AITANA Me di la vuelta boca arriba y me estiré sobre el colchón fresco, dejando que el aire acondicionado me recorriera el cuerpo desnudo. Cuando los pezones se me pusieron duros, subí la sábana hasta las costillas. Elijah estaba a mi lado, medio incorporado sobre unas almohadas, de espaldas mientras leía el diario de la mañana. Estábamos en un hotel. Un hotel de puta madre. Me pegué al calor que desprendía su cuerpo y me metí en la curva de su espalda. Vi cómo se le curvó la mejilla al sonreír. —Buenos días, rayito. —Mmm —murmuré—. Me encanta ese olor. —¿Qué olor? —Tinta de periódico. Me recuerda a mi papá. Abrí un ojo y lo encontré mirándome por encima del hombro. —¿Eso es raro? Él solo sonrió y volvió al diario. —¿Desayuno? —Totalmente. —Perfecto. El tocino quemado te espera

