El lunes caía con una calma engañosa. Después del encuentro familiar del día anterior, la casa parecía más grande, más callada, como si el eco de lo que había pasado no se hubiera terminado de ir. Antonella había limpiado un poco, guardado las tazas, ventilado el living, pero había algo que no podía ordenar: la carta.
La había encontrado abierta, apenas movida del escritorio. Nadie lo había dicho, pero alguien la había visto. Ella lo sabía. La había dejado guardada en un doble fondo de la caja de madera. Esa carta no era un secreto, pero tampoco era un texto para cualquiera. Era lo más personal que había escrito en su vida. Y ahora flotaba en el ambiente como una verdad que ya no podía esconderse.
Martín todavía estaba ahí. Había dormido en el sillón. Esa mañana se había levantado sin decir mucho. Se preparó un café con leche con cacao como cuando tenía diez años, y ahora estaba en la cocina, sentado a la mesa, con las piernas cruzadas en la silla y los auriculares puestos, pero sin música sonando. Solo los llevaba para tener una excusa para no hablar. Antonella lo conocía.
Antonella: —¿Te hago unas tostadas?
Martín (sacándose un auricular): —No, tranqui. No tengo hambre.
Antonella: —Tenés cara de no haber dormido.
Martín (encogiéndose de hombros): —Vos también.
Ella se sirvió una taza, sin apuro. El vapor del café llenaba el ambiente con un aroma familiar, casi nostálgico. Se sentó frente a él. Martín bajó los ojos. Parecía más chico que nunca. Como si la noche anterior lo hubiera dejado sin defensas.
Antonella: —¿Querés hablar?
Martín (tras unos segundos): —¿Era verdad?
Antonella (asintiendo): —Sí. Se llamaba Santiago. Era nuestro hermano.
Martín (susurrando): —¿Y por qué nunca me lo dijeron?
Antonella: —Porque dolía. Y porque nuestros padres… no sabían cómo contarlo. Preferían callar antes que enfrentar todo lo que eso despertaba.
Martín no respondió. Se quedó quieto, apretando los puños sobre la mesa.
Martín: —¿Cuándo fue?
Antonella: —Cuando yo tenía cinco. Fue muy rápido. Una enfermedad rara. Primero fiebre, después hospitales… y una mañana ya no estaba.
Martín (mirándola por primera vez): —¿Te acordás?
Antonella (suave): —Me acuerdo de algunas cosas. Más de sensaciones que de hechos. Me acuerdo de su risa. De que le gustaba esconderse debajo de la mesa y jugar con un peluche que hacía ruido. Me acuerdo de la última vez que lo vi dormir. Y de cómo mamá lloraba sin parar en la cocina.
Martín bajó la cabeza. Se frotó los ojos con la manga del buzo.
Martín: —Yo pensé que sabía todo de esta familia. Pero ahora me doy cuenta de que hubo una parte enorme que me sacaron. Como si hubieran editado la historia y me dieran solo la versión que no dolía.
Antonella: —No fue con maldad. Fue torpeza. Miedo. Yo también crecí con esa versión. La diferencia es que yo la sentía incompleta. Vos no sabías que faltaba algo.
Martín: —¿Y vos… lo hablaste alguna vez con mamá?
Antonella (mirando al suelo): —Una vez. Cuando tenía once. Le pregunté si todavía lo soñaba. Me miró fijo y me dijo: “No soñamos con los que se van, soñamos con lo que nos roban”. Nunca volví a sacar el tema.
El silencio se instaló como un tercero entre ellos. Pero no era el silencio de los incómodos. Era el silencio de quienes están digiriendo algo demasiado grande para poner en palabras de inmediato.
Martín (después de un rato): —¿Y papá?
Antonella: —Papá lo convirtió en control. Se encerró. Y después, me convirtió a mí en un espejo. Esperaba que yo fuera impecable. Como si siéndolo, él pudiera sentir que no todo estaba perdido.
Martín (con rabia): —Eso es injusto.
Antonella: —Sí. Lo fue. Pero lo entiendo ahora. No justifico nada, pero entiendo de dónde venía. Su dolor era tan grande que se disfrazó de exigencia.
Martín (en voz baja): —Yo siempre pensé que vos querías ser perfecta. Nunca imaginé que era porque alguien te lo estaba pidiendo con la mirada todo el tiempo.
Antonella lo miró, y sonrió con tristeza.
Antonella: —Me pasé años tratando de cumplir con una imagen que ni siquiera era mía. Hasta que empecé a escribir. Y ahí encontré una manera de ser yo, sin tener que serlo todo el tiempo para los demás.
Martín: —¿Y la carta?
Antonella: —Es lo primero que pude escribir sin buscar aprobación. Sin pensar si estaba bien o mal. La escribí para mí. Y para él. Porque nunca tuve la oportunidad de despedirme. Ni de decirle cuánto me marcó su ausencia.
Martín: —¿Puedo leerla?
Antonella (dudando): —Te la leo yo. ¿Te parece?
Martín (asintiendo): —Sí. Me gustaría.
Se levantaron en silencio y fueron al escritorio. Antonella sacó la carta del cajón, la desplegó con cuidado. Martín se sentó en el sillón del rincón, cruzando las piernas como cuando era chico y le leían cuentos.
Ella empezó a leer. La voz le temblaba, pero no se detenía. Cada palabra era un hilo que unía pedazos suyos con recuerdos, emociones, silencios. Martín la escuchó sin decir una palabra. A veces bajaba la cabeza, a veces la levantaba, como si cada frase abriera una ventana nueva.
Cuando terminó, Antonella no dijo nada más. Dobló la hoja. Martín tenía los ojos brillosos. Respiró hondo.
Martín (en voz baja): —Gracias por escribirla. Y por compartírmela.
Antonella: —Gracias por querer escucharla.
Martín (tras una pausa): —¿Creés que si él siguiera vivo… las cosas serían distintas?
Antonella (mirándolo con ternura): —Seguro que sí. Pero también creo que, de alguna manera, él sigue acá. En cómo abrazo. En cómo escribo. En cómo cuido lo que amo.
Martín sonrió apenas. Se acercó y la abrazó.
Martín: —Quiero que me cuentes más. Todo lo que recuerdes. Aunque sea poco.
Antonella (abrazándolo fuerte): —Lo voy a hacer. Prometido.
Se quedaron abrazados largo rato. Dos hermanos distintos, de generaciones distintas, unidos por una ausencia que, recién ahora, empezaban a compartir.
Ese día no hubo grandes frases, ni soluciones mágicas. Solo una puerta que por fin se abrió. Y del otro lado, la posibilidad de sanar juntos.