espeso, como la misma niebla del bosque.
Lucien bajó la cabeza, como si una culpa antigua lo apretara desde dentro.
—SabÃa que Marina ocultaba algo. Pero no imaginé que serÃa esto… Que tú fueras el centro del conflicto.
Elena lo miró. La vela temblaba en la mesa, proyectando sombras en sus rostros.
—¿Me tienes miedo ahora?
Lucien negó con la cabeza, con una media sonrisa melancólica.
—No. Me da miedo todo lo que venga por ti.
Elena se acercó un paso. Sus ojos buscaron los de él.
—Entonces no me dejes sola. No esta vez.
Él alzó una mano y le tocó el rostro con una delicadeza que sorprendió a ambos. Sus dedos estaban frÃos, pero el contacto quemó.
—No podrÃa, aunque quisiera —susurró.
La vela parpadeó.
Elena cerró los ojos por un segundo. Todo su cuerpo vibraba. HabÃa tanto que no entendÃa, tanto que la empujaba hacia un abismo desconocido… pero con él cerca, sentÃa que no caerÃa sola.
Abrió los ojos y sus rostros estaban más cerca.
Lucien bajó la mirada hacia sus labios, pero no se movió. Esperó. Siempre esperando que ella decidiera.
Y ella lo hizo.
Lo besó.
Fue un beso breve, cargado de miedo, de furia contenida, de todo lo que habÃan perdido… y de todo lo que aún no sabÃan que podÃan ganar.
Cuando se separaron, Lucien apoyó su frente contra la de ella. Sus manos aún en sus mejillas.
—No deberÃamos… —murmuró él.
—Ya rompimos demasiadas reglas como para preocuparnos ahora —respondió ella, sin apartarse.
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Horas más tarde, mientras dormÃa sobre el sofá, envuelta en una manta que Lucien le habÃa puesto encima, Elena volvió a soñar.
Esta vez no habÃa bosque.
No habÃa sÃmbolos.
Solo una cuna. Y voces.
Dos mujeres discutÃan en una lengua que no entendÃa. Una de ellas tenÃa el cabello oscuro como la noche. La otra, una melena plateada que caÃa como lluvia de invierno. Ambas sostenÃan un cáliz.
En la cuna, un bebé lloraba. Y la copa temblaba en manos de la madre.
> —No se puede tener ambos mundos, —decÃa Ysra—. O la consagras a la sangre o al fuego. No hay equilibrio.
> —Ya es ambas, —respondÃa Marina, con lágrimas en los ojos—. Y aprenderá a sostener lo que nosotras no pudimos.
> —O morirá en el intento.
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Elena despertó con el corazón golpeando su pecho como un tambor ritual.
Lucien estaba en la silla junto a la ventana, con la espada ceremonial que guardaba bajo su abrigo sobre las piernas.
—¿Dormiste?
—Soñé —dijo ella—. ¿Cómo supiste dónde estaba?
Lucien no desvió la mirada del bosque.
—Siento tu energÃa. Como un eco que resuena en mÃ. Desde que te mordieron... o desde antes, no lo sé. Pero no puedo ignorarlo.
Elena se sentó.
—¿Y qué sientes ahora?
Él por fin la miró. Y la intensidad de su mirada fue como una descarga.
—Que si alguien se atreve a tocarte, destruiré lo que quede de este maldito bosque.
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La mañana llegó con una calma que no parecÃa natural. Elena pasó horas repasando el cuaderno, el retrato, la carta del pacto. Algo no encajaba.
—El juramento se rompió, pero no se desvaneció —pensó en voz alta.
Lucien dejó una taza de té a su lado.
—¿Qué significa?
—Que todavÃa está activo… aunque deformado. Ysra no vino a matarme, sino a probarme. Como si aún quedara una parte del ritual que puedo cumplir.
—¿Y si decides no hacerlo?
—Entonces la g****a se abrirá. Y lo que hay del otro lado…
Lucien puso una mano sobre la suya.
—No lo dejaré salir.
Elena lo miró, con una mezcla de temor y ternura. Cada vez confiaba más en él. Cada vez que lo veÃa, sentÃa menos el frÃo del mundo… y más miedo de perderlo.
—Si esto va a costarme la vida… quiero saber que al menos vivà algo real antes del final.
Lucien la acarició de nuevo, pero esta vez, fue distinto. No habÃa urgencia, solo presencia. La forma en que alguien sostiene algo que no quiere romper.
—Entonces vivámoslo —dijo él—. Aunque sea entre sombras.
Y Elena supo, sin necesidad de un sÃmbolo ni de un conjuro, que su madre tenÃa razón.
Al final, no era la sangre lo que sellaba los pactos.
Era el amor.
Y eso… podÃa ser la salvación o el castigo más cruel de todos.