EMMA
Los preparativos de la boda avanzaban con un frenesí que parecían no tener fin. Cada día, mi vida se veía sumergida más a detalles y decisiones que me llevaban a un lugar que, aunque anhelado, me parecía cada vez más extraño. Las emociones encontradas que albergaba desde mi compromiso con George continuaban siendo mi compañía constante.
Las semanas se convirtieron en meses y, a medida que el gran día se acercaba, me sumía más y más en la planificación de un evento que se había convertido en la prioridad de nuestras vidas. el compromiso para mí representaba un sueño cumplido. Y a medida que avanzábamos en la organización de la boda, podía sentir la tensión en su mirada, en sus gestos, en las escasas palabras que compartíamos.
Elegir un vestido de novia se convirtió en un proceso abrumador. Las boutiques de alta costuras se abrían ante mí, y mi madre y Mia se esforzaban por hacer de ese momento algo mágico. Los vestidos de encaje y seda, las pruebas interminables, los diseñadores de renombre… todo se desplegaba antes mis ojos como un sueño de cuento de hadas.
La elección de las flores, la ubicación de la ceremonia, la lista de invitados interminable; cada decisión se convertía en un recordatorio constante de la breca que existía entre George y yo. Mientras yo imaginaba el día más feliz de mi vida, el parecía más distante que nunca.
Una tarde, mientras hojeaba catálogos de arreglos florales, mire a George, quien estaba absorto en su teléfono. Quería hablar con él, expresar mis dudas, pero algo en su mirada distante me detuvo. En lugar de eso, sonreí y continue eligiendo flores como si nada pasara.
Por las noches, mientras revisaba la lista de tareas pendientes y marcaba cientos de detalles, me preguntaba si este matrimonio era lo que realmente quería. Pero había compromisos, responsabilidades y expectativas que pesaban sobre mí como una carga imposible de evadir.
El día de la boda finalmente llegó, y con él, una mezcla abrumadora de emociones y expectativas. Mientras me vestía con mi hermoso vestido de novia, sentía un nudo en el estómago que no podía deshacer. El espejo frente a mí reflejaba una imagen de belleza y elegancia, pero mi reflejo interior estaba lleno de dudas y miedos.
Mi madre, con ojos brillantes de emoción, ayudó a ajustar el velo que cubría mi rostro, y Mia estaba a mi lado, sonriendo y animándome. El camino hacia la iglesia fue un recorrido lleno de ansiedad. Mientras el coche avanzaba por las calles, mi mirada se perdía en el paisaje, y mi mente vagaba en busca de respuesta. En algún momento, mi papá me miró con una sonrisa tranquilizadora.
Llegamos a la iglesia, donde la ceremonia tendría lugar. El sonido de la música nupcial llenó el aire, y mis pasos temblorosos me llevaron al altar, miré a George, quien me esperaba con una expresión serena en el rostro. Pero en sus ojos, vi la misma duda que me atormentaba a mí.
La ceremonia transcurrió como un torbellino de emociones. Las palabras del sacerdote, las promesas que hicimos y los anillos que intercambiamos parecían llenos de significado, pero había un abismo entre las palabras y sentimientos. Mientras decíamos nuestros votos, me esforcé por encontrar la certeza en mis palabras.
Cuando finalmente nos declaró marido y mujer, hubo aplausos y felicitaciones de los invitados. Miré a George, y nuestros labios se encontraron en un beso que selló el compromiso que habíamos aceptado. Pero mientras nuestros labios se tocaban, mi corazón latió al máximo al sentir mi primer beso con la persona que amaba.
La recepción de la boda se llenó de risas, brindis y bailes. Era un evento magnifico, una celebración de amor y compromiso. Pero en la intimidad de mis pensamientos, me preguntaba si esta era la verdadera felicidad.
Cuando pensé que mi luna de miel sería un hermoso momento, se convirtió en una pesadilla. Después de la boda, George y yo nos dirigimos al hotel.
La primera noche, mientras nos sentamos en la terraza de nuestra lujosa suite, mirando la inmensidad la ciudad, esperaba que George me tomara de la mano, que sus ojos reflejaran el mismo amor que yo sentía por él. Pero su mirada era distante, y sus palabras dejaron un sabor amargo en mi boca.
Volteo y me encontró con la mirada, sin un ápice de compasión en sus ojos. Sin rodeos, confesó la verdad de su corazón de la manera más cruel imaginable. No esperes nada de mi en esta luna de miel, Emma. Nuestro matrimonio es puramente un negocio, dijo con una frialdad que cortaba como cuchillos afilados.
Sus palabras resonaron en el aire como un eco de una verdad que nunca esperé escuchar de sus labios. Un nudo doloroso se formó en mi garganta, casi impidiéndome respirar. La crudeza de sus declaraciones me golpeó con una fuerza devastadora. En ese momento, no podía asimilar completamente lo que estaba sucediendo.
¿Cómo podía ser que el hombre al que amaba y con el que me había casado me dijera algo tan cruel en lo que debería haber sido un momento de amor y conexión? Sus palabras se convirtieron en dagas afiladas que atravesaron el velo de ilusión que había tejido con tanto esmero. La sensación de incredulidad se apoderó de mí, como si el suelo bajo mis pies se hubiera desvanecido de repente
Esa noche, mientras George salió después de recibir un mensaje, me quede despierta, sumida en la oscuridad de mi habitación y en el abismo de mis pensamientos. El silencio envolvía la estancia, pero mi mente resonaba con un tumulto de emociones difíciles de procesar.
La luz de la luna se filtraba tímidamente por las cortinas, pintando patrones de penumbra en las paredes, como si la habitación compartiera mi melancolía
Al pasar de las horas mi mente se encontró atrapa en un espiral de preguntas: ¿Qué mensaje había recibido George que lo llevó a salir de esa manera apresurada? ¿A dónde habrá ido en nuestra noche de bodas?