Capítulo 1 — De cuando el pasado vuelve, pero distinto

1248 Words
La lluvia caía finita esa tarde de febrero. Una de esas lluvias tibias, casi inofensivas, que solo sirven para ensuciar los vidrios pero que, en el fondo, se sienten como un abrazo. Antonella estaba parada frente al espejo del pasillo, acomodándose un rulo rebelde detrás de la oreja. No era que le importara tanto cómo se veía, pero algo en ese momento la ponía nerviosa. Antonella: (en voz alta, como ensayando) “Maia, ya lo conoces, pero ahora es distinto…”. Respiró hondo. En la cocina, Sebastián revolvía el café con leche sin azúcar. Se conocían tan bien que ni hacía falta preguntar cómo lo tomaba ella. Sebastián: —Va a estar todo bien. Es Maia, Anto. Es tu persona favorita después de mí… espero. Antonella: —No es eso. Es que… vos y yo, ahora vivimos juntos. Y ella siempre fue mi espacio seguro. Nunca compartimos eso las tres personas a la vez. No así. Sebastián sonrió. Esa sonrisa que usaba cuando no sabía exactamente qué decir, pero entendía el fondo del asunto. Acarició su cintura con una mano y le besó la mejilla con suavidad. Sebastián: —Mirá, en el secundario me caía bien. Me parecía re graciosa. Un poco intensa, sí. Pero vos también lo sos, así que supongo que es contagioso. Antonella: —¿Graciosa? Vos decías que era una “metralleta de palabras”. No te hagas el buenito ahora. Sebastián: —Bueno… no cambié de opinión. Pero le tengo cariño. El timbre sonó antes de que Antonella pudiera contestar. Se quedaron los dos congelados un segundo. Maia no era de avisar dos veces. Siempre que llegaba, llegaba de verdad. Con energía. Con perfume a limón. Con voz alta. Antonella fue a abrir, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Antonella: —¡Maia! Maia la abrazó con tanta fuerza que casi la hizo retroceder un paso. Llevaba un piloto amarillo brillante, el mismo que usaba desde hacía años, y una sonrisa que no cambiaba ni con los años, ni con las tormentas, ni con las noticias que sacuden el alma. Maia: —¡Por fin! Me tenías abandonada, Zotta. ¿Cuántas veces te dije que el amor no es excusa para desaparecer? Antonella: —Dos veces por semana desde hace seis años. Maia: —¿Y aprendiste? Antonella: —Ni un poco. Rieron juntas como si volvieran a tener quince, como si todavía fueran dos chicas compartiendo viandas de arroz con queso en un banco del patio del colegio. El abrazo se estiró unos segundos más, hasta que detrás de Antonella apareció Sebastián con dos tazas en la mano. Sebastián: —Hola, Maia. Maia se quedó quieta un segundo, mirándolo con esa mezcla de sorpresa y nostalgia. No era que no lo conociera, claro. Habían ido juntos al colegio durante seis años. Pero verlo ahí, en la casa de Antonella, con dos tazas iguales, era otra cosa. Maia: —Bueno, bueno… mirá quién tenemos acá. ¿El guitarrista rebelde se volvió hombre de casa? Sebastián: —Todavía tengo la guitarra. Pero ahora también lavo los platos. Maia: —¿Y cocina? Antonella: —Hace un arroz con champiñones que da miedo. Y aprendió a hacer pan casero. Maia: —¿Pan casero? Me caigo y me levanto. Se rieron los tres, pero la tensión inicial seguía flotando un poco en el aire. Maia colgó su piloto en el respaldo de una silla y se dejó caer en el sillón del living. Estaba como en casa, pero con una puntita de curiosidad en los ojos. Maia: —Bueno, cuenten. ¿Desde cuándo viven juntos oficialmente? Antonella: —Desde hace tres meses. Pero la decisión la tomamos en abril. ¿Te acordás? Vos justo habías ido a Bariloche con Lucas y yo estaba sola en casa. Maia: —¿Sola o “sola”? Sebastián: —Conmigo, eso cuenta como “acompañada”, ¿no? Antonella: —Sola emocionalmente. Ustedes dos estaban de viaje y yo tenía mil dudas. Me acuerdo que no podía ni dormir. Maia: —Y ahora… ¿dormís? Antonella: —A veces. Otras veces escribo a las tres de la mañana y él me alcanza mate sin decir nada. Maia lo miró entonces de otro modo. No con la mirada protectora de hermana mayor que a veces se le escapaba, sino con una especie de aceptación silenciosa. Maia: —Mirá vos. No eras solo cara bonita y acordes menores. Sebastián: —No me subas el ego. Ya bastante tengo con esta mujer que me escribió una escena romántica inspirada en mí. Antonella: —Ni se parece a vos. En la historia el personaje es ordenado y llega a tiempo. Maia: —¡Ajá! Sabía que era ficción. Otra ronda de risas, más sueltas esta vez. Las distancias se achicaban. El living, que solía parecerles gigante desde que se mudaron, se llenaba con la presencia de Maia. Con sus anécdotas de trabajo, sus quejas del transporte público y las historias ridículas de Lucas tratando de maridar empanadas con vino espumante. Maia: —¿Se acuerdan cuando en quinto año Sebastián hizo esa coreografía improvisada en el acto del Día del Estudiante? Antonella: —¡Por Dios, sí! Usaba unas zapatillas fluorescentes. Sebastián: —No voy a tolerar que se burlen de mi etapa de exploración artística. Maia: —Eso no fue arte, fue un atentado al ritmo. Antonella: —Igual, nos reíamos tanto ese día… Yo estaba peleada con vos, Maia, por lo del trabajo práctico de Historia, ¿te acordás? Maia: —Sí. Me pasaste el corrector sin decirme nada y terminé escribiendo sobre “Napoleón y los unicornios”. Sebastián: —¿Y aprobaron? Maia y Antonella (al unísono): —Sí. Había algo especial en esos recuerdos compartidos. Como si el tiempo se curvara, como si el presente pudiera abrazarse al pasado y hacer las paces. Antonella los miraba a los dos, su presente y su historia, y sentía que, por fin, todo estaba en su lugar. Después de cenar (pizza con rúcula y parmesano, favorita de Maia), se quedaron un rato más en la mesa. La conversación se volvió más tranquila. El día se terminaba, pero la sensación de familia apenas empezaba. Maia: —¿Sabés qué me gusta de ustedes? Que no son perfectos. Pero se eligen. Todos los días. Y eso vale más que cualquier historia de película. Sebastián: —Yo no podría escribirlo mejor. Antonella: —Yo tal vez sí. Pero no me alcanza con las palabras. Es esto… lo de hoy. Ustedes dos acá, juntos, en mi casa, siendo parte de todo. Maia se levantó para abrazarla otra vez. No como al principio, con euforia. Esta vez fue un abrazo más calmo, de esos que dicen “estoy” sin decir nada. Maia: —Gracias por dejarme ser parte, Anto. Antonella: —Vos sos parte desde siempre, Maia. De lo bueno, lo malo y lo intransmisible. Y mientras Sebastián guardaba las sobras y Maia se acomodaba en el sillón para “ver solo un capítulo” pero terminar viendo tres, Antonella supo que ese capítulo de su vida recién empezaba. Y que, por suerte, Maia y Sebastián también estaban ahí para protagonizarlo con ella.
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