Capítulo 12 – Lo que nunca dijimos

1089 Words
El domingo había empezado bien. El cielo despejado, la mesa del living llena de vasos, risas y sobrantes de una picada improvisada. Mauricio, las mellizas, Nacho y Martín estaban de visita en la casa de Antonella. Hacía tiempo que no se reunían todos en su espacio, y a pesar de los compromisos, ese día habían coincidido. Martín había llegado con una bolsa de galletitas y su cargador colgando. Se quejaba de que no había suficiente jugo de naranja y se tiraba en el sillón con la naturalidad de quien no necesita pedir permiso. Antonella se había ido al almacén de la esquina a comprar pan y algo dulce para el mate. “Cinco minutos”, dijo. Cinco minutos alcanzaron para que todo cambiara. —Che —dijo Nacho, mientras revisaba una caja de madera sobre el escritorio de Anto—, ¿esto qué es? Mauricio se levantó al escuchar el tono. Se acercó y vio cómo Nacho sacaba con curiosidad una hoja doblada con el nombre “Santiago” escrito en la esquina superior. El tiempo se detuvo. Mauricio sintió un escalofrío subirle por la espalda. —No, pará. Eso no se toca —dijo rápido, con un tono más firme de lo que pensaba usar. —¿Quién es Santiago? —preguntó Martín desde el sillón, con el ceño fruncido. —¿Un personaje de un guion? —dijo una de las mellizas, mientras mordía una galletita. Mauricio no respondió. Tomó la carta con delicadeza. Reconocía la letra de Antonella. El sobre temblaba en su mano. No hizo ningún gesto para abrirla, pero el peso de ese papel lo devolvió años atrás. A esa época que todos en la familia preferían evitar. —¿Mauri? —insistió Nacho—. ¿Todo bien? —Es de Antonella —dijo él—. Es privada. —¿Pero quién es? ¿La carta es para alguien real? ¿Qué pasa? —insistió Martín, levantándose. Mauricio dudó. Miró a su primo. A su hermano. A las chicas. Ninguno sabía. Ninguno recordaba. Solo él y Anto. —Es... su hermano —dijo al fin, bajando la voz—. Se llamaba Santiago. Murió cuando Antonella tenía cinco años. Antes de que nacieras vos, Martín. El silencio fue inmediato. Las risas se evaporaron. Martín abrió los ojos, como si lo hubieran despertado de golpe. —¿Qué? ¿Anto tenía un hermano? Mauricio asintió, sin mirarlos. Sus dedos todavía tocaban el borde del papel. —Sí. Era chiquito. Se enfermó. Nadie hablaba mucho de eso. Creo que por eso ustedes no lo sabían. Martín se sentó. No dijo nada más. Las mellizas bajaron la mirada. —No sabía que… que ella había pasado por algo así —dijo una de ellas, apenas audible. —Ni yo —murmuró Nacho. Mauricio dejó la carta sobre el escritorio, como si le pesara. —No la abrimos —aclaró, aunque nadie lo hubiera hecho. En ese momento, se oyó el sonido de la llave girando en la puerta. Antonella entró con una bolsa de pan y una de medialunas. Traía una sonrisa tranquila, el pelo algo revuelto por el viento. —¡Llegué! El almacenero me quiso convencer de llevar dulce de leche casero, casi caigo. Se detuvo al ver el ambiente. Las caras. La carta sobre el escritorio. Su sonrisa desapareció. Miró a Mauricio. Él la miró también. Y entonces, entendió. —La encontraron —dijo en voz baja. —No la abrimos —repitió Mauricio. Antonella dejó las bolsas sobre la mesa. Sus ojos se humedecieron al ver la carta fuera de su escondite. Caminó hacia ella, la tomó con suavidad y se la llevó al pecho. Nadie dijo nada. —Yo... no sabía que tenías un hermano —dijo Martín, con voz baja, casi temerosa. Antonella lo miró. No con enojo. Con tristeza. Con esa tristeza que viene de tantos años de silencio. —No es tu culpa. Nadie te lo contó. Nadie contaba nada. —¿Por qué? Antonella suspiró. —Porque dolía. Y porque era más fácil seguir como si nada. Pero yo no me olvidé nunca. Mauricio dio un paso adelante. —¿Podemos hablar un segundo? Vos y yo. Antonella asintió. Salieron al pequeño balcón. Cerraron la puerta detrás. Afuera, el viento era leve, pero constante. La ciudad seguía sonando a fondo, pero allá arriba, en ese pedacito de cielo entre edificios, el mundo parecía en pausa. —No pensé que la ibas a encontrar —dijo ella. —No la buscábamos. Nacho abrió una caja. Cuando vi el nombre, supe que no era un personaje. Silencio. —Yo me acordaba de él —continuó Mauricio—. A veces pienso que soy el único que lo recuerda sin que me duela tanto que me borre. Pero también... también me alejé. Después de lo que pasó, vos y yo éramos inseparables. Y después nos distanciamos. —Porque nadie sabía qué hacer con nosotros —dijo Antonella, bajito—. Todos trataban de hablar de cualquier cosa menos de él. Como si el silencio lo deshiciera. —Y nosotros nos callamos también. —Sí. Mauricio la miró. Había algo en sus ojos que no había estado ahí en años. Dolor, sí. Pero también ternura. —¿Qué decía la carta? Antonella dudó. Sacó el papel de su bolsillo. Se lo extendió, sin decir nada. —¿Estás segura? —Sí. Mauricio la leyó en silencio. Palabra por palabra. Como si estuviera leyendo algo sagrado. Al terminar, se la devolvió. —Es hermosa —dijo—. Es... vos. En cada línea. Antonella no contestó. Solo asintió. —¿Por qué me la diste? —Porque fuiste el único que se acordó de él como era. Y porque aunque nos distanciamos, siempre sentí que me entendías. Incluso cuando no decíamos nada. Mauricio tragó saliva. —Lo siento por habernos perdido tanto tiempo. Antonella sonrió, con los ojos llenos. —Yo también. Pero acá estamos. Mauricio la abrazó. Fuerte. Como no lo hacía desde que eran chicos. Y en ese abrazo, algo se reparó. No todo. Pero algo. Cuando volvieron al living, Martín se acercó. —¿Podemos hablar de él? ¿Algún día? Antonella lo miró. —Cuando quieras. Ese día, nadie puso música. Nadie hizo chistes. Comieron en silencio, pero juntos. Y esa noche, cuando todos se fueron, Antonella guardó la carta en un nuevo lugar. No para esconderla. Sino para que, cuando volviera a abrirla, lo hiciera con la certeza de que ya no estaba sola.
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