Me incliné y le di un beso suave en la frente, aspirando su aroma, el aroma que casi pierdo para siempre. —Perdóname, Paula —le susurré al oído, con la voz quebrada—. Perdóname por lo que pasó. Todo fue mi culpa por no controlar mis celos... por dejar que ese hombre me sacara de quicio. Casi te pierdo por mi estupidez. Paula me miró con una dulzura que no merecía. Apretó mi mano débilmente. —Está bien, Bruno... no te preocupes. Estoy bien, de verdad. Estaremos bien... los mellizos también. —¿Supiste que tuviste una niña y un niño? —le pregunté, tratando de sonreír. —Los vi un momento antes de que se los llevaran —respondió ella, con los ojos brillando—. Son hermosos, Bruno. Tan pequeños... pero tan perfectos. —¿Has pensado cómo les vas a poner? —pregunté, sintiendo que por un momento

