CAPÍTULO 3
E
ra muy temprano cuando Verónica se despertó. Dos hombres, los mismos de la noche anterior, entraron en la habitación sobresaltándola.
"Verás, preciosa, no pretendemos hacerte daño, para ello solo tienes que comportarte y hacer todo lo que te pidamos" explicó uno de ellos acercándose. Llevaban máscaras de una tela negra en la cara.
Ya no tendría que llevar los ojos vendados, lo que la ayudaría a observar mejor su entorno, o no.
"Ya te habrás dado cuenta porque aquí te tratamos como una princesa" dijo uno de ellos mostrándole el entorno. "Entonces, en cuanto tu padre pague el rescate, te liberaremos y todos podrán seguir con sus vidas".
El segundo hombre parecía más amigable, pero Verónica no quería hacerse ilusiones, había sido secuestrada y sabía que cuanto menos se involucrara o dijera, mejor sería para ella.
"Nadie mencionó que fuera tan hermosa". el troglodita de voz más áspera pero melosa habló lleno de malicia.
"Eso no me importa ni a mí ni a ti. No lo olvides". comentó el otro secuestrador en tono bajo y Verónica escuchó todo sin hacer un solo movimiento.
"Solo fue un comentario y no estoy tan loco como para tocar a la niña. Alguien se enfadaría".
"¿Quién?" Pensó Verónica con curiosidad. "Había una persona detrás de todo esto que no quería que la tocaran, pero ¿quién sería?", se preguntó mentalmente.
"No tengo intención de molestar a nadie, solo quiero que esto se arregle pronto y pueda volver a casa". dijo tratando de sonar confiada.
"Así es como te queremos, cariño, dulce y tranquila".
Verónica empezaba a sentir asco por aquel hombre al que no conocía ni la cara. No solía juzgar a la gente que no conocía, pero la voz de aquel tipo le provocaba ansiedad y escalofríos por el tono sarcástico y mezquino con el que hablaba.
“Llamaremos hoy a tu padre para que nos facilite la cantidad que vamos a pedirle lo antes posible. Hablarás con él para hacerle saber que todo está bien.”
Verónica se preparó rápidamente mientras los delincuentes la esperaban allí mismo. Cuando volvió del baño, la subieron por las escaleras. Por el camino no había visto ninguna señal de la mujer que había estado en su habitación la noche anterior. Probablemente había ido a la tienda de comestibles o no vivía allí.
En el salón no había muchos muebles. Solo un gran sofá y un pequeño aparador donde estaba el teléfono. Y, por último, un televisor en la pared y una pequeña mesa de centro. En cuanto se sentó, hicieron la llamada.
Uno de los hombres fue el primero en hablar con su padre, le dio la información necesaria sobre el dinero. Verónica escuchó lo que decía, pero lo que realmente quería saber era cómo estaba su padre en ese momento. Mientras el delincuente hablaba sin parar, ella mantenía la cabeza baja y los ojos fijos en un solo punto.
El hombre la puso al teléfono y Verónica sintió un desgarro en lo más profundo de su ser, pero sabía que ese sentimiento no serviría de nada, así que respiró hondo y trató de ser lo más natural posible. Deseó poder hablarle suavemente a su padre para calmarlo, pero las únicas palabras que pudo pronunciar antes de que le quitaran el teléfono fueron que todo estaba bien y que estuviera tranquilo. Los delincuentes no querían que hablara con su padre. Su único deseo era que el empresario escuchara la voz de su hija y tomara medidas inmediatas a las peticiones que le habían hecho.
Entonces uno de los criminales la sacó de la habitación y el otro estaba hablando con el señor Pablo. En el momento en que Verónica quedó en la habitación ya no pudo escuchar la conversación. ¿Habrían amenazado a su padre o solo habían hecho la petición habitual? Esperaba que no lo hubieran atormentado, insinuando que la matarían, porque eso lo sacaría de sus casillas y su presión había sido alta últimamente.
Tenía claro que su único propósito era el dinero, pero no se sentía segura, momentos como aquellos iban seguidos de altos niveles de estrés que podían llevar fácilmente a algo más peligroso. Sabía que muchos secuestros acababan de forma trágica, no solo por las intenciones de los delincuentes, sino por su falta de preparación y astucia. Tendría que colaborar mucho, porque uno de ellos parecía totalmente descontrolado en cuanto a emociones.
Se sentó lentamente en la cama y se quedó quieta, haciendo lo único que podía en ese momento, respirar.
Al cabo de unas horas y sin que ella oyera ningún ruido, uno de los hombres vino a traerle el almuerzo. El criminal, grande y corpulento, con una mirada maliciosa, llevaba una máscara, y ella imaginó un mal aspecto que le había dado una sensación de miedo.
"Aquí está tu comida, princesa".
Puso una bonita bandeja en la mesita de noche. Además del tradicional arroz y las judías, había un poco de puré de patatas, estofado de carne, ensalada y zumo de frutas. Había tenido la amabilidad de traerle una porción de pudín de postre. Eso podía ser una buena señal de que querían que todo acabara bien. Verónica se aferraba a esa certeza para intentar sentirse menos tensa.
"¡Gracias!" No tenía la más mínima intención de relacionarse con él, pero ser educada podía ser útil.
"Eres aún más hermosa que en las fotos, ¿sabes?"
Verónica observó el plato en silencio, sin ninguna reacción mala o buena. Él continuó después de notar que ella estaba en silencio:
"No te preocupes, chica, a menos que me obligues, lo cual me gustaría mucho, no podré hacerte nada". "Menos mal". pensó.
"Ahora come y descansa".
El hombre se estaba marchando cuando se volvió rápidamente.
"¿Necesita algo más?"
"¡No, gracias!"
En cuanto se quedó sola en la habitación, Verónica cogió la bandeja, estaba hambrienta. Aquella sería su primera comida del día y no estaba acostumbrada a pasar tanto tiempo sin comer.