Jessica Nunca olvidaré la primera vez que me habló. Recuerdo todo, incluso la música que estaba sonando en el Discman que llevaba metido en la parte de atrás de mis jeans. Era el nuevo álbum de Chris Cornell de mi hermano, y la canción era “Can’t Change Me” (“No puedo cambiarme”). Cuando los abusivos empezaron a burlarse de mí, subí el volumen, pero aun así escuché lo que dijeron. Tenía ocho años, y era la última niña en el patio de juegos a la que alguien imaginaría que crecería para convertirse en modelo. Cada día iba a la escuela con ropa gastada y usualmente un par de tallas más grande, ropa heredada, ya fuera de mi hermano o de Zander. Cuando usaba su ropa holgada, los otros niños no pasaban tanto tiempo diciéndome lo flaca que era. Pero decían otras cosas. Estaba sentada sola e

