El aroma desinfectante llenaba el aire del hospital mientras Mia permanecía sentada en la sala de espera, con la mirada perdida en la puerta que conducía a la unidad de cuidados intensivos. La angustia la envolvía, y cada minuto que pasaba parecía una eternidad. En la habitación de cuidados intensivos, George yacía inmóvil en la cama, conectado a los monitores que vigilaban su frágil estado. Los médicos trabajaban incansablemente para estabilizarlo, pero el futuro seguía siendo incierto. Mientras tanto, en otro rincón del hospital, Ryan se encontraba en silencio, sentado juntos a los padres de George en la sala de espera. El peso del dolor y la preocupación s reflejaba en sus rostros mientras esperaban noticias sobre el estado de George. Los padres de George se aferraban con fuerza el

